Música blanca, de Cristina Cerezales

Música blanca de Cristina Cerezales Laforet es uno de esos libros intimistas, fragmentarios, con el que la autora hace su particular homenaje a su madre, la escritora Carmen Laforet.

Esta es la reseña que publicó en El Cultural Ricardo Senabre:

Cristina Cerezales (Madrid, 1948) ha publicado hasta ahora dos novelas, la última de ellas hace apenas dos años (Por el camino de las grullas). En la obra que ahora nos ocupa, la autora ha firmado con sus dos apellidos, porque Música blanca no es una novela en sentido estricto o tradicional -es decir, el relato de unos sucesos imaginarios en un espacio y un tiempo dados-, sino una mezcla de relato, documento biográfico y libro de memorias, todo ello centrado en la figura de Carmen Laforet, madre de la autora. La propia Cristina Cerezales resume Música blanca como “una creación literaria que tiene como objetivo el intento de compartir una parte de los sentimientos, las realidades y los misterios que viví junto a mi madre, Carmen Laforet, en los últimos años de su vida” (p. 283). La hija observa a su madre, aquejada de una enfermedad degenerativa y recluida en una residencia; le habla, a veces le lee fragmentos literarios, interpreta sus silencios, el fluir de sus evocaciones y trata de acompasar sus pensamientos a los de la enferma, estableciendo así una comunicación más compuesta de intuición y de afecto profundo que de palabras. El hilo principal es el relato de la hija, sometido al esquema narrativo de la segunda persona (“abres los ojos”, “te levantas despacio”), que ofrece la ilusión de un distanciamiento, como si la narradora quisiera separarse de su vertiente de hija y facilitarse a sí misma el logro de la objetividad exigida por un relato verídico. Pero, además de ese punto de vista, hay otros. En primer lugar, la voz interior de la propia Carmen Laforet, destacada con otro tipo de letra y procedente de escritos suyos “en muchas ocasiones”, como consigna la autora, dejando así el camino libre para entender que, en otros casos, se trata de textos imaginados -aunque no desentonan del estilo de Carmen Laforet-, tanto, al menos, como las conjeturas de la hija acerca de los pensamientos de la silenciosa madre, que alimentan la parte de ficción que el relato posee. Por otra parte, hay pasajes ocasionales con otras perspectivas, como los fragmentos de diario de dos nietas que cuentan sus impresiones tras su visita a la abuela.
Y van apareciendo, desperdigados, multitud de datos conocidos -y otros no tanto- de la biografía de Carmen Laforet, de su infancia y su adolescencia en Gran Canaria, de su juventud barcelonesa, de la escritura de Nada -una novela cuya importancia crece con los años- y de otras obras, de la ruptura matrimonial, de su conversión a la fe religiosa, motivo central de La mujer nueva. Pero no son tal vez estos datos “positivos” lo más valioso de la reconstrucción fragmentaria -organizada a base de la contemplación conjunta de un álbum de fotografías- que la hija y narradora conduce con buen pulso, sino la etopeya que va dibujándose de Carmen Laforet: su espíritu independiente y hasta rebelde, sus inquietudes y temores, su inseguridad, su goce de los placeres sencillos, su amor a la naturaleza, la relación afectiva, siempre firme, prolongada e indeclinable, con familiares y amigos. También de estos elementos se nutre en buena proporción su literatura, y descubrirlos ahora, bajo la luz diáfana de la diáfana escritura de Cristina Cerezales, ayuda a comprender mejor tanto a la mujer como a la escritora. Hay en estas páginas una hondura en la contemplación, una necesidad de comprender a la persona objeto del relato -convertida en personaje silente y lleno de complejidad- y una delicadeza tal en los gestos, los detalles, las miradas y los silencios que acaba por inundar las páginas de una vivísima sensibilidad. Las continuas evocaciones de momentos pasados no son aquí motivo de desesperación ni de nostalgia, sino recreaciones de momentos felices que vuelven, tal vez para aliviar y dulcificar la situación presente, cuyo dramatismo se atenúa gracias al amor y la naturalidad de los comportamientos.
Y, como no podía ser de otro modo, todo esto, que consigue ofrecernos un peculiar y acabadísimo retrato de Carmen Laforet, nos dice mucho también de la escritora que la ha convertido en protagonista y que parece haber sentido desde hace unos años el mismo impulso narrativo que su madre. Pocas veces ofrece la literatura un ejemplo de relación maternofilial expuesta tan a la intemperie, lo que constituye un ingrediente más del interés que Música blanca suscitará en lectores sensibles.

ALGO PERSONAL

l ¿Qué dificultades halló al tomar la voz de su madre?
-Quería contar lo que me transmitió, su silencio, que estaba cargado de señales inequívocas de un avance espiritual interior. A eso yo llamo Música blanca y ahí encontré la mayor dificultad.
l Muestra a su madre en un “debate eterno entre escribir o ser mujer”. ¿Su destino habría sido hoy diferente?
-En la época en que ella sitúa ese debate, antes de La Isla y los demonios (1952), sí encontró dificultades que ahora no habrían existido, como la reiterada pregunta que le desesperaba: “¿Quiere más a sus libros que a sus hijos?”.
l Describe al final su certeza de haber revelado “la culminación de una vida”. ¿Queda todo dicho de Carmen Laforet?
-Nunca se puede decir todo acerca de una vida. Esta es una versión muy sub-jetiva, casi una fusión entre su pensamiento y el mío. Aún así, creo que aporta una información muy valiosa sobre su estilo de vida y su proceso creativo.

Por último podéis escuchar algo de la autora

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