El viaje del elefante, de José Saramago

La aparición de El viaje del elefante fue todo un fenómeno mediático. Así informaba El País de la aparición de esta novela, así lo hacía el periódico ABC y así El Mundo.  Con suerte podéis incluso acceder a un comentario radiofónico a través de este enlace.

También os proponemos esta reseña que hemos encontardo en el blog El arlequín de hielo.
El viaje del  elefante cuenta la aventura de un elefante que atravesó media Europa por el capricho de un rey (Juan III, rey de Portugal) quien  decide regalárselo a su primo el archiduque Maximiliano de Austria.  Ambientada en el siglo XVI,  esta novela nos relata un hecho real, por muy absurdo e irrisorio que pueda parecernos. La obra en sí  obedece a la casualidad, que siempre suele ser la que enciende la mecha y nos enardece para que escribamos.  Eso fue en cierto modo lo que le ocurrió a Saramago. El escritor entró casualmente en un restaurante de Austria llamado El Elefante y en un momento de la conversación se fijo en unas pequeñas esculturas puestas en fila de derecha a izquierda. La primera era la Torre de Belén en Lisboa, y junto a ella, colocadas en fila a modo de itinerario, había diversas representaciones de edificios y monumentos. La curiosidad de Saramago salió a flote y una vez le fue relatada la historia, decidió que ahí estaba encerrado el corazón de una historia y decidió documentarme a conciencia para poder contar el viaje.
Aunque el trasfondo sea real, lo cierto es que la historia oscila hacia los personajes. Son sus voces corales las que oímos a través de una voz omnisciente que les permite tomar las riendas de la historia, aunque haga intromisiones, algunas digresiones y observaciones al uso, algunas anacrónicas, que acentúan el carácter irónico del relato. El libro se detiene ante todo en en esa bulliciosa caravana que se orquesta para satisfacer las necesidades del elefante en movimiento.  Los personajes en su deambular sacan sus pechos, se pelean, defienden sus ideas o su derecho a la custodia del animal, frente a huestes en apariencia hostiles y ofrecen lo mejor de sí para que la caravana llegue feliz y a salvo a su destino.  De toda esa red humana que construye Saramago, sobresalen algunas voces con más fuerza que otras. Como la voz arrogante del comandante que en un principio considera humillante su destino, aunque poco a poco se va encariñando con Salamón (después Solimán) y con Subhro (al que el emperador cambia también el nombre por Fritz).  Sus comentarios suelen ser replicados por el fiel cuidador del animal, quien, aunque alegue no conocer del todo la naturaleza del elefante, se convierte en su voz, en su estómago y en el salvaguardo de sus necesidades más básicas: dormir, comer, hacer la siesta, etc. El cuidador parlamenta siempre con la comitiva buscando el solaz del animal, que asiste a todas las disputas con verdadero estoicismo.
Con esta novela (cuento, según palabras de su autor) Saramago ahonda en la naturaleza humana,  y nos muestra de qué pasta estamos hechos a través de las incongruencias, situaciones disparatadas o reflexiones provocadas por los propios acontecimientos. La ironía no está exenta de sarcasmo en ocasiones e incluso son patentes las críticas a algunas instituciones, como la realeza, tan pagada de sí misma, pero que actúa de forma carnavalesca, o la iglesia, siempre dispuesta a marcarse un farol, a costa de la ingenuidad del populacho.
“Mi parecer, señor alcaide, es que cada uno se ocupe de sí mismo, mientras dios se ocupa de todos”.
La inquisición mantendrá la unidad entre los cristianos. Santo objetivo, sin duda, mi señor, resta saber con qué medios lo alcanzará”.
Pese a que la lectura se nos ofrece de un tirón, porque seguimos el hilo gracias a la complicidad con los personajes y el movimiento irónico y jovial que se desprende de la narración, lo cierto es que el autor es fiel a sus manías, aunque en este caso aparezcan atemperadas y las sigamos sin desviar a la vista de los hechos, asumiéndolas como rasgos propios de su estilo. Me refiero a los desvíos normativos tan propios de su escritura, como el hecho de que los diálogos se incorporen a la narración formando un tejido que el lector debe descoser para poder delimitar su contenido. De este modo el autor  establece un diálogo con ese lector de sus obras, instándole a que se implique y  averigüe por sí mismo, las líneas que disgregan o amalgaman los distintos apartados narrativos. Por otra parte, el autor intercala algunas digresiones, unas se incardinan en la naturaleza del personaje (como la mención a Amadís de Gaula) o la digresión religiosa que realiza el cornaca para que entendamos sus raíces indias;  otras, sin embargo, destapando la voz de Saramago, aproximándose peligrosamente al momento actual, a modo de pequeños pinzamientos que ofrecen una visión panorámica de sus reflexiones:
En el fondo será como si a una película, desconocida en aquel siglo dieciséis, le estuviésemos poniendo subtítulos en nuestra lengua para suplir la ignorancia o un insuficiente conocimiento del idioma hablado por los actores”. 
Saramago consigue nuevamente abordar desde diversos puntos de vista el carácter absurdo, incongruente, cruel o compasivo de unos personajes que se mueven como marionetas danzantes en un circo carnavalesco, cuya estrella es el elefante de la feria. Sin duda, la novela abre una puerta a la reflexión: el sentido de la vida u la muerte, las cuestiones teológicas, la crueldad, la estupidez o la abnegación, son retratadas por una pluma muy segura de su proceder, que siempre sabe cómo acentuar sus efectos. Sin duda, el autor rinde también tributo al elefante, que, después de su odisea, tuvo un final espantoso. Poco después de llegar a su destino, el bueno de Salomón o Solimán murió, tal vez como protesta a su inutilidad, a su no servir para otra cosa que no fuera, el capricho real. Una vez muerto, le cortaron las patas delanteras para ponerlas a la entrada de palacio a modo de recipiente donde depositar paraguas y bastones. Cruel final, para ese animal que soportó toda clase de inclemencias para ser servido con el papel de regalo del cornaca a un rey estúpido, encerrado en los barrotes de su torre de oro, incapaz de reconocerse el propio ombligo.
Una lectura amena, mordaz y tierna, que sin duda te despertará de la apatía con la que abordas otras lecturas, y hará que te acomodes debidamente en el sofá, para seguir las huellas del elefante, con verdadera alma de sabueso.
 
Al final, dijo uno de los campesinos, un elefante no tiene mucho para ver, se le da una vuelta y está todo visto. Podrían haberse retirado a sus casas, a la comodidad de sus hogares, pero uno de ellos dijo que todavía se quedaba un poco por allí, que quería oír lo que se estaba comentando alrededor de la hoguera. Se quedaron todos. Al principio no comprendían de qué estaban tratando, no entendían los nombres, tenían acentos extraños, hasta que todo se les aclaró cuando llegaron a la conclusión de que se hablaba del elefante y que el elefante era dios. Ahora caminaban hacia sus casas, a la comodidad de sus hogares, llevando cada uno consigo dos o tres huéspedes entre militares y hombres de carga. Con el elefante se quedaron de guardia dos soldados de caballería, lo que reforzó la idea en ellos de que era urgente ir a hablar con el cura. Las puertas se cerraron y la aldea se recogió en medio de la oscuridad. Poco después algunas volvieron a abrirse sigilosamente y los cinco hombres que de ellas salieron se encaminaron hacia la plaza del pozo, punto de reunión que habían concertado. La idea que llevaban era hablar con el cura, que a esta hora ya estaría en la cama y probablemente durmiendo. El reverendo era conocido por su pésimo humor cuando lo despertaban a horas inconvenientes, que para él eran todas las que estuvieran en brazos de morfeo. Uno de los hombres todavía aventuró una alternativa, Y si viniésemos temprano, preguntó, pero otro, más determinado, o simplemente más propenso a la lógica de sus previsiones, objetó, Si ellos salen al alba, nos arriesgamos a no encontrar a nadie, menuda cara de tontos se nos iba a quedar entonces. Estaban ante la puerta de la parroquia y parecía que ninguno de los nocturnos visitantes se iba a atrever a levantar la aldaba. Aldaba tenía también la puerta de la residencia, pero era demasiado  pequeña para conseguir despertar al inquilino. Por fin, como un cañonazo en el silencio pétreo de la aldea, la aldaba de la parroquia dio señal de vida. Todavía tuvo que disparar dos veces más antes de que desde dentro se oyese la voz ronca e irritada del cura, Quién es. Obviamente, no era prudente ni cómodo hablar de dios en plena calle, teniendo por medio algunas paredes y un portón de madera gruesa. No pasaría  mucho tiempo sin que los vecinos aguzaran el oído para escuchar las altas voces con las que estarían obligadas a comunicarse las partes dialogantes, transformando así una gravísima cuestión teológica en la fábula de la temporada. La puerta de la residencia se abrió por fin y la cabeza redonda del cura apareció, Qué queréis a esta hora de la noche. Los hombres dejaron el portón de la parroquia y avanzaron, de puntillas, hasta la otra puerta.  Se está  muriendo alguien, preguntó el cura. Todos dijeron que no señor. Entonces, insistió el siervo de dios, recomponiéndose mejor la manta que se había echado sobre los hombros; En la calle no podemos hablar, dijo un hombre. El cura refunfuño. Pues si no podéis hablar en la calle, vais mañana a la iglesia, Tenemos que hablar ahora, señor cura, mañana puede ser tarde, el asunto que nos trae hasta aquí es muy serio, es un asunto de iglesia. De iglesia, repitió el cura, súbitamente inquieto, pensando que la podrida viga del techo se habría venido abajo, Si, señor, de iglesia, Entonces entrad, entrad. Los empujó hasta la cocina, en cuya chimenea todavía quedaban rescoldos de leña quemada, encendió una vela, se sentó en un escaño, y dijo, hablen. Los hombres se miraron unos a otros, dudando acerca de quién debía ser el portavoz, pero estaba claro que sólo tenía realmente legitimidad aquel que dijo que iba a oír lo que se estaba comentando en el grupo donde se encontraban el comandante y el cornaca. No fue necesario votar, el hombre en cuestión ya había tomado la palabra.  Señor cura, dios es un elefante. El cura suspiró de alivio, era preferible esto a que se le hubiera caído el tejado, además, la herética afirmación tenía fácil respuesta. Dios está en todas sus criaturas, dijo. Los hombres movieron la cabeza de modo afirmativo, pero el portavoz, mucho más consciente de sus derechos y sus responsabilidades, insistió, Pero ninguna de ellas es dios, Era lo que faltaba,  respondió el cura, tendríamos ahí un mundo abarrotado de dioses, y no se entenderían entre ellos, cada uno llevando el ascua a su sardina, Señor cura, lo que nosotros oímos con estos oídos que se ha de comer la tierra, es que el elefante que está ahí es Dios, quién ha proferido semejante barbaridad, preguntó el cura, usando una palabra no habitual en la aldea, lo que era clara señal de enfado, El comandante de caballería y el hombre que viaja encima, Encima de qué, De dios, del animal. El cura respiró hondo, contuvo las ansias que le impelían a mayores extremos y preguntó, Estáis borrachos, No, señor cura, respondió el coro, es difícil estar borracho en los tiempos que corren, el vino está caro, Entonces, si no estáis borrachos, si a pesar de este cuento chino seguís siendo buenos cristianos, oídme bien. Los hombres se aproximaron para no perder ni una palabra, y el cura, después de limpiarse la carraspera que sentía en la garganta, y que, pensaba, era el resultado de haber salido bruscamente del calor de las sábanas al frío ambiente exterior, comenzó el sermón, Podría mandaros a casa con una penitencia, unos cuantos padresnuestros y unas cuantas avemarías, y no pensar más en el asunto, pero como todos me parecéis de buena fe, mañana por la mañana, antes de nacer el sol, iremos juntos, con vuestras familias, y también los demás vecinos de la aldea, a quienes tendréis que avisar hasta el lugar donde se encuentra el elefante, no para excomulgarlo, puesto que, siendo un animal, ni ha recibido el santo sacramento del bautismo ni puede acogerse a los bienes espirituales concedidos por la iglesia, sino para limpiarlo de cualquier posesión diabólica que haya sido introducida por el maligno en su naturaleza de bruto, como les sucedió  a los dos mil cerdos que se ahogaron en el mar de galilea, como seguramente recordaréis. Abrió espacio para una pausa, y luego pregunto, Entendido, Sí, señor, respondieron todos, excepto el portavoz que iba tomando cada vez más en serio su función, Señor cura, dijo, ese caso siempre me da vueltas en la cabeza, Por qué, No comprendo por qué tenían que morir esos cerdos, está bien que jesús hiciera el milagro de expulsar los espíritus inmundos del cuerpo del geraseno, pero consentir que entraran en unos pobres cerdos que nada tenían que ver con el caso, no parece una buena manera de acabar el trabajo, sobre todo porque, siendo los demonios inmortales, ya que si no lo fueran dios habría acabado con la raza nada más nacer, lo que quiero decir es que antes de que los cerdos hubieran caído al agua ya los demonios se habrían escapado, en mi opinión jesús no lo pensó bien, Y tú quién eres para decir que jesús no lo pensó bien, Está escrito, padre, Pero tú no sabes leer, No sé leer, pero sé oír, hay alguna biblia en tu casa, No, padre, sólo los evangelios, formaban parte de una biblia, pero alguien los arrancó, Y quién los lee, Mi hija mayor, es verdad que todavía no consigue leerlos de corrido, pero gracias a las veces que lee lo mismo, vamos entendiéndola cada vez mejor, En compensación, y es lo malo, con tales pensamientos y opiniones, si la inquisición viene por aquí serás el primero en ir a la hoguera. De algo tenemos que morir, padre, No me vengas con estupideces, déjate de evangelios y presta más atención a lo que yo digo en la iglesia, señalar el camino recto es mi misión y de nadie más, recuerda que quien se mete por atajos nunca sale de sobresaltos, Sí, padre, De ahora en adelante, ni una palabra, si alguien, quitando a los que estamos aquí, viene hablándome de estos asuntos, aquel de vosotros que se haya ido de la lengua sufrirá pena de excomunión mayor, aunque tenga que ir andando a roma para dar testimonio personalmente. El cura hizo una pausa dramática, y después preguntó con voz cavernosa, Lo habéis entendido, Si, padre, lo hemos entendido, Mañana, antes de que el sol nazca, quiero a todo el mundo en el atrio de la iglesia, yo, vuestro pastor, iré delante, y juntos, con mi palabra y vuestra presencia, pelearemos por nuestra santa religión, recordad, el pueblo unido jamás será vencido.(…)
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