Un artículo de Andrés Barba sobre los mares de Wang

LOS MARES DE WANG, visto por Andrés Barba

Para escribir un libro como Los mares de Wang hace falta una buena dosis de honestidad, inteligencia, valor y talento. Después de cerrar la última página de este voluminosa obra cabe decir sin reparos que Gabi Martínez (Barcelona, 1971) está más que bien servido de esas cuatro virtudes. Si ya de forma aislada son difíciles de encontrar en el panorama de nuestra narrativa, encontrarlas de forma conjunta es un raro placer que no se debería pasar por alto.

El libro se plantea como un largo viaje a lo largo de la costa china, desde Dandong hasta Dongxing, al sur de Macao, en forma de dietario de acontecimientos y ensayo acerca de la política, la economía y la filosofía china. Su primer acierto, cabría decir, es estilístico. Como todo buen libro de viajes se lee como una auténtica novela, se sufre las peripecias de su protagonista y se alegra uno de sus hallazgos como si fueran propios. Desde el principio queda marcada la que será una constante de todo el viaje; la incomprensión, la incomunicación, la imposibilidad de comprender, unida al serio deseo de hacerlo.

Gabi Martínez no sólo representa la aproximación del buen occidental a Oriente (culto, abierto, y peculiarmente bien preparado para su viaje) porque encarne el entusiasmo propio del acercamiento, sino también porque lo hace del desencanto de una incomprensión que no para de repetirse desde que aterriza, y que no es precisamente lingüística. El viajero que es Gabi Martínez cuando aterriza en Pekín va quedando moldeado ante nuestros ojos a medida que viaja no porque los acontecimientos que se ve obligado a vivir demientan o ratifiquen sus opiniones previas, sino porque las enmarcan en la mucho menos fácil de tratar –por ambigua– sustancia de la vida, porque le empujan a integrar lo que ya sabe con lo que cree descubrir.

En este libro –o al menos en su primera parte, hasta que llegan a la ciudad de Quingdao–, esa sustancia de la vida queda concretada básicamente en la figura de Wang, estudiante y traductor de español, con el que el autor se ve obligado a viajar para poder comunicarse. El aparentemente tímido y virginal muchacho, con el que se establece una relación cordial al principio, va desvelando uno a uno, en las diferentes situaciones en las que el occidental le pone en compromiso, todos los terrenos en los que la compresión y el diálogo entre oriente y occidente es poco menos que milagrosa. La forma en la que Wang protege sus sentimientos y su historia privada con un hermetismo sin fisuras va haciendo que, a ojos del occidental, sus cualidades humanas vayan haciéndose cada vez más remotas y su compañía cada vez más difícilmente tolerable. Por otro lado la “desfachatez irrespetuosa” del occidental, su individualismo, sus ganas de saber, su insistencia en vivir, no son menos agresivas e intolerables para el buen Wang. “El conflicto racial emergía en la cama de al lado disparando una serie de estímulos inéditos, sensaciones que jamás me había planteado, porque pese a las noticias terribles que a diario nos golpean, pese a los relatos asombrosos de conflictos entre razas, religiones, etnias, pese a haber sido testigo del odio de unos hombres contra otros, hasta entonces había creído que la única fuerza capaz de provocarme una convulsión tan perturbadora era el amor doméstico. Porque no había sentido ese odio hacia nadie, ni sobre mí. Porque no había accedido esencialmente a las tinieblas del peligro”.

La relación con Wang –verdadero tema y corazón de este libro, por mucho que su presencia no abarque todas sus páginas– es el verdadero conflicto, y la única verdadera conexión entre el autor y su viaje. Un viaje tan lleno de desencantos como de sorpresas por la belleza de algunas situaciones (y las hay ciertamente conmovedoras, como el descubrimiento del autor de que ya no será joven nunca más, de que ha cruzado su particular “línea de sombra”), pero transido de la primera página a la última del valor de los auténticos viajeros, que desean conocer aquello en lo que se sumergen, como Conrad en el mar, tal vez sólo porque lo aman sin saberlo y quieren dar cuenta de su amor.

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