La explosión de los mangos, de Mohammed Hanif

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Sobre la novela “La explosión de los mango”, de Mohammed Hanif no hay demasiadas reseñas. Es posible encontrar una en el blog Libros y viajes. También en El ojo crítico. Por su parte, esto es lo que escribió Inmaculada López Molina en El imparcial.

Mohammed Hanif, piloto del ejército pakistaní antes que periodista, ha obtenido con su primera novela, La explosión de los mangos, un merecido reconocimiento en varios continentes. En ella, Hanif hace despliegue de un excepcional talento al relatar, mediante el sarcasmo, la crueldad, y tornarla soportable —y también triste y divertida—. Es a partir del suceso histórico de la muerte del general Zia-ul-Haq (1988), de otros cabecillas de la armada pakistaní y del embajador norteamericano en un accidente aéreo como el protagonista, militar oficial, describe su supuesta participación en el tétrico acontecimiento, después de ser el único que, habiendo subido al funesto avión, vive para contarlo.

Alí Shigri, atraído por lo poético de ser castigado antes de cometer un delito, o quizá, al más puro estilo kafkiano, sin haberlo cometido —o por ello mismo—, relata la detención y torturas que, entre conspiraciones, sufrió durante los meses anteriores al siniestro. Simultáneamente al periplo de creciente dureza por el que es conducido, se enfrenta al enigma que rodeó la muerte de su padre, el comandante Shigri, así como a detalles un tanto vergonzosos de la vida de aquél: es el viaje que Alí recorre para aceptar su controvertida identidad. Paralelamente, el dictador integrista inició el trayecto hacia el día de su muerte cuando el versículo del Corán que decía “he sido de los impíos” se trastabilló en su cerebro. El oficial Alí o Zía y sus aledaños, no son tan distintos: uno y otros observan la hostilidad del mundo a través de “estrechas” limusinas o desde el avión donde celebran su “fiesta de los mangos”…

La arriesgada estructura de esta crónica existencial y política, ocasionalmente compleja, que zigzaguea en el tiempo, mientras el personaje principal juega con la primera persona y el narrador omnisciente refleja los desvaríos del déspota, resulta sugestiva e innovadora. En cuanto al estilo y su comprometida temática, homenajea al “realismo mágico” y continúa con su estela en fascinante maridaje con el laberinto kafkiano.

Por Inmaculada López Molina

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