La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig

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Desde las primeras páginas La impaciencia del corazón (conocida en anteriores ediciones por La piedad peligrosa), de Stefan Zweig transmite una sensación extraña: es como si ya conociéramos esa historia que están a punto de contarnos. Una historia que está tejida con los hilos con los que están tejidos los mitos. Esconde emociones universales y conflictos que todos entendemos desde el principio. Hay escenas que se quedan grabadas, como si realmente las hubiéramos visto en una película. Y el lector asiste al avance inexorable de las cosas sin poder hacer nada por evitarlas.

A esta magnífica novela le han dedicado entradas muchos blogs, como Cajón de sastre, Literature, Miguel Ángel Jiménez Guerra…, @ intervalos, Corbella de, Entre montones de libros

Esta es la reseña que dedicó al libro Rafael Narbona en El Cultural:

Rafael NARBONA | Publicado el 25/05/2006

Sus ensayos y su extraordinaria autobiografía (El mundo de ayer, 1943) despertaron cierta indulgencia, pero su obra narrativa fue postergada por una época que profetizaba el fin del arte y la muerte de la novela. Sólo se admitió su valor como elocuente testimonio del ocaso de la vieja Europa. La impaciencia del corazón desmiente este juicio.

Zweig es un magnífico narrador, con una prosa exquisita y un asombroso conocimiento de las emociones humanas. En sus manos, un argumento folletinesco (un oficial que incumple su promesa de matrimonio con una muchacha enferma) adquiere el carácter de drama universal. Hofmiller es un joven oficial. Vanidoso y petulante, permitirá que Edith conciba falsas esperanzas. Hija de un judío enriquecido, la sociedad desprecia su procedencia y en ningún caso olvida su condición de minusválida. Sólo es una tullida, incapaz de despertar pasión. Zweig deslinda la compasión del sentimentalismo. El sentimentalismo nace de la debilidad; la compasión, de un corazón fuerte y sin vanidad

La impaciencia del corazón estudia la culpabilidad, la moral y la posibilidad de la redención. La guerra del 14 encubrirá la indignidad de Hofmiller, pero las condecoraciones obtenidas en el frente no borrarán su vergonzoso comportamiento. El héroe de guerra no podrá olvidar su responsabilidad en el suicidio de Edith. Judío y pacifista, Zweig no necesita esforzarse para comprender la impotencia de una joven condenada a contemplar la vida, sin participar en ella. Su facilidad para identificarse con la perspectiva de los marginados infunde al relato un dolor sincero, a veces insoportable. El amor de Edith no es una fantasía romántica, sino una pasión asociada a un cuerpo. La escena en que sus manos juegan con las de Hofmiller refleja el infortunio de los humillados por la adversidad, tal vez los únicos capaces de alimentar una pasión voraz que jamás conocerán los hombres y mujeres acostumbrados a ser amados y deseados. Se advierte en Zweig un planteamiento moral que probablemente brote de sus raíces judías. El doctor que trata a Edith está casado con una ciega. No considera que haya sacrificado nada, sino que “ha vivido para algo”. Al menos no ha defraudado a su esposa, que le ama con la generosidad de los corazones compasivos. La imbecilidad que permitió despreciar a Galdós, Dickens o Baroja brota del mismo tronco que alimentó el menosprecio hacia Zweig. Su literatura nos sigue inspirando con el mismo genio que las creaciones de Tolstoi o Balzac. El suicidio de Zweig sólo atestigua el valor de una obra que no se resignó a excluir el impulso ético de la condición humana. Su muerte no es un fracaso de la voluntad, sino un gesto de protesta contra las fuerzas que oprimen al hombre y le escamotean su dignidad.

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