La conquista del Polo Norte, de Fergus Fleming

En el club de viajes, este mes nos vamos al Polo Norte. Y para abrir boca os invitamos a leer la reseña que publicó Andrés Barba en El Cultural el 01/11/2007

Todavía en 1818 John Cleve Symmes sostenía la teoría -reelaborada más tarde por Edgar Allan Poe en su maravilloso Las aventuras de Arthur Gordon Pym– de que en el lugar más septentrional de la Tierra se encontraba una gigantesca depresión avellanada, una entrada a una serie de siete mundos que se alojaban unos dentro de otros como estratos en una esfera china. Todo lo referente al Polo Norte, hasta la primera gran expedición en 1845 a cargo de sir John Franklin de la Marina británica, se encontraba en el terreno de la especulación y la fantasía. A partir del viaje y desaparición de Franklin (el propio Amundsen, descubridor de los dos polos, seguía reconociéndole como su fuente de inspiración), y tomando como excusa durante casi dos décadas su rescate, se produce la gran oleada de expediciones al Polo Norte, algunas de ellas muy célebres como la de Kane a bordo del Advance -cuyo diario se convirtió en un clásico y estuvo durante decenios junto a la Biblia en todas las salas de estar estadounidenses y cuya muerte conoció una asombrosa manifestación de dolor colectivo, como no la conocería Estados Unidos hasta la muerte de Lincoln- pasando por May, De Long, Greely…

Las expediciones americanas, bien documentadas, se encuentran aquí junto a las menos conocidas de las británicas de George Nares a bordo del Discovery (heroico fracaso que reproduciría luego en la Antártida el capitán Scott), la alemana de 1870 de Karl Koldewey, la italiana del duque de los Abruzos en 1899, la rusa de Sedov en 1913 en el vapor Foka, y hasta los vuelos de Amundsen y Ellsworth, primero en hidroaviones, y más tarde en el dirigible Norge que les convirtió en las primeras personas que vieron el Polo Norte. No sería hasta 1948, en mitad de la guerra fría, siguiendo las instrucciones de Stalin, que un equipo de científicos, al mando de Aleksandr Kuznetsov, logra poner los pies en el Polo.

El libro de Fergus Fleming (1959) es un ejemplo de documentación y exposición histórica. A su escritura blanca (a veces casi excesivamente profesoral) se contraponen los textos eufóricos, entusiastas y delirantes de los diarios de los propios exploradores, lo que hace de la lectura una interesantísima experiencia en la que la neutralidad de la exposición no elude el corazón y el nervio de las desgracias, tragedias y hallazgos de quienes vivieron la que probablemente fue una de las últimas epopeyas de la humanidad de primera mano. La experiencia fulminante del escorbuto, los inviernos glaciares, la relación siempre distante y compleja con los colaboradores esquimales, los motines y arrebatos de locura a causa del frío y la inanición no merman, sino que incentivan la astucia para elaborar instrumentos y trayectorias que admitieran la llegada al Océano Glacial ártico. Desde los perros (e incluso ponies con los que fracasa Ziegler en 1901) o los trineos, hasta el vapor, pasando por los hidroaviones y dirigibles (con los que se estrella Wellman en un glaciar en 1906), el libro de Fleming se centra, más bien, en la evolución y desarrollo del sueño que desde la expedición de Franklin ocupa el corazón de decenas de entusiastas obsesionados por conquistar el Polo Norte y que termina en 1926, con la expedición de Amundsen en el dirigible Forge.

A Fleming tal vez sólo se le podría achacar el defecto de haberse apegado demasiado a los hechos y no haber profundizado en el centro oscuro -ya no de estos personajes, sino humano- de alzarse sobre lo desconocido, de ejercer un dominio y apoderarse de él, una verdadera reflexión sobre por qué se produjeron los hechos que tan elocuentemente expone. A pesar de todas las excelencias del libro, que son muchas, en ocasiones se tiene la impresión de estar asistiendo a un simple “registro de hechos acaecidos”, sin que una profunda reflexión sobre sus causas les dé una auténtica dimensión humana, un interés global.

“Durante miles de años esta tierra ha permanecido oculta al conocimiento de los hombres. Hay algo sublime para la imaginación en la soledad absoluta de una tierra que nunca antes ha sido visitada […]. Aquí abajo estamos nosotros, pobres hombres, y hablamos de conocimiento y de progreso y nos enorgullecemos de la inteligencia con la que arrancamos a la Naturaleza sus misterios. Aquí estamos y miramos el misterio que la Naturaleza ha escrito para nosotros con flamígeras letras en la oscura bóveda de la noche, y lo único que podemos hacer es maravillarnos y confesar avergonzados que no sabemos nada”. (Diario de la retirada. Expedición al Ártico. Weyprecht, 1874)
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