El abuelo, de Benito Pérez Galdós

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La última sesión del club “Pasión por el e-book” será el primer lunes de junio a las 19,30 sobre El abuelo de Benito Pérez Galdós.Una obra que se ha llevado en varias ocasiones al teatro y al cine

Este es el dossier que nos ha enviado Sophy Villegas (coordinadora del club):

El abuelo (1897) es novela dialogada en cinco jornadas. El tremendo don Rodrigo de Arista-Potestad, conde de Albrit, sufre al saber que una de sus nietas no desciende de su difunto hijo. Su mal carácter le aparta de su nuera y de sus antiguos criados, a quienes hizo dueños de la casa. El viejo escapa del convento en que lo encierran. Averigua que Dolly es la nieta espúrea, frente a Nell; pero ésta lo abandona, mientras aquélla vivirá con él, borrando sus proyectos de suicidio con don Pío, infeliz maestro de las niñas.

Galdós ingresa en la R.A.E. Sus discursos leídos ante la Real Academia Española trataban de La sociedad presente como materia novelable (1897): insiste en que la novela debe “reproducir… lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea”. Lo contestaría Menéndez y Pelayo.

EL REALISMO

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, estalla la polémica sobre el realismo, movimiento que busca una mímesis de naturaleza y sociedad en la novela.

La revista francesa Le Réalisme (1856), dirigida por Champfleury y Duranty, guía este movimiento, basado en la conciencia histórica de injusticia social, en la revolución industrial y científica y en una crítica del cristianismo y de la monarquía, factores desencadenantes del rechazo que sufrió.

Su mentor fue el francés Honoré de Balzac (1799-1850). En España lo defiende el krausista Manuel de la Revilla y lo desarrolla Benito Pérez Galdós
BENITO PÉREZ GALDÓS

En Las Palmas de Gran Canaria nació el maestro Benito Pérez Galdós (1843-1920). Fue, de niño tímido e introvertido, dotado para las Bellas Artes y destacado en la Exposición provincial de 1862. Pintó acuarelas y caricaturas, y trató a varios pintores de su época.
Desde 1861 escribe relatos breves, como Una industria que vive de la muerte (1865) sobre el cólera de aquel año.

En 1862 estudia derecho en Madrid, aunque pronto prefiere el periodismo. En París, en 1867, decide sus modelos literarios: Balzac (1799-1850), Dickens (1812-1870) y Cervantes (1547-1616).
Queda algún relato de estos años: La conjuración de las palabras (1868), rebelión de las categorías gramaticales y de libros de mayor envergadura. Lo recogió en Torquemada en la hoguera (1889).

Galdós en los comienzos de su carrera
De sus inicios literarios son las Observaciones sobre la novela contemporánea en España (1870), defensa de la novela realista: denuncia la falta de observación del español, idealista desaforado que prefiere desatinados modelos extranjeros. Da protagonismo a la clase media española y propone el castigat ridendo: una crítica amable que divierta y corrija los defectos.

Citas sobre Galdós IPublicado el 31 enero, 2013 por Galdós digital
“Galdós, generalmente, no profundiza en la vaga idealidad, sino en la vida social y en la moral, pareciéndose en esto último a muchos grandes escritores ingleses, que por cierto él estima grandemente. Los Episodios Nacionales fueron populares en seguida, porque, si no en los primores del arte que hay en muchos de ellos, en lo principal de su idea y en las brillantes, interesantísimas cualidades de su forma pudieron ser comprendidos y sentidos por el pueblo español en masa. Galdós no debe su popularidad a las vergonzosas transacciones con el mal gusto, sino al vigor de su talento, a la claridad, franqueza y sentido práctico y de justicia que revelan sus obras. En muchas de éstas hay mucho más de lo que puede ver un lector distraído, de pocos alcances en reflexión y en gusto; pero en todas hay, además, ese gran realismo del pueblo, esa feliz concordancia con lo sano y lo noble del espíritu público, que, lejos de ser una abdicación del artista verdadero, es señal de que pertenece su genio a las más altas regiones del arte, que es de aquellos que la historia consagra, porque, sin dejar de ser grandes solitarios cuando suben á las cumbres misteriosas del Sinaí de la poesía, bajan también como el Moisés de la Biblia, a comunicar con el pueblo y a revelarle la presencia de los Eloim, que han sentido en las alturas.” (Leopoldo Alas, «Clarín»: en Galdós, Madrid, 1912, página 26.)
«Don Benito Pérez Galdós, en suma, ha contribuido a crear la conciencia nacional; ha hecho vivir España con sus ciudades, sus pueblos, sus paisajes, sus monumentos. Cuando pasen los años, cuando transcurra el tiempo, se verá lo que España debe a tres escritores de esta época: a Menéndez y Pelayo, a Joaquín Costa y, a Pérez Galdós. El trabajo de aglutinación espiritual, de formación de una unidad ideal española, es idéntico, convergente, en estos tres grandes cerebros. La nueva generación de escritores debe a Galdós todo lo más íntimo y profundo de su ser: ha nacido y se ha desenvuelto en un medio intelectual creado por el novelista. Ha habido desde Galdós hasta ahora, y con relación a todo lo anterior a 1870, un intenso esfuerzo de acercamiento a la realidad; comparad, por ejemplo, una novela de Alarcón con otra de Pío Baraja. Se han acercado más a la realidad los nuevos escritores y han impregnado, a la vez, su realismo de un anhelo de espiritualidad… Galdós, como hemos dicho, ha hecho la obra de revelar España a los españoles. Abrid sus libros; ahí está en primer término Madrid, con su pequeña burguesía vergonzante; con su comercio de la calle de Postas y de la plaza de Santa Cruz, comercio clásico, restos de una época ya casi desaparecida; los intereses de esas casas de huéspedes; las tertulias de los Cafés; los ministerios y oficinas; Villamil, el infeliz, el bueno, el desgraciado; el amigo Manso; Manolo Infante; la de Fringas; Orozco, el grande, el magnánimo; los estrafalarios Babeles; Pepe Rey, víctima de un atroz fanatismo… Ahí está en el segundo volumen de Ángel Guerra, retratado Toledo, con sus callejuelas enrevesadas y pinas; sus comentos de monjas, con sus huertos, en que crecen cipreses y rosales; sus sosegadas iglesias de cuyos muros enjalbegados con nítida cal, penden cuadros del Greco—que allí y no en los fríos museos— tienen toda su vida; las posadas, como la de Santa Clara, la Sangre, la Sillería, con sus trajinantes y cosarios, que vienen y van a Illán, Illescas, Cebolla, Torrijas, Escalona; el Tajo, hondo y torvo; los cigarrales lejanos, en que la vegetación es melancólica, sin frondosidad; el terruño, apretado y seco… Galdós, en más de cien volúmenes, ha trabajado para que despierte España y adquiera conciencia de sí misma.» («Azorín»: Lecturas españolas.)
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/benito-prez-galds–la-novela-tendenciosa-de-fin-de-siglo-realidad-ngel-guerra-nazarn-halma-misericordia-el-abuelo-0/html/01fa5444-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#PagFin
Extracto…..Bien se sabe también que El Abuelo, obra curiosamente denominada novela dialogada, además de no pocas semejanzas con la comedia tradicional y aun con el entremés, como hemos sugerido, repercute de modo evidente el ambiente norteño, la estructura dramática y el patrón, por lo menos, de cuatro personajes (Albrit, don Pío, las niñas) de El Rey Lear. Las andanzas por todo el Oriente Medio de Catalina, esposa y después viuda de un conde alemán, son un eco de la novela bizantina y más precisamente del Persiles. Varias escenas de Misericordia (la última, por ejemplo) parecen revitalizaciones de escenas similares de los Evangelios.
No es nuestra intención hacer aquí un estudio exhaustivo de la utilización de lo literario en las novelas que nos interesan; los ejemplos dados, por lo demás más o menos conocidos, bastan para sacar la conclusión que la realidad observable, la «realidad contemporánea», no es la única «materia novelable» y que la realidad observada y representada está envuelta, compenetrada o peor aun (peor para la representación realista) puesta en perspectiva por la realidad literaria. Veremos que no es un juego o, si lo es, no es un juego inocente.
Fijémonos antes sobre el proceso de simbolización qué puede ser también una manera de escapar de la realidad inmediata, al atribuirle a ésta una significación superior abstracta más o menos subjetiva. Los ejemplos son muy numerosos, tanto más que algunas simbolizaciones interfieren con elementos literarios aludidos en el párrafo anterior, y cada uno merecería un análisis minucioso. Veamos algunos, de distinta naturaleza y calidad. Para impedir que la ínsula de Pedralba escape a los poderes constituidos, se presentan un buen día a la puerta del castillo, el cura del pueblo, don Remigio, el científico, Laínez, y el administrador de la provincia y cada uno habla el lenguaje adecuado a su función… (Pérez Galdós [1895b]; 1943, pp. 196-201). Aquí se trata de un símbolo eficaz, pues basta una escena para revelar las motivaciones de los tres poderes. Los hay más sutiles, multivalentes, como cuando Benina le contesta a Juliana (y son las últimas palabras de la novela): «Yo no soy santa […] No llores… Y ahora vete a tu casa y no vuelvas a pecar». ¿No son Nazarín y Benina símbolos de Cristo redivivo, a través de los cuales remontamos hasta la figura del redentor? ¿No es todo un símbolo esa lucecita de la santidad de Benina arrinconada en la oscuridad de los barrios de la miseria? ¿Y no es, como han sugerido varios estudiosos, la trayectoria biográfica de Ángel Guerra la representación simbólica de la historia de la España progresista, alienada por el autoritarismo (materno) tradicional, que intenta romper el vasallaje acudiendo primero a la revolución y después refugiándose en una auténtica religión de caridad y amor?

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