El primer hombre, de Albert Camus

Camus

Para conocer un poco mejor al autor, quizás se puede empezar leyendo esta especie de alfabeto de Winston Manrique

En el blog biblioteca solidaria también hay un comentario.

Sobre El primer hombre (el libro de Albert Camus que leeremos y comentaremos durante este trimestre) escribre Juan Cruz en El País:

Quizá sea El primer hombre (Tusquets Editores, traducción de Beatriz de Moura, 1994) el libro más entrañado, más abiertamente sentimental de Albert Camus, mientras que La caída (Alianza Editorial, traducción de Manuel de Lope, edición de 2012) es quizá uno de los más duros, de los más despiadados.

Es natural. El primer hombre es el regreso de Camus a lo más esencial de su infancia, al descubrimiento de la vida y de la gente, al reconocimiento de la fortaleza y la dignidad de los pobres, al encuentro con lo más puro de esa edad: la madre y el maestro. Mientras que La caída es un monólogo abrupto, cabreado, sobre la justicia y, sobre todo, contra la injusticia. En este último libro domina el cinismo, la paradoja, y en el otro la ternura lo desborda hasta extremos que parece que ahí en lugar de Camus escribe Albert, el Camus que se está haciendo, que en la novela se llama Jacques Cormery.

Los dos libros están marcados por el tiempo, y ahora también se leen con el tiempo encima, como una sombra pero también como un amparo. La caída fue publicado en 1956, en la Europa del desencanto; después de la guerra mundial y de la reconstrucción que la siguió, las instituciones empezaron a formalizar su desapego de lo que debería ser más propio de sus oficios, la defensa de la rectitud y de lo público. La justicia ya estaba siendo gravemente lesionada en esas funciones principales, que fueron obsesivas para Camus, y el escritor monta este monólogo, una ficción, como un alegato sobre la naturaleza humana, sobre los abogados y sobre los jueces. Y sobre la política: “´Nuestros guías, nuestros jefes deliciosamente severos, ¡oh líderes crueles y bienamados…`. En fin, como usted puede ver, lo esencial es no ser libre y obedecer con arrepentimiento a alguien más pícaro que uno mismo. Cuando todos seamos culpables, entonces viviremos en democracia”.

Me dijo alguien, cuando le comenté que estaba leyendo La caída en esta traducción de De Lope, que esta novela breve debería leerse en todos los juzgados de España. Es aquí donde escribe Camus esa frase que ahora forma parte de su ideario de piedra: “Cuando se ha meditado largamente sobre el hombre, por oficio o por vocación, se llega a sentir cierta nostalgia por los primates. Ellos no tienen segundas intenciones”.

En cuanto a El primer hombre, fue escrita por Camus en el último periodo de su vida, y el manuscrito (144 páginas “escritas al correr de la pluma”, como dice la hija del escritor, Catherine) fue hallado junto a su cuerpo cuando el Nobel sufrió el accidente que le costó la vida volviendo a París el 4 de enero de 1960. “Al correr de la pluma”. Hay en esa frase de Catherine Camus no sólo una descripción de lo que se percibe por fuera de El primer hombre; es que por dentro del libro mismo hay como una urgencia camusiana por dejar para la historia lo más importante de su vida: su niñez, su formación, la comprobación pública, tantos años después, de quienes fueron sus verdaderos maestros.

Aunque su abuela fue la que llevó en su primera existencia el amparo de su indigencia, la que lo llevó a la escuela, la que lo manejó, siempre está la madre (una analfabeta menorquina cuyo marido muere en seguida en la primera guerra) como conmovedora mano a la que recurría de chico y a la que él adoraba hasta los extremos (escritos aquí) que sólo un hijo puede decir de su madre sin que la sublimación no alcance los extremos literarios de lo sensible.

Y está el maestro, Germain, que en el libro aparece con un nombre supuesto y a veces con su verdadero nombre; fue quien creyó en él, quien lo apoyó para que fuera el escritor que sería más tarde; es muy conmovedora la escena de su reencuentro en París, muchos años después, cuando el maestro es soldado de la guerra mundial y ambos luchan en el mismo bando, contra Hitler. El libro entero está marcado por una descripción sentimental que ya estaba en El revés y el derecho (Alianza Editorial), uno de los pequeños grandes libros de Camus, y que aquí está dicha así, en la traducción de Beatriz de Moura. Allí, en ese librito, escribe Camus: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Aquí, en El primer hombre, Camus evoca el carácter de su madre, resultado de años de fatiga, “al servicio de los demás, los suelos lavados de rodillas, la vida sin hombre y sin consuelo entre los restos engrasados y la ropa sucia de los otros, los largos días de faena acumulados de una existencia que, a fuerza de estar privada de esperanza, había perdido todo resentimiento, una vida ignorante, obstinada, resignada a todos los sufrimientos, tanto los suyos como los ajenos”.

Es impresionante ver cómo se convierte El primer hombre en el resumen de una vida, la de Camus, como si en la infancia estuviera todo lo que luego lo condujo a ser el autor de El extranjero o de La peste, un hombre perplejo ante la naturaleza humana, pero agradecido a ésta por haberle dado a conocer las figuras que lo instruyeron en la nobleza mayor de la vida, la madre y el maestro.

Volver a estos libros, como volver a Camus, es regresar a lo que nos hizo leer, a lo que me hizo leer desde que era un muchacho. Y he querido aquí rendir tributo a ese autor y a ese tiempo. Por eso volví a él en este tiempo de agosto que ahora acabo precisamente en la tierra donde lo leí por primera vez, subrayando entonces aquella frase de El extranjero: “Comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz”.

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