Diario del hombre pálido, de Juan Gracia Armendáriz

Juan GraciaTenemos previsto realizar un encuentro en la biblioteca con el escritor navarro Juan Gracia Armendáriz. Será el 10 de diciembre a las 19:30 de la tarde. Antes, todos los grupos habremos leído y comentado su Diario del hombre pálido que forma parte de una trilogía sobre la enfermedad muy bien valorada por la crítica (junto con La línea Plimsoll y Piel roja). Ese día, antes de la tertulia, dedicaremos (además) media hora a hablar sobre su última novela –La pecera aparecida en los últimos meses.

Sobre Diario del hombre pálido podéis leer esta reseña en El Mundo

Por su parte, esto es lo que es escribía en El cultural el añorado Ricardo Senabre:

Conviene advertir a los lectores de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) que recuerden algunos de sus libros de relatos, como Cuentos del jíbaro, o su novela La línea Plimsoll, que este Diario no es una obra de ficción, sino exactamente lo que su título anuncia: un diario, género en el que, como señala el autor, “se establece un pacto con el lector al que el escritor debe responder con solvencia, sobre todo si la materia que es objeto de su escritura -su vida- es verdadera” (p. 157). Y en otro lugar, refiriéndose al presente Diario: “Escribo con la idea de compartir lo que cuento en estas páginas, y lo hago con el firme propósito de abandonar cualquier asomo de impostura” (pp. 220-221).

El diario abarca ciento sesenta y nueve días -numerados, pero no fechados- de la vida de un enfermo renal, que debe abandonar su trabajo, enfocar de otro modo su vida, someterse a continuas sesiones de hemodiálisis, supeditarse a dietas y medicamentos y vivir con el horizonte de un posible trasplante que devuelva la salud a su cuerpo. Pero este enfermo es, claro está, el propio autor, que habla de pasada de sus libros (pp. 117, 167), reproduce una carta del editor Mario Muchnik (p. 165), se hace eco de la muerte de Antonio Vega (p. 36) y, en suma, traslada al papel experiencias, ideas -sobre autores, sobre la actividad literaria-, menciona relaciones personales (Juan Martínez de las Rivas, Francisco Javier Irazoki…) y lugares que no sobrepasan un ápice los límites de su propia realidad cotidiana.

El futuro estudioso de la literatura de Juan Gracia Armendáriz -los tendrá, sin duda- deberá acometer, entre otras, la fructífera tarea de confrontar este Diario con la novela La línea Plimsoll, centrada igualmente en un personaje con graves problemas renales, a fin de calibrar de qué modo la realidad se transforma en ficción y cuál es la sutil frontera que separa ambos estratos, porque las semejanzas entre novela y diario saltan a la vista, y estas páginas confesionales ofrecen con toda desnudez el correlato real de la creación novelesca citada. Como sucedía en la novela, éste es un libro sobre el dolor y la soledad que inevitablemente acarrea y que el sujeto compensa mediante la relación con otros pacientes o con el recuerdo y la lectura de autores y obras literarias que ofrecen obras afines: La montaña mágica, de Thomas Mann -a la que sorprende que no se añada Pabellón de reposo, de Cela-, Tolstói y La muerte de Ivan Illich, la Elegía de Philip Roth, el Diario de un artista seriamente enfermo de Gil de Biedma y otros títulos y autores que crean alrededor del sujeto un ámbito solidario y confortable.

Al igual también que en La línea Plimsoll, la prosa tersa y precisa del autor brilla con especial intensidad en la percepción cromática y olfativa de algunos paisajes -como sucede en los paseos por el bosque-, en la descripción de sensaciones internas y en construcciones paródicas y casi humorísticas, como el extraordinario pasaje (pág. 162) en el que se medita sobre las diversas formas que puede revestir la orina humana utilizando la jerga de enólogos y catadores de vino. No son extraños estos atisbos de humor en diversos símiles, incluso en un texto como éste, no previsto inicialmente como literario en sentido estricto: en la clínica, “la doctora […] se pasea por la sala como si vigilara un gulag” (p. 52). Diario del hombre pálido invita a meditar y lo hace en unas páginas sobresalientes, escritas sin aspavientos ni retórica, como con sordina, que acreditan una vez más la capacidad de Gracia Armendáriz como escritor -más patente hasta ahora que como narrador de historias de ficción-, no invalidada por algunos descuidos, como en ciertas repeticiones y construcciones pasivas: “De ahí que los escritores de verdad se sientan tan incómodos al ser preguntados por su condición. Sin embargo, si son preguntados por sus técnicas…” (p. 14); en alguna concordancia errónea (“ese agua” [p. 73]) o en usos discutibles: “desdecir” por ‘desdeñar, ‘negar’ (p. 152) y “mis prioridades” por ‘mis preferencias’ (p. 189).

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