El sueño del celta de Mario Vargas Llosa

 

En el grupo “Manu Leguineche”, de libros de viajes estamos leyendo el estremecedor relato de Mario Vargas Llosa  El sueño del celta. Su recepción ha dado lugar a multitud de críticas, reportajes y entrevistas. Os recomendamos algunas, como esta titulada “El nacionalismo es la peor construcción del hombre“.

Y a continúación transcribimos la crítica de Javier Munguía en Revista de letras:

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2010 a Mario Vargas Llosa ha sido el acontecimiento literario del año. Por fin la Academia Sueca ha decidido honrarse premiando al gran autor peruano, creador de una obra novelística original y de enorme ambición, reconocida por tirios y troyanos, y merecedora de los más diversos galardones. En la apoteosis de su gloria, Vargas Llosa ha publicado su más reciente novela, un proyecto para el que se documentó durante años: El sueño del celta. Leyendo este libro recién publicado, es difícil no pensar lo evidente: que a Mario el Nobel le ha llegado, aunque muy merecidamente, de forma tardía. Lo ameritaba desde que, con solo 33 años, se convirtió en el autor de tres de las novelas mayores del siglo XX hispanoamericano: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Estas tres obras, osadas formalmente, sólidas en su endiablada arquitectura de rompecabezas y críticas de las peores lacras de nuestras sociedades, habrían bastado para que el autor obtuviera el favor de los académicos suecos. 1982 también habría sido un año idóneo para que Vargas Llosa se hiciera con el premio, ya que a finales del año anterior había publicado otra de sus novelas mayores: La guerra del fin del mundo, una reconstrucción histórica de la guerra en Brasil, a finales del siglo XIX y principios del XX, entre un grupo de fanáticos religiosos y una república emergente, y al mismo tiempo una metáfora de los equívocos que el poder, la corrupción, la búsqueda de la utopía y el desamparo desatan, al grado de desembocar en conflagraciones sangrientas y absurdas. En 2000, Vargas Llosa publicó otra de grandes obras: La Fiesta del Chivo, una novela que reconstruye, con gran intensidad y tensión, la dictadura en República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo. Ese año fue otro momento idóneo que el comité del Nobel de Literatura desaprovechó para premiar al peruano.

El galardón se le otorgó a Vargas Llosa solo en 2010, apenas un mes antes de publicar una de sus novelas menos logradas. Muchos de sus nuevos lectores leerán El sueño del celta y quizá se preguntarán, entre bostezos, qué tiene de genial ese autor reiterativo, más historiador que novelista, que en vez de desasosegar, insensibiliza con sus largos inventarios de atrocidades.

Roger Casement, retrato de E. Dene de dominio público

El sueño del celta toma como materia prima la vida de Roger Casement (1864-1916), un irlandés que, al parecer, fue el primer europeo en denunciar los abusos que los países colonizadores ejercían sobre sus conquistados tanto en África como en América Latina. A raíz del descubrimiento de este mundo insospechado, donde la iniquidad y la ignominia habían echado pesadas raíces, Casement pasó de ser un leal defensor de la corona británica, nombrado incluso caballero, a ser uno de sus más acérrimos críticos, un revolucionario que corrió enormes riesgos, que finalmente lo conducirían a la muerte, para que su país se independizara de Inglaterra.

Como otras novelas de Vargas Llosa (La tía Julia y el escribidor, Historia de Mayta, El hablador, Elogio de la madrastra y El Paraíso en la otra esquina) y sus memorias (El pez en el agua), El sueño del celta presenta dos planos narrativos alternados en orden de uno a uno: el primero está ubicado en 1916, año en que Roger cumplía su condena por sedición en una cárcel londinense, esperando la conmutación de su pena o su ejecución; el segundo se remonta a la infancia de Casement, a esos años en que nació en el personaje el ánimo aventurero que lo llevaría en su juventud a embarcarse a África como diplomático de Inglaterra, y llega hasta los últimos años de Casement, en los que sus actividades independentistas lo llevarían a prisión.

Ante una novela dedicada a un personaje como Roger Casement, uno esperaría que la conversión del protagonista ocupara un episodio central, ya que esa toma de conciencia es capital en la vida del irlandés y expresa todo el horror ante los grados de maldad a los que puede llegar el ser humano. Pese a ello, Vargas Llosa dedica a este pasaje un espacio muy pequeño; en vez de desarrollarlo como se merece, prefiere ser extenso que intenso: nos detalla minuciosamente los indignantes casos de aborígenes congoleses y peruanos que fueron golpeados, humillados o muertos  por los extranjeros que llegaba a sus tierras a explotarlos. Como si la reiteración no fuera ya un problema suficiente, existe uno más: Roger nunca es testigo de todos estos casos, sino que los conoce de oídas, por informantes muchas veces anónimos, que apenas ocupan unas líneas de la novela. Como estas infamias no son infligidas a seres ficticios que el lector aprecie, con los que tenga cierta empatía, no hacen mella en él. Incluso terminan consiguiendo lo contrario de lo que se proponen: cansan, hastían a fuerza de repetición. El mismo Vargas Llosa hizo decir a uno de sus personajes en La guerra del fin del mundo: “Es más fácil imaginar la muerte de una persona que la de cien o mil (…). Multiplicado, el sufrimiento se vuelve abstracto. No es fácil conmoverse por cosas abstractas”. ¿Hace falta decir que tiene toda la razón el personaje y que en esta breve cita está una de las claves para entender las fallas de El sueño del celta? Faltó metonimia y sobró exhaustividad.

Mario Vargas Llosa (Foto: Alfaguara)

El plano de la cárcel tiene mucha menos información que ofrecer que el plano biográfico, apenas unas pocas visitas que recibe Roger y la relación con el sheriff que hace de carcelero. Para que no exista un desequilibrio notorio entre los planos, Vargas Llosa introduce en el primero, a modo de rememoración del protagonista, información sobre la última etapa de la vida de Casement: la conspiración para liberar a su país. El sistema funciona hasta que llegamos a la última parte del libro, dedicada justamente a las luchas independentistas de Roger. Tanto ha revelado el autor en los apartados anteriores de este asunto que el apartado que cierra la obra, más de 100 páginas de un total de 454, pierde razón de ser: antes de llegar a él ya nos enteramos de todo lo importante con relación a la sedición irlandesa encabezada por Roger; dicho apartado, pues, no hace sino redundar u ofrecer datos de nulo interés para la comprensión de la historia.

La impresión general que queda luego de leer esta novela es que la rica materia prima que la inspiró fue poco aprovechada por el autor. No vemos al personaje fascinante que sugiere la biografía de Casement. No vemos sus contradicciones, sus claroscuros, sus luchas internas más complicadas. Vemos, más bien, a un ser de una sola pieza, digno de admirarse pero poco interesante. Incluso la homosexualidad de Roger, los encuentros sexuales con hombres anotados en su diario (mitad fantasía, mitad realidad), no se expresan con el suficiente ahínco. Al Casement de Vargas Llosa le hizo falta una buena dosis de la osadía de don Rigoberto, el protagonista de otra novela de Vargas Llosa, cuya poderosa imaginación erótica producía fantasías desmesuradas y convincentes.

Toco madera para que El sueño del celta no sea el canto de cisne de Vargas Llosa. Una mala noche la tiene cualquiera (como diría el buen Eduardo Mendicutti), incluso los más grandes. Si bien el autor peruano ya ha entregado lo mejor de su obra, y quizá no alcance de nuevo esos niveles, es dable esperar de él todavía un par de buenas novelas más. Por lo pronto, brindemos por su Nobel, uno de los mejor otorgados de los últimos tiempos, y celebremos leyendo sus creaciones mayores.

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