Cuentos, de Ernest Hemingway

El club de lectura de viajes durante el mes de febrero de 2013 estará leyendo uno de esos libros imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie. Nos referimos a los Cuentos de Ernest Hemingway. Mucho más conocido por sus novelas y sus reportajes, incluso por libros autobiográficos como esa joya París era una fiesta, y sobre todo considerado casi un icono, para muchos escritores Hemingway está considerado un verdadero maestro del relato breve.

Aquí os proponemos la lectura de este texto de J. Ernesto Ayala-Dip 

Guardar  La fidelidad a la realidad que mantuvo siempre Ernest Hemingway en su literatura debió aprenderlas, seguramente, de Flaubert y Stendhal, autores que, junto a Chejov y Tolstoi, no faltaron en su época parisiense. De Chejov, a su vez, debió rescatar el autor de Islas en el golfo ese respeto por los temas sencillos y las soluciones expeditivas. Con el fugaz lirismo de Sherwood Anderson completará Hemingway, sin olvidar quién sabe si a Bret Hart, las características que harán personalísimos sus relatos cortos.Con la publicación de Los asesinos, libro que, aparte de incluir el famoso cuento que da su nombre al volumen en cuestión incorpora otros pertenecientes también a la saga de Nick Adams, se nos entrega un importante muestrario de las dotes cuentísticas del escritor americano.

 Los asesinos

Ernest Hemingway. Luis de Caralt. Editor. Barcelona, 1978.

Precisamente en Los asesinos es donde Hemingway pone en funcionamiento esa rara habilidad que hará de sus cuentos la confirmación de lo que Poe exigía en su Filosofía de la composición para los mismos: en el principio del cuento ha de estar prefigurado su final. Solamente el final imprevisto no respetará Hemingway, porque sus relatos, más que un ciclo completo, describen un segmento de la vida. Los asesinos consumarán su trabajo en la persona del ex boxeador Ole Andreson. Con ese crimen finaliza la espera de la víctima, pero el relato en sí mismo, puesto que el protagonista, Nick Adams, disimuladamente desplazado de la escena de los acontecimientos, proseguirá e n otros relatos configurándose siempre en una voz creciente, en una mirada que une, hasta que su autor se suicide, las ininterrumpidas vicisitudes de esta especie de Alter ego de Huckleberry Finn. Los asesinos, nos referimos al cuento en sí, define en su realización formal toda una filosofía del relato corto. Su economía de recursos, su brevedad asumida estéticamente, no indican otra cosa que la medida exacta de estos tranche de vie, que son, junto a áquel, el resto de la narrativa breve de Hemingway. «La prosa es arquitectura y no decoración», se dice en Muerte en la tarde. Para ese lector de Quevedo, oidor de Mozart y contemplador de Goya y Cezanne, el estilo directo de sus frases y la transparencia inocentemente prosaica a ratos de sus diálogos (que tanto imitaron luego James Cain y Horace Mac Coy, según Jean-Louis Curtis) significarán una constante muchas veces criticada, cuando no harto injustificadamente tachada de sencillismo.

 Varios relatos de Hemingway tienen la brevedad de una acción humana efímera y sólo aparentemente insustancial, muchos de ellos no sobrepasan las dos o tres páginas, pero son suficientes para que su autor trace una situación sórdida o un instante patético, como en El anciano del puente.

 “El amo hegeliano ”

Tal vez extrañe en la narrativa corta de Hemingway la ausencia de personajes probos, de gestos hieráticos o de palabras rimbombantes. Tal vez. como dijo una vez de esta literatura George Bataille, sus personajes posean esa primitiva indolencia del amo hegeliano. En estos relatos que aquí comentamos la sordidez y la tristeza se confabulan siempre para no aceptar ningún objetivo sobresaliente en la vida. Obviamente no faltan en ellos los temas tan caros a Hemingway: los toros, la pesca, la caza y el boxeo. La violencia tratada .por el autor norteamericano adquiere todo el inequívoco signo de nuestro tiempo. Y la medianía de sus héroes no dejan jamás de descubrirnos su espantosa soledad, sus frustrados intentos por mejorar su condición humana.Todo esto expresado, sin embargo, con una sutil maestríacon un lenguaje eficaz y nunca desprovisto y un bien dosificado lirismo. « La creación literaria está para mí basada en el principio del iceberg. No debe verse nunca más que un séptimo de lo que está bajo el agua», dijo en una oportunidad nuestro autor, contestando a un entrevistador. Así es como su literatura breve emerge siempre claro-oscura, sugerente.

 Para terminar, y volviendo al relato principal del libro que nos ocupa, John Updike, en un agudo ensayito sobre Borges, arriesga la posibilidad de que La espera, extraordinario y poco difundido relato de El Aleph, no sea sino la respuesta que da Borges a su lectura de Los asesinos. Citamos esta referencia porque, después de todo, que la preceptiva literaria sea capaz de reunir a Borges y Hemingway en una misma búsqueda, siendo ambos escritores tan opuestos en su concepción de la literatura, no nos debe de extrañar. Con lucidez, Updike, al afirmar que «Borges ha creado un episodio de brutalidad criminal más convincente en algunos sentidos que los de Hemingway» al escribir La espera, nos está diciendo implícitamente que en Los asesinos es menos importante el fin al acaecido que la atmósfera que lo preciplúa, aunque luego acote que Borges enriqueció el tema de Los asesinos «con una compasion superior y una atención más aguda al mundo periférico». Pero mientras la resignación ante la muerte en el relato de Borges nos sigue pareciendo un problema de índole metafísica, en Hemingway la misma situación nos indica un callejón sin salida.

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