No encuentro mi cara en el espejo, de Fulgencio Argüelles

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Como fiesta de fin de curso, este año, nos hace ilusión ir a pasar un fin de semana de junio a visitar a Fulgencio Argüelles, a mantner una tertulia con él y a conocer los escenarios de sus novelas. De momento todos los grupos de lectura iremos leyendo y comentando su última obra –No encuentro mi cara en el espejo-. Os invitamos a leer algunas reseñas, como la publicada por J. Ernesto Ayala-Dip en El País o la de Ricardo Senabre en El cultural

Miguel Rojo publicó en El Comercio esta entrevista:

Fulgencio Argüelles nació en la pequeña aldea allerana de Uriés, en aquel 1955 en el que Sánchez Ferlosio publicaba ‘El Jarama’, y hasta allí parece regresar, envuelto en niebla y en palabras, cada vez que una novela suya sale de la imprenta. Desde ayer está a la venta ‘No encuentro mi cara en el espejo’, publicada por Acantilado.

Nueva novela y además con Acantilado. ¿Qué sensaciones le produce?

El momento de la escritura es como un largo embarazo, hay incomodidades, dudas, pero muchos momentos de esperanza. La publicación es el parto, aquello que se gestó durante meses salen por fin a la luz. Alivio, ilusión y también algo de vergüenza, porque todo aquello que en soledad imaginaste y creaste ahora sale a la luz.

¿Qué se va a encontrar el lector que abra las tapas de ‘No encuentro mi cara en el espejo’?

Una historia entretenida, pienso yo, sobre la amistad, sobre las diferentes maneras de manifestarse que tiene el amor, sobre la desesperanza y también sobre la ilusión del cambio, sobre la absurdidad de la guerra, una historia de vida y muerte, de tedio, de incomprensión. Una vez más recurro a la ‘Literatura del sentimiento’, sin despegarme de la tierra, y aprovecho para volver a plantear las preguntas de siempre. Entre otras cosas, el poder de la conversación. Conversando todo es posible, hasta evitar una guerra.

Un pequeño pueblo minero, Peñafonte, al inicio de la guerra civil española y la lluvia, siempre la lluvia. Asturias parece estar siempre impregnando la historia.

Cuando terminé ‘Letanías de lluvia’, en 1992, ya pensé en esta novela. Me apetecía seguir utilizando aquel paisaje literario creado con mucha ilusión y con mucho esfuerzo. Fui anotando cosas, imaginando nuevos personajes y componiendo nuevas situaciones. Fui escribiendo algunas páginas, aunque fue en estos tres últimos años donde de manera intensiva y definitiva escribí la novela. No es una novela al uso sobre la guerra civil, pero la guerra está al fondo y sirve para mostrar de una manera más evidente la condición humana.

¿Se han curado todas las heridas abiertas desde entonces? ¿En qué hemos cambiado?

La especie humana tarda en aprender, de hecho no aprende. Continúan las guerras, la intransigencia, los fanatismos… Parece que cada vez hay que empezar de nuevo. Hemos perdido frescura, naturalidad, honradez. Hemos mantenido e incluso reforzado el egoísmo. Estamos más informados, pero nos ignoramos mucho más unos a otros. Podemos ser igual de crueles, estamos igual de ciegos ante nuestra inevitable finitud.

Además hay una prosa cuidada y un gran interés por el uso del lenguaje. Hay quien lo describe como ‘realismo poético’. ¿Le gusta esa definición?

Sí, porque está dicha con buena voluntad. Para mí la forma, el envoltorio es esencial. No basta con regalar una historia, hay que envolverla, llenarla de colores, de música, de brisa o de lluvia o de luz, hay que explotar al máximo esta maravillosa lengua que tenemos, llena de posibilidades y de palabras hermosas. Eso es la literatura. Literatura no es el prospecto de un medicamento o las instruciones de un electrodoméstico.

¿Se puede vivir hoy en día de publicar novelas? ¿Cómo ve el panorama literario actual?

Muy difícil. No hay apoyo a los creadores en ninguna de las parcelas del arte. Al sistema no le interesan los artistas ni los filósofos ni los literatos. Le interesa un pensamiento cuanto más único mejor porque resulta más fácil de manejar. La creación es subversión, supone comportamientos imprevistos y eso no interesa, por eso se ponen constantes impedimentos al desarrollo de la cultura. Los autores estamos desprotegidos, ninguneados. Mucha gente lee libros y no sabe ni le importan quién lo haya escrito y si puede descargarlo gratis o fotocopiarlo, mejor. En nuestra sociedad actual no se valora la creación. Quienes de verdad la valoran son ya un reducto, pero sin duda son personas más íntegras y más felices. Por estas pocas personas merece la pena seguir creando.

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