Relatos de Henry James

james02

La tertulia del club “Pasión por los clásicos, pasión por el e-book” tendrá lugar el primer lunes de mayo (el 4) a las siete y media de la tarde. Los relatos que comentaremos esta vez  son los siguientes, todos ellos de Henry James: Owen Wingrave, La lección del maestro, La vida privada y Los amigos de los amigos.

Sobre Henry James, os recomendamos echar un vistazo a esta página, y leer el artículo que Andreu Jaume escribió en La Vanguardia:

T.S. Eliot solía citar a menudo una frase de Henry James según la cual sólo un americano puede realmente convertirse en europeo, una idea que resume el difícil proceso biográfico y artístico por el que el novelista estadounidense huyó de su país y se adentró en la densidad histórica y social del viejo continente, un viaje muy parecido al que emprendería el propio Eliot en 1914, cuando el anciano James vivía sus últimas horas en el Londres de la Primera Guerra Mundial, donde moriría en 1916 convertido en súbdito británico y laureado con la prestigiosa Orden del Mérito. James y Eliot, además, utilizaron su filiación europea para revolucionar la literatura anglosajona, de un modo tan intenso que las réplicas de aquel seísmo aún se dejan oír en nuestros días. Por decirlo de un modo rotundo, James destruyó la novela del diecinueve y la preparó para recibir las distorsiones del veinte, mientras que Eliot logró alumbrar una nueva y radical poesía con las ruinas de la tradición europea.

Hay en la primera planta de la National Portrait Gallery, en Londres, un retrato de Henry James, pintado en 1913 por John Singer Sargent, otro expatriado norteamericano. Lo primero que llama la atención en el óleo -y que paraliza al visitante desprevenido- es la mirada, a un tiempo reticente y penetrante, tensada por el gesto altivo y la tiesura de los labios, transida de distancia y conocimiento, de una turbadora e inclemente intimidad con lo que observa. Quizá ese cuadro sea la mejor explicación plástica que se ha dado del mundo del escritor. En muchos aspectos, la mirada de James sobre Europa es pionera de un modo de ver y de sentir, de pensar la historia y la sociedad y, sobre todo, de analizar las relaciones entre americanos y europeos. Todo lo que se ha escrito después al respecto sigue siendo, de algún modo, deudor de esos inquietantes ojos.

Henry James nació en una familia neoyorquina de origen irlandés, algo venida a menos. Su padre sentía ya una particular y nostálgica fascinación por Europa, por lo que muy pronto acostumbró a su familia (James era el segundo de cinco hermanos y el mayor, William, llegó a ser un prestigioso filósofo y psicólogo) a cruzar el Atlántico y pasar largas temporadas en el continente. Según cuenta el propio James en uno de sus libros autobiográficos, Un chico y otros (1913), su capacidad de observación y deleitación fue extraordinariamente precoz, incluso hasta un punto inverosímil. Al parecer, con tan sólo dos años se había percatado ya de la belleza de París: “Había pasado allí parte de mi segundo año de vida, y más tarde les contaría a mis padres que, siendo todavía un niño en mantillas, sentado frente a ellos en un coche y en la falda de otra persona, me había impresionado la vista, enmarcada en la ventanilla limpia del vehículo en movimiento, de una gran plaza majestuosa rodeada de casas con tejados empinados, que tenía en su centro una columna alta y gloriosa”.

Hechas las averiguaciones pertinentes, James acabó por descubrir que ese recuerdo primitivo correspondía nada menos que a la Place Vendôme. Aunque la anécdota puede parecer cómica y aun apócrifa, lo cierto es que el escritor la narra con inequívoca seriedad, dando a entender con ello que su despertar a la conciencia estuvo desde el principio ligado a la admiración estética de la arquitectura europea. A nadie más que a James le toleraríamos semejante confesión.

Siendo muy joven, James concluyó que en Estados Unidos no había aún una sociedad lo suficientemente madura y compleja que pudiera satisfacer la ambición de su proyecto novelístico. De hecho, en su gradual apropiación del mundo europeo se percibe una problematización de lo que al principio es una mera ansiedad artística e histórica. La profundización en la trama social europea, ya en sus novelas tardías, termina por convertirse al fin en una manera de dotar de sentido y profundidad al carácter norteamericano, además de refractarlo.

De un modo más o menos evidente, toda la narrativa de James, desde Roderick Hudson (1875) hasta La copa dorada (1904) está concernida con la idea de Europa, cuya imagen, sobre todo en su juventud, estaba representada casi de un modo exclusivo por Francia o, mejor dicho, por París, donde se instaló en 1875, en lo que fue el principio de su lenta domiciliación europea.

En la capital francesa, el joven James conoció a Turguénev, quien le introdujo en su círculo de amigos. Ocultando su timidez tras la poblada barba que entonces lucía, asistió a las tertulias en casa de Flaubert, que discutía asuntos políticos y literarios -en bata, a voz en cuello y entre homéricas carcajadas- con Zola, Maupassant o Daudet. Aunque la ciudad no le gustó, la huella de la literatura francesa es determinante en la maduración de la obra de James, que tomó buena nota de lo que habían hecho con la novela no sólo Flaubert, sino también Balzac y Zola, sobre todo en dos aspectos para él fundamentales: el dinero y el sexo. Y, por otra parte, la maestría de Flaubert fue decisiva para hacerle ver lo que ya no debía ni se podía hacer.

Al año siguiente, James se instaló en Londres, que a partir de entonces convirtió en su residencia, con puntuales estancias en otros países del continente, sobre todo -y con mayor frecuencia a medida que iba envejeciendo- en Italia. Esas últimas décadas del diecinueve son cruciales en la configuración de la vida y la obra del escritor, que, en muchos aspectos, experimenta la definitiva muda de su piel. En Inglaterra encontró el espacio idóneo para el cultivo de su personalidad, con esa ambivalente actitud de aquiescencia y repulsión que aún hoy en día sienten los ingleses por el concepto de Europa. La vida en Londres le permitió además dilucidar los entresijos de la comedia social inglesa, con su agotador juego de alusiones y circunloquios, cuyo tejido tan bien se transparenta en su prosa cada vez más alambicada.

Tras la publicación de El americano en 1877, una novela acerca de la fascinación por las ruinas del viejo mundo que cierra su periodo de formación y en la que se destruye la inocencia de la mirada turística, Henry James se puso a componer Retrato de una dama, su primera obra maestra, que se publicaría en 1880. James escribió la novela en diversos lugares del continente, sobre todo durante las largas estancias que pasó en Florencia y Venecia, dos de sus ciudades predilectas. En cierto modo, Retrato de una dama supone el punto álgido de su conversión europea, del desarrollo de su novelística y aun de la evolución del género en el diecinueve. Por un lado, es la obra donde mejor se ven los países que conforman el escenario internacional del escritor: Inglaterra, Francia e Italia, perfectamente engastados en la experiencia de la protagonista, Isabel Archer, una joven norteamericana, emancipada mentalmente, a quien la herencia de una inesperada fortuna le permite alcanzar una libertad de decisión que será su peor condena. La escena inicial, con la matemática morosidad que define toda la novela, es en sí misma una conversation piece, una pintura de grupo que poco a poco cobra vida. Se trata de la clásica puesta en escena del té de las cinco, un día de verano en la campiña inglesa. Frente a una mansión de estilo Tudor, con ventanas cegadas por la yedra y profusión de chimeneas, un señor de provecta edad y dos jóvenes charlan animadamente en la pista de césped hasta que aparece una joven dama, recién llegada de Estados Unidos. En unas pocas páginas, James logra presentar a todos los personajes del drama, crear la atmósfera, definir el estilo y elegir el tono, que no decaerá ni un solo momento a lo largo de casi ochocientas páginas.

La historia de Isabel Archer le sirvió a James para contestar en silencio a dos de sus predecesores. Tanto George Eliot como Gustave Flaubert murieron en 1880, el mismo año en que se publicó Retrato de una dama, que, de un modo muy privado, trata de enmendar cuestiones muy concretas de la obra de una y otro. Aunque admitió que Madame Bovary era la más literaria de las novelas, observó asimismo que Emma Bovary era too small an affair, es decir, un caso demasiado pequeño para la vasta conciencia expuesta por el autor. Como Proust más tarde, James percibía en el estilo y los personajes de Flaubert algo insatisfactorio que a su vez es el germen del matizado despliegue psicológico de Isabel Archer, en el centro de cuya conciencia trabaja James para construir la bóveda de su drama. Por otro lado, James siempre consideró a George Eliot la mejor novelista del XIX, pero juzgaba novelas como Middelmarch algo deslavazadas y poco concentradas en el desarrollo narrativo de la protagonista, a menudo distraído por otras líneas argumentales que no terminaban de encajar, u n defecto que tuvo muy en cuenta a la hora de vehicular su propia novela a través de un solo personaje que se va iluminando poco a poco hasta ocupar el centro del cuadro.

De alguna manera, Retrato de una dama es también la crónica de la pasión que James sintió durante toda su vida por Italia, convertida durante su madurez en la cifra de su idea más sublime de Europa. En los decisivos episodios de Isabel en Roma y Florencia, donde se casa fatalmente con Gilbert Osmond, otro americano expatriado, se traduce el gusto y la fruición del propio James por las calles, las pinturas y el interior de los palacios, también por el paisaje de la Toscana o las ruinas del Foro romano, donde, como apuntó John Cheever en sus diarios, perduran tanto los fantasmas de la Antigüedad como las sombras con parasol de los viajeros del diecinueve.

Si hay una ciudad por excelencia jamesiana, esa es Venecia, que, si bien no aparece en Retrato de una dama, está en su espíritu, pues buena parte de la novela fue escrita allí, en una casa situada en Riva Schiavoni. Algunos años más tarde, James asociaría muchas de las páginas de la novela a las vistas de la laguna y los canales que se contemplaban desde su apartamento, cuando se asomaba a la ventana en busca de la frase redonda, del matiz exacto.

Hasta cierto punto, la moderna imagen de Venecia como ciudad traspasada de muerte es una creación de James, que desde muy temprano le dedicó una atención especial, como demuestran sus crónicas de viaje, reunidas en el volumen Horas italianas (1909). En 1888 ambientó una de sus nouvelles más perfectas en la ciudad de agua, Los papeles de Aspern, basada en una anécdota, ocurrida en Florencia, acerca de Claire Clairmont, una anciana que había sido amante de lord Byron y que, según se sospechaba, guardaba cartas del poeta que un americano trató de incautar. Al trasladar la historia de Florencia a Venecia, James le dio un pathos con el que alumbró una visión muy genuina del lugar y al mismo tiempo oblicuamente byroniana.

Venecia fue también el escenario de la primera novela de la trilogía en la que James desarboló la novela del diecinueve y ensayó su estilo tardío, basado en la extrema especulación psicológica y donde los espacios se vacían para ser sustituidos por el movimiento de la conciencia de los personajes. Las alas de la paloma (1902) cuenta el infortunio de una heredera americana, Milly Theale, que en Venecia vive una historia de enfermedad y codicia, mientras que Los embajadores (1903) supone el último juicio de James sobre la sociedad parisina y La copa dorada (1904) es la novela donde su mirada, en este caso a través del adulterio entre una americana y un príncipe italiano en Inglaterra, alcanza el mayor nivel de complejidad e introspección, también de violencia moral, como último estadio de su metamorfosis europea, un trayecto que le había llevado del goce acrítico de la belleza continental al descubrimiento de las zonas más oscuras y corruptas que se escondían tras la fachada del viejo mundo.

Camino tortuoso
Henry James escribió esa trilogía en una época dolorosa de su vida. Tras fracasar como autor teatral con Guy Domville (1895), en cuyo estreno se le dedicó una sonora pitada, se refugió en Lamb House, una encantadora casa en Rye, al sur de Inglaterra, donde dictó (la edad le impedía ya escribir a mano esas torrenciales frases) toda su obra final. Aunque el mundo se negaba a concederle el aplauso que por esas mismas fechas le daba a Oscar Wilde, él siguió -emociona recordarlo- su camino, cada vez más tortuoso, a solas con las resonancias acústicas de su inteligencia.

Algunos años antes, en 1894, había vivido un episodio que decidió el tono de su obra última, sobre todo de algunas de sus mejores historias de fantasmas, como El altar de los muertos o Los amigos de los amigos. Constance Fenimore Woolson era una novelista, perteneciente al grupo de exiliados americanos que James frecuentaba y con la que llegó a trabar una intensa amistad. Algunos biógrafos sostienen que Woolson estaba enamorada de James, un homosexual célibe, y que ese amor imposible propició el suicidio de la escritora en Venecia. Al enterarse, James viajó a la ciudad italiana y, a petición de la familia, se hizo cargo de los enseres de su amiga. Para empezar, quemó las cartas que le había enviado y que quizá nos desvelarían el secreto de su relación. Y luego, para deshacerse de su ropero, no se le ocurrió mejor idea que salir en góndola al Gran Canal y tirar los vestidos de Constance al agua. Lo que ocurrió entonces fue una de sus mejores páginas nunca escritas y la imagen en la que aspira a concentrarse su periplo europeo: aquellos trajes largos no se hundieron sino que se hincharon y flotaron alrededor de la góndola, creando espectrales visiones de la mujer, un inesperado baile de apariciones sobre la película acuática en la que también tiemblan la mirada encendida del escritor y el perfil en fuga de Venecia.

Leer más: http://www.lavanguardia.com/cultura/20130814/54379424348/henry-james-europa.html#ixzz3XMSS6qg3

Anuncios

Acerca de biblioteca barañain

Somos la biblioteca de barañain y todas aquellas personas que quieran compartir este espacio de poesía en torno al centenario del nacimiento de Miguel Hernández
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s