Los peces no cierran los ojos, de Erri de Luca

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Con la última obra publicada en castellano de Erri de Luca nos despediremos en el club de lectura de los jueves hasta después del verano. Para empezar os proponemos la noticia de La Vanguardia sobre la aparición de Los peces no cierran los ojos, la entrevista que le hicieron en ABC. También os recomendamos el blog de Rafael Narbona. Y por supuesto Lo que publicó El País y El Cultural.

En Revista de Letras Jordi Corominas publicó una reseña titulada Recuperar el verano, no olvidar

Finalmente, esto es lo que escribió Javier Fernández de Castro en su blog:

Aparentemente, la voz narradora es la de un niño de diez años, pero en modo alguno es una novela de aprendizaje. En todo caso sería un aprendizaje a posteriori y me explico. El autor, Erri De Luca, no pretende en ningún momento remedar el habla, los sentimientos o los anhelos de un niño pequeño. Como él mismo dice al respecto (p. 22) “Me arrimo a través de la escritura a mi yo de hace cincuenta años, para un jubileo privado mío”. Jubileo, aquí, equivale a revisitación, reexamen, constatación de algo que ya forma parte de lo más profundo de uno mismo y que se aprendió entonces, a los diez años.

El narrador, como tantos otros  niños, tiene padres, asiste a un colegio, convive con  amigos /enemigos y atesora el recuerdo de un verano fundacional  en una de las islas fronteras a Nápoles (casi con toda seguridad Prócida) en compañía de su madre y una hermana más pequeña. El padre, hijo a su vez de una norteamericana que se afincó en Nápoles y ya nunca más quiso volver a su país, siempre ha deseado emigrar a la patria ancestral. Pero su mujer, la madre del narrador, es una napolitana de rompe y rasga y no ve qué necesidad tiene de aislarse de su entorno y dejar su vida para enterrarse en un país desconocido. “Ve tú”, le dice al esposo y padre, “y yo te espero aquí con los niños”. Resultado: el padre, que incluso había encontrado ya un trabajo en América, opta por regresar a Nápoles y no salir nunca más de allí. Veredicto del narrador acerca de su padre: “El suyo fue un exilio sin viaje”.   Esa meticulosa concisión del lenguaje es uno de los muchos atractivos de leer a Erri De Luca, del que voy a tomar prestados  un par de ejemplos más.  Por estar situados uno frente al otro, el instituto de chicos y el de chicas eran testigos diarios de cómo a la salida de clase se producía  la clásica y conflictiva mezcla de ambas clientelas. Definición del narrador: “Masculino y femenino exasperaban sus diferencias para gustarse”.   Y la hermana, que era un auténtico torbellino, inducía al narrador a participar en toda clase de juegos pero fundamentalmente unos partidos de fútbol en los que valían los empujones, pellizcos, chillidos y puntapiés. Más tarde pasaría a otros juegos en los que ella ponía a prueba su talento para buscar los ángulos,  unos tiros que partían desde el instinto de geometría. Veredicto del narrador: esa geometría  se ponía en práctica “con estilo, que es una levedad en el  esfuerzo”.

Obviamente, sería ridículo atribuir a un niño de diez años una definición del estilo como una levedad en el esfuerzo, ver en la estancia forzosa del padre en Nápoles un exilio sin viaje o en los patosos esfuerzos de aproximación entre chicos y chicas una (lamentable) exhibición de lo masculino y lo femenino, cada cual en lo suyo. Donde mejor se ve la intención última del autor al revisitar la infancia es en la relación con Ella, siempre descrita o nombrada como “una chica del norte” porque Erri De Luca, cincuenta años después, recuerda casi segundo a segundo  la impresión (en el sentido de incisión, marca indeleble) que dejó ella en él, aunque por desgracia no recuerda su nombre ni, caso de encontrársela ahora, está seguro de ir a reconocerla.

Pero aquel encuentro de verano, descrito con extraordinaria delicadeza, es lo que permite hoy al  auténtico narrador saber de lo que habla cuando hace referencia a sus sentimientos. Y no puedo resistir la tentación de acudir una vez más al texto, pues lo dice infinitamente mejor de lo que pueda hacerlo yo. Se refiere al momento en que, al cabo de una larga y dolorosa pero también estimulante peripecia, esa chica del norte que al día siguiente se marchará para siempre, le besa en los labios. Para  la primigenia pareja humana, dice el narrador, la primera noche, desconocida, les pareció a ellos el resto del día primero, desmigajado en puntitos de luz. No sabían si regresaría el  sol, de modo que se abrazaron. “Sé de esa primera vez porque tuve yo también aquella hora en la boca, en un instante idéntico al de ellos, sobre una arena de playa, con el cielo descubierto sobre la cabeza”.

De entrada, saber que Los peces no cierran los ojos es un texto en el que se narran las peripecias veraniegas de un niño de diez años da una cierta pereza.  Otra vez, piensa el presunto lector mientras ojea el libro en la librería. Pero si lo vuelve a depositar  en el montón correspondiente se equivocará  lamentablemente. Y demostrará una  también lamentable falta de confianza en Erri De Luca, uno de los escritores más interesantes y, con toda justicia, más exitosos del panorama italiano actual.

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