La cuerda rota, de Pablo Antoñana

Antoñana

Con La cuerda rota tendremos ocasión por primera vez en nuestros clubes de lectura de adentrarnos  y comentar una obra de Pablo Antoñana, sin duda uno de los escritores navarros más notables de finales del siglo XX. Siempre se ha tenido la sensación de que fue un autor que no consiguió la proyección que habría merecido. Miguel Sánchez Ostiz ha reconocido su deuda con el autor de Viana en más de una ocasión y algunos críticos como Rafael Conte siempre lo tuvieron en muy alta consideración. Rafael Castellano escribió esta necrológica cuando falleció Antoñana y Fernando Valls escribió en su blog

Ha fallecido, a los 81 años, el escritor navarro Pablo Antoñana (1927), quien había obtenido el premio Príncipe de Viana en el 2006. Hoy comenta la prensa que vivió entre depresiones, obsesionado con la muerte. Su abuela Margarita había trabajado como criada en la casa del escritor Francisco Navarro Villoslada, el autor de Amaya o los vascos del siglo VIII, aunque luego se casó con el administrador de las tierras del escritor carlista. Sus amargos recuerdos de infancia lo marcaron para siempre. Su padre era maestro y tuvo que emigrar a Guinea Ecuatorial porque el sueldo de funcionario no daba entonces para vivir. En Viana dejó a su mujer y su hijo Pablo, recién nacido, para reencontrarse con ellos cinco años después. En Zaragoza cursó Derecho y comenzó a interesarse por la literatura. Y allí fue donde conoció a José María Aguirre, poeta, crítico de arte y literario, con quien fundó la revista Almenara. En 1953 consiguió plaza como secretario de ayuntamiento, hasta que se jubiló en 1988, no sin haber intentado antes vivir como corrector de pruebas en la editorial Salvat.
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Lo había leído en ediciones de Pamiela, de los primeros ochenta, incitado por el escritor Miguel Sánchez-Ostiz y el profesor y crítico José Luis Martín Nogales. Una noche, en Pamplona, compartí una cena con Martín Nogales y con Antoñana, hace ya un buen puñado de años. Se presentó con su inseparable boina y me pareció un hombre barojiano, algo hosco y distante, más que extraño, singular, muy suyo, pero con un fondo entrañable, que se tomaba muy en serio su obra literaria y se mostraba muy crítico con el funcionamiento del mundo. Se expresaba con sinceridad, sin dobleces, y tenía pocas esperanzas de que su literatura pudiera interesar a los lectores. Pero era, sobre todo, un escritor notable, a quien no se le prestó la atención que merecía, quizá porque no supo hacer amigos, ni subirse al carro de las generaciones o capillitas. Aun así, obtuvo el Premio Sésamo de novela corta, con No estamos solos (1961), y fue finalista del Nadal con La cuerda rota (1961). Ha sido un buen articulista, de lo que parece buena prueba la serie Las tierras y los hombres, publicada entre 1962 y 1977 en el Diario de Navarra, periódico en el que colaboró como columnista semanal entre 1998 y 2003. Pero también cultivó el cuento y el microrrelato, género del que ofrecemos una muestra no demasiado conocida. ¿Pero qué libro suyo puedo recomendaros que se encuentre en las librerías? En la respuesta a esta pregunta quizás estribe el quid del asunto. Escribe hoy Sánchez-Ostiz sobre el gran escritor que ha sido Pablo Antoñana, acerca de su independencia, de que fue, en suma, un hombre decente. De muy pocos, me parece, podrá decirse lo mismo.

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———“Levantamiento del cadáver”
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Aquel andarín solitario cuando el atardecer de un día de octubre vislumbra, entrevé, enterrado en dulces sombras por los hondones del acantilado, allá el mar, allá un barco quieto, allá la caligrafía de aves dibujadas, algo que semeja el cadáver de anciano vestido de chaqué, peluquín, sombrero y botines de cuero. Viaje al cuartelillo de la guardia civil, el sargento y dos números, cartucherín, bigotes de caracol, caballo, marchen ar y ya están al rescate del cadáver del viejito que no tiene rostro, está de costado, pero sí sombrero, sí guantes, sí chaqué, sí peluquín, cuatro horas de ahínco y ya el supuesto muerto asesinado se quitó la vida o perdió pie cuando el paseo o… Corrillo de expectación, despejen o los enhebro en el sable, pero no hubo ocasión pues como dejó constancia con letra escolar, pulcra y limpia, de primor, en papel de barba el sargento del puesto que firma y rubrica resultó ser un maniquí de los Almacenes El Siglo, echado a la mar como cosa ya desbaratada por el cansancio del uso.

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