La ignorancia, de Milan Kundera

El checo Milan Kundera, que fue un autor de culto en los noventa con éxitos tan rotundos como “La insoportable levedad del ser”, “El libro de los amores ridículos” o “La broma”, en los últimos años ha dejado de ser un asiduo en las mesas de novedades de las librerías españolas. Sus últimas obras -“El telón” o “Un encuentro”- han sido recopilaciones de ensayos y han ido apareciendo a un ritmo mucho más lento. Ahora en los clubes tendremos ocasión de repasar uno de sus últimos títulos, “La ignorancia”, que apareció en castellano en el año 2000 editado, como el resto de su obra, por Tusquets.

 Esta es la reseña que publicó en Foco Lateral Lluís Maria Todó.

Milan Kundera
Lluís Maria Todó

El verbo latino ignorare dio lugar a dos derivados en catalán: el cultismo ignorar y la forma popular enyorar, que pasó al español tardíamente (en 1840, según Corominas), y dio las formas “añorar”, “añoranza”. Añorar sería, originariamente, ignorar dónde se halla alguien, y de ahí, echarle de menos, sentir nostalgia de él.

Los personajes de la última novela de Milan Kundera, La ignorancia, vacilan entre estas formas verbales, o entre los sentimientos que expresan: añoran, ignoran, y sienten nostalgia ­que etimológicamente es el “dolor por el retorno”, el ansia por regresar al país natal­; a veces parecen no distinguir muy bien entre una cosa y otra, entre el ignorar y el añorar. Toda la novela parece surgida de los juegos que permite esta etimología, que el novelista checo explica detenidamente en el segundo capítulo del libro, una fábula que, evidentemente, se sitúa bajo la tutela mítica de Ulises, el primer personaje que vivió el dolor de estar alejado de su patria y su familia, el primer nostálgico de la tradición literaria europea.

El juego lingüístico entre la ignorancia y la añoranza sólo es posible en catalán y en español, y tal vez por eso la novela ha sido publicada antes en estas lenguas que en la propia versión original francesa. A menos que haya sido por otras razones, quizá de tipo más estratégico: la anterior novela de Kundera, La identidad (1997; publicada en español al año siguiente), recibió muy malas críticas en Francia, y no se puede descartar que Kundera ­tan atento a la dimensión pública de su carrera literaria­ haya decidido demorar la aparición del libro en francés hasta ver la reacción del público y la crítica de nuestro país.

Sea como sea, el novelista checo puede respirar tranquilo: la crítica española ha tratado muy bien esta última novela suya, y es probable que lo mismo ocurra en el resto de países, incluida la reticente Francia. Lo que pasa es que, para empezar, este libro trata un tema interesante, el de la emigración tras la caída del comunismo, y además lo hace mediante una fábula que tiene momentos de gran intensidad y está protagonizada por personajes verosímiles y atractivos. Digamos, para resumir, que La ignorancia tiene el formato breve, la ligereza sintáctica y estilística de las novelas francesas de Kundera, pero posee también la ambición de pensamiento y el poder imaginativo del Kundera en checo.

La protagonizan dos emigrados checos, un hombre y una mujer, Josef e Irena. Ambos se fueron de Praga después de la invasión soviética de 1968, él a Dinamarca, ella a París. Ambos vuelven después de la caída del muro en 1989. Sus experiencias son divergentes, pero se articulan en torno a esa figura del emigrado (o tal vez sería mejor decir el émigré, a la manera de Nabokov), esa figura que, según Kundera, nace en 1789, con la Revolución Francesa, y muere al cabo de doscientos años exactos: en 1989, con el derrumbe del comunismo soviético (no se sabe qué dirían de semejante afirmación Guillermo Cabrera Infante o Salman Rushdie). Irena y Josef, pues, regresan a Praga desde sus exilios respectivos. Coinciden en el aeropuerto de París, y se dan una cita para al cabo de unos días en la capital checa. Allí conocen una tarde de sexo de alto voltaje, pero… si bien ambos conocían muy bien la añoranza, la ignorancia estaba peor repartida. La ignorancia, en este caso, vale por el olvido: Irena recuerda muy bien algo que Josef había olvidado, y que no diré qué es. Lo más interesante de esta escena, una de las más intensas del libro, me parece un hallazgo novelesco de primer orden: los dos emigrados, víctimas ya de los desórdenes lingüísticos habituales en estos casos, y que tienen dificultades para recuperar la familiaridad con su checo natal, se abandonan al sexo con furor en el preciso momento en que encuentran un espacio de lenguaje propio y común: la palabra obscena, los tacos, los órganos y actos sexuales dichos en la lengua en que se nombraron por primera vez. Ésa resulta ser, en definitiva, la única Ítaca realmente recuperable.

En general, esta novela cuenta con numerosos hallazgos de este calibre y de estas características. Otros ejemplos: Irena cobra consciencia existencial de que se ha convertido irremediablemente en una emigrada, cuando se compra un vestido vulgarísimo en Praga, y mira con súbito extrañamiento su reflejo en el escaparate de la tienda: así habría sido si se hubiese quedado en Bohemia, así ya no podrá ser nunca, la emigración ha quedado inscrita en su cuerpo para siempre. Josef experimenta una epifanía similar cuando ve el reloj que fuera suyo en la muñeca de su hermano, o cuando contempla desde la ventana de su hotel un cartel publicitario cuyo sentido es incapaz de descifrar. También me pareció impecable la narración del encuentro entre Josef y N, un antiguo amigo suyo comunista, la manera como nos es descrita la imposibilidad de su diálogo, una imposibilidad que ilustra de forma muy discreta, casi minimalista, y enormemente eficaz, uno de los grandes conflictos de nuestro tiempo. En los casos citados, Kundera está soberbio, el ajuste entre la anécdota y el sentido es perfecto.

En otras ocasiones, sin embargo, esta articulación entre fenómeno y significado, entre el contar y el explicar, no parece tan clara, como en la magnífica escena del encuentro sexual entre Gustaf y su suegra; un fragmento tan vibrante de verdad novelesca como enigmático en cuanto a su encaje con la significación global del libro. E inversamente, muchas veces las reflexiones del narrador sobre temas tan transcendentales como la memoria y el olvido, la derrota del comunismo y la instalación del capitalismo en la Europa del Este y, naturalmente, la emigración, pueden parecer de una desconcertante trivialidad.

Kundera ha querido situar su relato en un ámbito retórico de manejo dificilísimo: el vaivén entre la reflexión pura y la narración, como si ambicionara ejemplificar las grandes cuestiones de la Historia reciente mediante pequeñas escenas privadas; como Balzac, como Tolstoi, nada menos, y además sin renunciar, como ellos, al comentario en primera persona. Si algo se le puede reprochar a este libro es el contraste entre el destello de verdad que brilla en las escenas de la vida íntima ­ricas, además, de sentido­, y los fragmentos en que el narrador toma la palabra y explica el significado de lo que nos ha contado, o nos contará, que resultan por lo menos decepcionantes.

Tal vez lo que nos está sugiriendo Kundera es que las grandes síntesis ideológicas del siglo pasado son ya imposibles ­no sería el primero en hacerlo­, o que la novela ha dejado de ser un instrumento adecuado para comprender la historia europea reciente, que hemos perdido la capacidad de percibir la menor analogía entre sujeto histórico y protagonista novelesco. Entonces, en un bello juego conceptual, el libro hablaría también de esta ignorancia, y de la añoranza que la acompaña.

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