La escopeta nacional de Luis García Berlanga

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La película que se comentó en el club de cine en diciembre (elegida y presentada por Isabel Álvarez) fue La escopeta nacional, de Luis García Berlanga. Nos dio pie para hablar naturalmente de la corrupción, para ver los paralelismos con el momento que estamos viviendo actualmente, sobre el cambio que ha habido en el rol de las mujeres, en la importancia de la religión, etc.

Como siempre en Filmaffinity hay mucha información sobre la película.

De Joaquín Vallet es la siguiente reseña:

La escopeta nacional es la primera obra de Berlanga realizada después de la muerte de Franco y el regreso del cineasta a su vena más crítica tras el paréntesis en Francia con Tamaño natural. La película surge, según el propio director, a partir de una anécdota acaecida en una de las cacerías organizadas por el dictador. En ella, Manuel Fraga Iribarne disparó su escopeta, accidentalmente, en las nalgas de la hija del generalísimo. Temeroso y creyendo que sería fusilado por ello, corrió a esconderse en lo más apartado del lugar, donde fue encontrado por Franco quien no concedió excesiva importancia al incidente. De este hecho poco queda en el film (salvo, quizá, en el personaje de Amparo Soler Leal, tuerta a causa de un disparo del hijo del marqués), pero sirvió a Berlanga para confeccionar una de sus obras más ácidas y agresivas. Una diatriba brutal contra las más altas esferas del gobierno franquista, en la que Berlanga expone, con una contundencia impresionante, un mosaico de personajes que hacen de la hipocresía, el ansia de poder y la obsesión por el sexo sus más enraizadas características.

La nobleza es el telón de fondo en el que la historia (poderosísima en su pasmosa sencillez) se desenvuelve. Simbolizada en los Leguineche, ésta familia de rijosos, destrozada por sus propios excesos y totalmente desquiciada en sus ansias por mantenerse en una posición ya de todo punto caduca, se contrapone a una burguesía monolítica, deseosa de integrarse, mediante el capital, en un mundo que únicamente conoce la depredación como modo conductivo. De hecho, la constante ida y venida de los personajes, el desarrollo de sus relaciones, los cambios ideológicos que Jaime (extraordinario José Sazatornil) ha de efectuar para encasquetar sus porteros automáticos y que resultan una significativa muestra de las distintas “familias” que se disputaban los ministerios en los últimos estertores del franquismo, se exhiben desde la más extrema corrosividad, mostrando a un Berlanga deseoso de poner los puntos sobre las íes. Incidiendo en elementos escatológicos y en situaciones de todo punto esperpénticas, el valenciano desgrana la condición de estos personajes sacando a la luz todas sus miserias, reduciéndolos al más insignificante estadio moral. De hecho, la utilización del plano secuencia adquiere, en este caso, un cariz totalmente simbólico. Lejos de significar la constatación de un estilo, el hecho de que el cineasta agrupe en su puesta en escena al mayor número de personajes posible, no hace sino extender su crítica a todos y cada uno de los seres que pululan por el film. A diferencia de Plácido o El verdugo, no hay un sólo personaje positivo en La escopeta nacional, ni siquiera el que a priori puede servir de “identificación” al espectador, Jaime Canivell, deseoso de aprovecharse de una coyuntura que potencia el amiguismo y el tráfico de influencias para lograr sus proyectos. El discurso de Berlanga, por consiguiente, se torna mucho más desencantado que en el resto de sus films no logrando encontrar un mínimo atisbo positivo en el universo que representa. Éste, quizá, ha sido uno de los elementos que se han echado en falta en las dos secuelas que siguieron al éxito del film, Patrimonio nacional y Nacional III, el hecho de mostrar ciertos rasgos de humanidad en unos personajes, los Leguineche, que en esta primera cinta no son sino crápulas perdidos en su propio status.

Sin ningún género de dudas, es en La escopeta nacional donde las intencionalidades de Berlanga quedan más definidas y se alejan de la dispersión de las dos piezas restantes (a pesar de ser obras notables, todo hay que decirlo). En parte, gracias a un prodigioso trabajo de dirección, quizá el más logrado del valenciano junto al de Plácido, y a un conjunto de actores verdaderamente sensacional en el que todos alcanzan cotas de auténtico virtuosismo interpretativo. Una obra maestra absoluta colocada, por derecho propio, entre lo más brillante de la Historia del Cine Español.

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