Un corazón sencillo, de Gustave Flaubert

flaubert

El club “Pasión por el e-book”, después de leer a Zweig y a Twain, sigue su andadura con otra pequeña joya. En este caso, Un corazón simple de Gustave Flaubert, incluido en la colección Tres cuentos. La tertulia será el próximo 3 de febrero (lunes) a las siete y media de la tarde y estáis todos invitados. En la Audacia de Aquiles hay una entrada dedicada al libro. Para abrir boca os invitamos a leer lo que escribía Tamara Toro en el blog Libros de mentira:

Luego de Mujercitas, mi primer libro de largo aliento, estaba hambrienta de nuevas historias. No podía seguir esperando que me compraran otro, así es que me subí a una silla y metí mis pequeñas manos en la biblioteca de mi madre. Encontré arañas y libros de páginas amarillentas. Eran tomos grandes y pesados, imposibles de cargar a esa edad, por lo que escogí un pequeño volumen delgado y plomizo, con un gran corazón rojo dibujado en la portada y un personaje siniestro de gabardina oscura, con la cara cubierta. Me alejé de la estantería y volví a mirar mi robo: Un Coeur Simple/ Gustave Flaubert. Corrí dónde mi abuela y mi nana a preguntarles por qué no me habían enseñado esa palabra tan extraña.

Mi nana, la Mary, no tenía idea de qué podría significar “coeur”. “Debe estar mal escrito”, le dije. ¡Qué razonable a mi corta edad! Como no lo conocía, el francés no existía para mí. “Es un libro de su mamá”, me dijo mi abuela Raquel y me recomendó devolverlo. Volví apesadumbrada, porque a mi mamá no la veía más que los fines de semana y no podía seguir esperando. Lo dejé entre los demás y me fui a jugar con el Tom.

No podía evitar sacar el librito de vez en cuando y admirarlo. Era tan distinto, tan sombrío, tan secreto y prohibido. “Eso es de su mamá”, me volvía a la mente con frecuencia, y la Mary lo repetía. Sé que ella miraba esas páginas con anhelo, lo vi en la expresión de sus ojos cuando limpiaba. Ordenaba la biblioteca a menudo, dejándola tal cual, para que nadie lo notara.

Pasarían varios años antes de conocer a fondo el francés. De hecho, ya no había más Mary. Se había ido cuando cumplí diez años: mi mamá le decía que no tenía vida. Al principio creí que sería difícil vivir sin ella. Mis hermanos también lo vivieron así. Lloramos, la extrañamos, detestamos a las otras. Nadie nos hacía las sopaipillas como ella, nadie freía papas fritas a montones, nadie negociaba con nuestros padres que viéramos tele después de las 8 PM. Un día decidimos no tener más nanas. La última se fue cuando murió mi abuela porque maltrataba a mis hermanos chicos. Pero en la Mary siempre pensamos.

A mis trece años, Madame Maritza entró por la puerta de mi sala de clases y saludó con un sonoro “Bonjour!”. Sus anteojos la hacían lucir severa, terrible, comenzó la enseñanza del francés. Al año siguiente llegó Madame Caroll, y con ella, la relación con los textos se volvió más compleja, debíamos traducir y escribir más y más. Un día volví de clases con ganas de seguir practicando y me encontré nuevamente con el libro plomo y amarillento, con ese corazón gigante y la persona sin rostro con el sobretodo oscuro. Recordé a la Mary. El libro ya era mío, no había quien me recordara que no. Me aventuré y con diccionario en mano, me abrí camino entre esas líneas que un tiempo antes eran letras muertas para mí.

Mme. Caroll nos había enseñado que junto a Honoré de Balzac, Gustave Flaubert era uno de los grandes de las letras francesas. Mi edición de Un Coeur Simple está resumida y adaptada para alumnos. Mi madre lo leyó cuando cursaba tercero medio y las páginas conservan sus apuntes y frases destacadas. Adaptado por Gerardo Hernán Álvarez, sus once capítulos se extienden en 31 páginas, y está supervisado por R. Charó y A. Reboullet, promotores de la cultura gala en nuestro país a través de textos escolares.

El personaje principal se llama Felicidad (Felicité, escribe Flaubert). La describe para nosotros, para que logremos reconocerla y comprobar su estabilidad a lo largo del escrito. La mujer llega a trabajar a una familia modesta, que puede pagarle cien francos anuales por hacer las tareas de la casa. Como toda sirvienta, trabaja sin parar, y su apariencia no cambia. La descripción finaliza “Y, siempre silenciosa, la postura recta y los gestos mesurados, parecía una mujer de madera, quien funcionaba de forma automática” (“Y, toujours silencieuse, la taille droite et les gestes mesurés, elle semblait une femme en bois, qui fonctionnait d’une manière automatique”).

Con este párrafo recuerdo a la Mary. Distaba mucho de ser rígida y moderada, pero era respetuosa. Nos gustaba verla cuando pasaba la virutilla, porque decía que era la forma más fácil de bailar el twist.

¿Será que no siente, Felicidad? ¿Es acaso un mueble? No, como sigue Flaubert. “Había tenido su historia de amor, como todo el mundo” (“Elle avait eu son histoire d’amour, comme tout le monde”) Lo que pasa es que ha sufrido mucho, sólo eso. Pero la Mary había tenido sus novios. Los había llevado a la casa, cuando mis papás salían y se quedaba a cuidarnos. Casi siempre eran muy tímidos.

Mi madre no quería que la Mary envejeciera con nosotros. Felicidad, en cambio, maduró junto a la familia de Mme. Aubain y sus hijos Virginie y Paul en la granja de Geffosses, una pequeña villa al noroeste de Francia. Supongo que la Mary maduró esos 10 años en la casa, viéndonos crecer y lidiando con nuestros cuatros carácteres distintos.

¿Cómo controlaba sus sentimientos hacia nosotros?, ¿cómo no pretender que era nuestra madre de vez en cuando?, ¿cómo no preocuparse cuando tardábamos dos minutos más en volver de clases, cuando enfermábamos o llorábamos? Flaubert me muestra a una mujer esforzada y de carácter recto, pero que sin embargo está plena de emociones que la vinculan profundamente a la familia que la acoge. Es la que permite sobrellevar a mme. Aubain la enfermedad de Virginie y los viajes de Paul.

Felicidad nos regala su último suspiro en el capítulo denominado “La muerte de la sirvienta de gran corazón” (“Mort de la servante aux grand coeur”, capítulo XI). En el caso de la Mary, pasó algo similar, se fue y nunca volvió. Trabajó hasta hace poco en la casa de unos judíos que la explotaban. También se encariñó con ellos, pero un día le dijeron que era una simple nana y se armó pelotera. Pescó su ropa y sus remedios y se volvió a su casa. La vemos de vez en cuando: está flaca y arrugada, de pronto su edad indeterminable se convirtió en los 46 años que representa hoy. Tiene innumerables canas que cubre con tintura color castaño, y los zurcos en su rostro los disimula con cremas activas de día y noche. En mi memoria sobrevive un recuerdo lozano, una carita juvenil, rosada y desbordante de salud, unas manos regordetas que con maestría amasaban harina y otros elementos para convertirlos en pan de huevo, la horquilla de carey que usaba para sujetarse la abundante cabellera desordenada. La Mary cascarrabias y aquejada de mil males en que se ha convertido me es extraña, me perturba. Prefiero recordarla cuando, a hurtadillas, ojeaba los libros de mi madre con una expresión de travesura en la mirada.

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Una respuesta a Un corazón sencillo, de Gustave Flaubert

  1. Lola Vicente dijo:

    Hola, en El País, Gustavo Martín Garzo escribe un artículo en el que hace referencia a “Un corazón sencillo”, que leímos el año pasado: http://elpais.com/elpais/2015/12/18/opinion/1450451163_878919.html

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