Joseph Roth y la leyenda del santo bebedor

 

Das bin ich wirklich; bšse, besoffen, aber gescheit

El 6 de febrero a las 19:30, como de costumbre, los miembros del club de lectura Pasión por los clásicos / pasión por el e-book, nos reuniremos para comentar esta vez una de las obras más conocidas de uno de los mejores autores de entreguerras. Nos referimos a Joseph Roth y a su La leyenda del santo bebedor, que os podéis descargar pinchando en este enlace.

Como escribe Antonio Muñiz, pocos autores han reflejado con esa fuerza el desgarro del exilio y el desarraigo.

José García Chamorro en el blog “Lecturas inquietantes” incluye este comentario de la nouvelle de Roth:

En el cementerio parisino de Thiais, hay una tumba con una frase en francés que revela al paseante curioso la identidad de su inquilino: “Escritor austriaco muerto en París”. Poco más la distingue. Es sobria, fría, granítica. En uno de sus extremos, unas pocas flores crecen en un macetero rectangular. Allí descansa Joseph Roth, uno de los mejores escritores que dio el siglo XX. Vivió 44 años (aunque las escasas fotografías que nos han llegado de él nos muestran a un hombre con una apariencia más senil) y murió alcoholizado, envuelto en las alucinaciones del delírium trémens y en medio de la desazón más absoluta.

Tengo una especial simpatía por este librito. Nunca tan pocas páginas me han sugerido y evocado tantas imágenes y recuerdos. En mi breve pero intensa etapa como camarero en un bar de barrio (habría quien lo calificaría simplemente de tugurio de mala muerte), humilde y trabajador, más canalla que elegante, tuve la oportunidad de comprobar el efecto que la bebida produce en las personas y de cómo mueve sus vidas. A veces cierro los ojos y revivo, involuntariamente, algunas situaciones, recuperando a algunos de sus protagonistas. La evocación es algo extraño. Podemos hallarnos en el lugar menos propicio para que se dé y sin embargo, de repente, aparece de la nada, casi del olvido. Recuerdo con especial sobrecogimiento (qué habrá sido de ella) a aquella anciana que apenas era un retaco subido a un taburete frente a la barra y que, sorbo va sorbo viene a su copita de licor, nada más cobrar su paga de pensionista a principios de cada mes, acababa sin un céntimo en el bolsillo tras dejarlo todo en la máquina tragaperras. O aquel personaje, con un parecido asombroso a un caballo percherón, que cada día se sentaba solo delante de un plato de huevos fritos y salchichas y una botella de vino peleón y que, entre bocado y bocado, se palpaba el bolsillo interior de su raída chaqueta para comprobar que la cartera seguía ahí. O el caballero que, algunas tardes, dejaba atado a una farola a su pequeño perro y aseguraba, cerveza en mano, que hoy las mascotas viven mejor que las personas por allá en su lejana juventud cuando la gente tenía que buscar un mendrugo de pan entre la basura para poder echárselo a la boca, y todos creíamos que exageraba, que en este país nunca ha habido tanta miseria, y que nunca nos tocaría vivir tan malos tiempos… Pero no me quiero extender más en mi rememoración de tantos y tantos otros. Sólo deseaba puntualizar que allí vislumbré parte de esas vidas perdidas que, con otros figurantes, se asoman a las páginas de esta historia.

Cuando hablamos de la vida de Joseph Roth, siempre debemos mantener cierta reserva sobre la veracidad de algunos de sus datos biográficos. Nació en 1894 en la población de Brody, perteneciente a la región de Galitzia, por aquel entonces dentro del desaparecido Imperio Austrohúngaro. De familia judía, su padre los abandonó antes de nacer. Su infancia y adolescencia están sumidas en una bruma de reinvención y reinterpretación por parte del autor, por lo que nada claro podemos sacar de aquel tiempo, por otra parte tan importante para la formación de un escritor. Acabó sus estudios de Literatura y filosofía en Viena sobre el año 1916. Más adelante se enrola en el ejército austríaco para combatir en la Primera Guerra Mundial (aquí también Joseph Roth introduce datos contradictorios en su particular historia vital). La caída del Imperio Austrohúngaro marcará una de sus temáticas más recurrentes: la pérdida de la patria y su conversión en un paria errante. Tras la guerra, se ganará principalmente la vida como periodista, colaborando para diversos diarios. De 1923 a 1932, trabaja como corresponsal para el Frankfurter Zeitung, hecho que le permite visitar varias capitales europeas. Entre los lugares en los que se establece por más tiempo se cuentan Viena, Berlín (de la que huyó a causa del incipiente nazismo), Ámsterdam y París (su última morada). En 1932 publica La marcha Radetzky, tal vez su obra más conocida y la que le proporcionó una merecida fama como novelista en una época en que las penurias económicas y la depresión (entre las muchas desgracias que no dejaron de azotarle durante toda su vida, se sumaba la esquizofrenia que su mujer sufría) y que nunca le abandonaron hasta su prematuro fallecimiento.

El relato titulado La leyenda del Santo Bebedor lo escribe en 1939, poco antes de su muerte. Tanto por el tema que trata como por su lucidez sobre la perdición a la que nos arrastra irreparablemente la ebriedad, tiene un marcado componente de premonición y una carga de sobrecogedora sinceridad. La historia se constituye como un testamento literario en toda regla. Y más cuando sentencia con su última frase: “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”. Días después de escribir estas palabras, Joseph Roth abandonaba este mundo, el gran literato y el irremediable borracho. El novelista y crítico Hermann Kesten, amigo de Roth, lo visitó en París pocas semanas antes de su trágico final. Lo encuentra a las once de la noche en un café, sentado junto a los personajes más estrafalarios que nos podamos imaginar. En su mesa, como testigos mudos de un delito, se extienden varios portavasos que daban fe de sus numerosas consumiciones de absenta. Cuando los acompañantes los dejan solos, Roth le confía que ha acabado un relato y, tras darle algunas especificaciones técnicas, le pregunta mientras bebe lentamente y le observa con aquella mirada disuelta en alcohol y en tristeza: “¿No es divertido?”. Pasada la una de la madrugada – los últimos parroquianos – se levantan y abandonan el local. “El cuerpo estaba algo encorvado, un poco vacilante, la sonrisa empapada de melancólica inteligencia, y los ojos azules cansados y nublados, el bigotito rubio y las hermosas manos, la voz ya ronca y tan cordial”. Quedan en llamarse pero, claro está, nunca más vuelven a verse.

El protagonista de La leyenda del Santo Bebedor se llama Andreas Kartak, un antiguo minero polaco caído en desgracia y convertido en un vagabundo o, mejor dicho, por emplear un término tan frecuente desgraciadamente hoy en día, un sin techo. La acción arranca en la primavera de 1934, bajo uno de los puentes que cruzan el Sena en París. Un caballero va al encuentro de Andreas, ofreciéndole la cantidad de 200 francos para que pueda salir de la indigencia y retomar una vida digna. Le pone como única condición que deberá devolver cuando pueda la misma cantidad al sacerdote de la iglesia de Sainte Marie des Batignolles, donde en una de sus capillas descansa santa Teresa de Lisieux, por la que este individuo acaba de convertirse al cristianismo. Andreas acaba aceptando el dinero y promete retornarlo cuanto antes a la santa. Sin embargo, lo que en un principio parece una bendición acaba deviniendo una condena. Como todo buen borracho que es, todo su capital acabará derrochándolo en las cafeterías y en los bistrós. Además, a su adicción al alcohol se suman inesperados rencuentros con antiguas amantes y viejos conocidos que le sacarán hasta el último franco. Aun así, de principio a fin asistimos a una historia repleta de supuestos milagros mediante los que recupera una y otra vez el dinero, manteniendo hasta el final la esperanza de poder devolvérselo a santa Teresita y cuyos intentos por redimirse siempre acaban, inexorablemente, truncándose.

Con esta pequeña joya Joseph Roth se despide de todos nosotros, ávidos lectores, y nos deja con la incertidumbre de todo lo que aún podría haber escrito y con esa sed, aunque de otra índole, que consumía a su santo bebedor. Deberemos conformarnos con el legado que nos dejó, que no es poco. La calidad de su prosa planea sobre todos sus textos, al igual que la sutil delicadeza con la que engarza cada una de sus frases. Aprendamos de su alegría por las cosas livianas de la vida y no del peso del dolor que quiso enterrar bajo la embriaguez.

 

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El extranjero de Albert Camus

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El 9 de enero de 2017 a las 19:00 los miembros del club de lectura “Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book” nos reuniremos para comentar el clásico de Albert Camus El extranjero, que podéis descargar pinchando en este enlace.

Existe una versión en audiolibro

Después de la tertulia, el periodista Manuel Bear nos dará una charla sobre la importanica de Albert Camus como conciencia ética de la segunda mitad del siglo XX.

Hay muchísima información sobre esta obra en Internet, os recomendamos este enlace, o este otro, donde se analiza la influencia de Nietzsche y Sartre en la obra. algunos de estos enlaces

Artículo publicado en La voz de Galicia con motivo del centenario del nacimiento de Camus:

Albert Camus, uno de los grandes autores del siglo XX, reconocido con el Premio Nobel en 1957 «por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana», nació hace hoy cien años, un aniversario redondo que recuerda cómo la vida del francés, autor de El extranjero o La peste se truncó en la cumbre de su carrera de la «forma más idiota».

Albert Camus murió el 4 de enero de 1960 en un trágico accidente de tráfico, al estrellarse a 180 kilómetros por hora el Facel-Véga en el que viajaba como copiloto desde el sur de Francia hacia París. Un par de días antes, Camus había escrito, con respecto al accidente que acabó con la vida del ciclista Fausto Coppi, que no hay forma «más idiota» de morirse que en la carretera.

Cuando el coche que conducía su amigo Michel Gallimard -sobrino de su editor, Gaston Gallimard- se salió de la carretera a un centenar de kilómetros de la capital y chocó contra un árbol, Albert Camus llevaba consigo en un maletín varios documentos, cuadernos y un manuscrito de 144 páginas. Ese último texto del autor de Calígula no se publicaría hasta 1995 y con el título de El primer hombre, forjando un relato inacabado y en clave autobiográfica en el que Albert Camus regresa a su infancia de pied-noir en la Argelia colonial. «La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris», observa Albert Camus en uno de los fragmentos de esa obra póstuma.

Albert Camus (1913, Mondovi -actual Drean- Argelia) nació hace exactamente un siglo en el seno de una familia muy humilde de colonos franceses. Su padre, excombatiente en la Guerra franco-prusiana, falleció en la Primera Guerra Mundial, sin apenas conocer a su hijo. Su madre, de origen menorquín, analfabeta y casi sordomuda, tuvo que ponerse a limpiar casas para sacar a sus dos hijos adelante. El premio Nobel se crió pobre, aislado y febril en la colonia francesa. Alentado por sus profesores, se matriculó en Filosofía, pero la tuberculosis le impidió finalizar sus estudios.

Fundó entonces Albert Camus una compañía de teatro, se afilió durante dos años al Partido Comunista y trabajó como periodista, antes de mudarse a París en 1940 para incorporarse a la redacción de Paris-Soir y ejercer como lector de textos en la editorial Gallimard. Con 29 años publicó su obra más aplaudida, El Extranjero, y una reflexión en primera persona sobre las consecuencias morales del asesinato y la indiferencia ante la muerte, que arranca con las indolentes frases: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.

En los años siguientes, Albert Camus escribió la obra de teatro El Malentendido y el ensayo El Mito de Sísifo que, junto con Calígula, abundan sobre la filosofía del absurdo. El escritor francés parte de las influencias de los filósofos existencialistas Kierkegaard y Nietzsche para analizar el vano esfuerzo del ser humano por encontrar el significado de la vida.

María Casares, la pasión gallega de Albert Camus

En París, durante la ocupación nazi, Albert Camus militó en La Resistencia y fundó el periódico clandestino Combat. Fue en esos años cuando conoció a su amante más célebre, la actriz gallega exiliada en Francia María Casares, hija del presidente del Gobierno de la Segunda República Española Santiago Casares Quiroga.

Siempre repeinado y con un cigarrillo apoyado en la comisura de los labios, el llamado Humphrey Bogart de la literatura trabó amistad con el filósofo Jean-Paul Sartre en 1943 y mantuvo con él una relación de diez años que, tras la publicación del artículo Les Temps Modernes, desembocaría en una agria batalla filosófica con marcado trasfondo político. Aunque ambos pensadores se reivindicaban de izquierdas, Sartre defendía la violencia para alcanzar la revolución social mientras que Camus, acusado de estático, entendía que el fin no justifica los medios. «Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría», resumía el escritor, que en 1957 y, contra pronóstico, ganó el Premio Nobel de Literatura. Tenía 44 años.

Entonces Albert Camus vivía ya instalado en el gran desgarro que le produjo la guerra de independencia de su Argelia natal (1954 y 1962). Anhelaba que la tierra que le vio nacer, donde los atardeceres apacibles se mezclaban con los colores mediterráneos, dejara atrás el sistema colonial, pero sin desligarse de la Francia que educó su talento. Dos años antes de que terminara esa barbarie, Camus falleció, a los 46 años, al romperse el cuello en un accidente. La muerte de Albert Camus dejó viuda a su segunda esposa, Francine, y huérfanos a sus dos hijos gemelos, Jean y Catherine. Aunque conoció numerosas amantes, la verdadera mujer de su vida fue su bondadosa y esforzada madre, reconocen sus hijos.

Quienes le conocieron, como el periodista Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur y amigo del Premio Nobel, dicen que «para saber lo que es un hombre feliz hay que haber visto a Camus delante del mar y el sol».

La vigencia de «El extranjero»

Lo cierto es que a día de hoy, la novela más emblemática de Albert Camus es todavía uno de esos enigmas literarios cuyo éxito nos congracia con todo lo que no sabemos de nosotros mismos. Publicada en 1942, en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, El Extranjero se nutre de toda la fuerza del absurdo que regía las vidas de los europeos en aquellos años. Pero no se queda ahí. Porque Mersault, el protagonista de la novela, además de ser un «héroe del absurdo» (entronizado por muchos críticos), es también el vivo retrato de lo que cada uno de nosotros tenemos de solitarios, de náufragos, de desorientados, de seres que nos sabemos condenados a muerte. ¿Absurdamente? Albert Camus se proclamó siempre «absurdista» frente a los que preferían ser calificados de existencialistas, pero nunca estuvo seguro de la palabra que verdaderamente lo definía. Humanista le llamaron otros, y él no lo rechazaba, pero ¿qué era eso de ser humanista en un mundo absurdo?

Mersault, el antihéroe indiferente e insensible de El extranjero, es un álter ego del sensible y diferente Albert Camus de la negación. Y para que no nos quepa la menor duda, el escritor nos sumerge desde la primera línea en el territorio del absurdo, en donde habita el «todo da igual». Así, a Mersault le da igual que haya muerto su madre, que le otorguen o no un traslado a París o acabar casándose con María, etcétera. La respuesta es siempre la misma: que da igual. Como le da igual haber matado a un árabe y ser condenado a muerte por un tribunal burgués que juzga más su vida que su crimen. Él sabe ya que está condenado a muerte, como lo están todos sus jueces y todos los seres humanos en general. «Yo sólo sé que el hombre muere y no es feliz», dirá el escritor tratando de explicar sus propias limitaciones cognitivas… y, de paso, las de los demás.

El extranjero ofrece un retrato del hombre moderno atrapado en una existencia que no controla ni dirige. Por ello nos es tan fácil entenderlo. Como nos es fácil entender al Camus que, frente a los valores vacíos de una burguesía reprimida y represora, defendía la «libertad absurda». La única de la que tenemos una constancia clara de que existe. Porque no hemos dejado de ser extranjeros de paso en este mundo.

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Thomas Hardy

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La tertulia de diciembre del grupo “Pasión por los clásicos, pasión por el e-book” será sobre relatos del autor inglés Thomas Hardy. La reunión será el 12 de diciembre a la hora de siempre: las 19:30

Los relatos son estos (se puede accedere a ellos desde la página El espejo gótico:

Thomas Hardy, (Higher Bockhampton, 1840 – Dorchester, 1928) Novelista y poeta inglés. Tras haber frecuentado la escuela en Dorchester, a los dieciséis años se convirtió en discípulo y auxiliar del arquitecto de la misma ciudad John Hicks, junto al cual permaneció hasta 1862; en esta fecha se dirigió a Londres y empezó a trabajar en el despacho del arquitecto sir Arthur Blomfield. Aun cuando se dedicara al estudio de la arquitectura, cultivó ininterrumpidamente las Letras, y, sobre todo, la poesía, que fue el sueño más grato de su larga existencia.

La primera novela de Thomas Hardy, El pobre y la dama, escrita en 1867 y ofrecida a varios editores el año siguiente, no llegó a ser publicada nunca, y, en parte, fue utilizada por el mismo autor para la composición de su otra obra narrativa Una indiscreción en la vida de una heredera. Aconsejado por Meredith, quien había leído su primer ensayo, Hardy intentó la novela de intriga sin fines sociales en Remedios desesperados, que apareció en 1871.

El año siguiente fue publicada Bajo el verde bosque, la primera novela importante de nuestro autor y también la más lozana, y en 1873 Dos ojos azules (A Pair of Blue Eyes), idealización de su noviazgo con Emma Lavinia Gifford, a la que Hardy se unió en matrimonio en 1874. Con Lejos de la multitud enloquecida (1874) empieza la serie de sus novelas más típicas, a la cual pertenecen Retorno al país (1878), El alcalde de Casterbridge (1886), Los habitantes del país de los bosques (1887), Tess de Urbervilles (1891) y Judas el oscuro (1895).

Estas obras están escritas en una prosa naturalista, clásica, y no obstante el poder de lo extraño brota a pesar del control que el autor ejerció sobre las palabras. Sus personajes son gobernados por las fuerzas férreas de la naturaleza y por los mecanismos, no menos férreos, de la sociedad victoriana. El mundo de Hardy fue dirigido por el determinismo biológico y físico: el azar y la voluntad humana no existían para él, como lo expresa en Judas el oscuro (que recibió duras críticas por blasfemia), donde el sexo es una irresistible categoría de la naturaleza. Creó un universo severo, vacío de valores cristianos, donde todo y todos están abocados a la indiferencia trágica, como le sucede a su bello personaje Tess, que es ejecutada sin compasión al final de la historia que narra el libro. Sin embargo, este mundo dominado por fuerzas oscuras, al ser enmarcado en ambientes pastoriles en los que el paisaje es parte de la ficción, se vuelve finalmente un universo perturbador pero lírico donde la gente pobre del campo se define con ternura y humor.

Un viaje a Holanda, a lo largo del Rin, y a Bruselas en 1876 le permitió visitar el campo de batalla de Waterloo, que describió luego en el gran poema dramático Los dinastas (1903-08), acerca de la epopeya napoleónica, en la cual había inspirado ya la novela El trompeta mayor (1880). Durante la prolongada enfermedad que en 1880 le forzó a guardar cama varios meses compuso Una laodicense. En 1882 apareció Dos en una torre; La bien amada, publicada en 1892 por entregas y en 1897 en forma de libro, fue la última novela de Hardy.

En 1883 el autor había emprendido la construcción de su casa Max Gate, en Dorchester, donde pasó el resto de su vida excepto en el período de su largo viaje a Francia e Italia en 1887 y durante sus visitas anuales a Londres. Los numerosos cuentos escritos en diversos años fueron reunidos en volúmenes titulados Cuentos de Wessex (1888), Un grupo de nobles damas (1891), Pequeñas ironías de la vida (1894) y Un hombre cambiado y otros cuentos (1913). Viudo en 1912, contrajo nuevo matrimonio en 1914 con Florence Emily Dugdale.

En los últimos tiempos de su vida Hardy se dedicó exclusivamente a la poesía; reunió las composiciones poéticas que había ido escribiendo ininterrumpidamente desde su juventud y compuso muchas otras, publicadas a intervalos: Poesías del Wessex (1898), Poesías del pasado y del presente (1902), Juguetes del tiempo (1909), Sátiras de circunstancias (1914), Momentos de visión (1917), Poesías líricas tardías y juveniles (1922), Aspectos humanos (1925) y Palabras de invierno (1928). En 1923 fue representado un drama suyo acerca de Tristán e Isolda, La famosa tragedia de la reina de Cornualles, y en 1928 apareció un volumen de Memoirs.

Actualmente su poesía es muy apreciada, tanto por su prosaísmo refinado y objetivo como por la ironía y naturalidad melancólica. Se lo considera un precursor de muchos poetas contemporáneos como Ph. Larkin y R. Graves. W. H. Auden, por ejemplo, aseveró en un ensayo que la poesía de Hardy había sido su mayor influencia. Incluso se ha contrapuesto su manera de hacer poesía a la de E. Pound, T. S. Eliot y otros vanguardistas, porque se estima que no necesitó de experimentalismos agudos y dislocaciones de la conciencia para dibujar la realidad: su mente ya era escéptica y metafísica por naturaleza.

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George Orwell y Rebelión en la granja

ARCHIVE SCMPOST GEORGE ORWELL **NO SALES**

George Orwell (pen name for Eric Blair), in his wartime role as broadcaster at BBC.

La próxima tertulia del club de lectura “Pasión por los clásicos, pasión por el e-book” tendrá lugar el 7 de noviembre (lunes) a las 19:00 y será sobre “Rebelión en la granja“. Adelantamos treinta minutos la tertulia para que todo el grupo pueda asistir a la charla que dará el periodista Manuel Bear sobre el Orwell ese mismo día en la biblioteca a partir de las 19:30.

Al libro podéis acceder desde este enlace

Os invitamos a conocer un poco mejor al autor.

Y también podéis echar un vistazo a este artículo más académico

Y para ampliar la información, este documento que nos ha mandado Manuel Bear: maestros-disidentes-i-orwell

 

 

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Relatos de Charles Dickens

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Empieza un nuevo curso para el club de lectura “Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book” y lo hace el poximo 10 de octubre a las 19:30 con una tertulia sobre relatos de Charles Dickens. Nos ha parecido que merece la pena volver una vez más sobre la obra de quien supo retratar como nadie a las víctimas de la revolución industrial y la miseria de la sociedad en el siglo XIX. Os recomendamos esta página de El Mundo

Los relatos que proponemos leer para comentar junto son los siguientes:

Juicio por asesinato, El manuscrito de un loco, El barón de Grogzwig, Para leer al atardecer, El fantasma de Marley y La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

Guillermo Altares publicó hace cuatro años este artículo:

Vida y genio de Charles Dickens

El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens es la conmemoración del año en la literatura de todo el mundo. El autor de ‘David Copperfield’ “nunca ha dejado de ser una fuerza viva”, afirma Peter Ackroyd, cuya biografía del escritor se publica ahora en español

Fueron solo unos meses, pero cambiaron la historia de la literatura. Acababa de cumplir 12 años cuando, el lunes 9 de febrero de 1824, empezó a trabajar en la fábrica de betún Warren, en el número 30 de Hungerford Stairs, en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Las jornadas se prolongaban durante 10 horas, con una pequeña pausa para comer. El salario era de seis o siete chelines a la semana (unos 30 euros en la actualidad). “Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens”, explica el escritor Peter Ackroyd, cuya sólida biografía del novelista, Dickens. El observador solitario, acaba de editar Edhasa en España. “Es algo que siempre tuvo presente. Creo que gran parte de su energía creadora nace en esa infancia y su visión del mundo se forja en aquellos momentos”. “Todo mi ser se sentía tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”, le confesó a su amigo John Forster, autor de la primera biografía del escritor (The live of Charles Dickens). Forster ya señaló que el germen de David Copperfield surgió entre tarros de betún en aquellos talleres junto al Támesis. En el clásico ensayo de 1940, Dickens, The Two Scrooge, Edmund Wilson apuntaba también que aquel periodo de trabajo infantil, con su padre encarcelado a causa de las deudas, fue crucial en la formación literaria y humana del escritor.

Fue muy popular y convocaba a multitudes. En ese sentido, podemos decir que fue la primera celebridad global

Peter Ackroyd

Los 200 años del nacimiento de Dickens, que se conmemoran el próximo 7 de febrero, se han convertido en el acontecimiento literario de la temporada. Exposiciones, nuevas versiones en cine y televisión de sus libros, biografías, ensayos, representaciones. El mastodóntico Waterstone’s de Bloomsbury, una de las librerías más grandes de Londres, situada en el barrio literario y universitario por antonomasia —y en el que residió Dickens gran parte de su vida—, recibe al visitante con un escaparate lleno de títulos sobre el narrador, algunos tan contemporáneos como Charles Dickens in Cyberspace, de Jay Clayton, y otros tan sugerentes por sus ramificaciones políticas como La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Friedrich Engels (Marx escribió sobre el autor de Grandes esperanzas que “había proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos”).

Sin embargo, todo este despliegue tiene algo de innecesario, porque Dickens jamás se ha ido. “Siempre ha estado presente, nunca ha dejado de ser una fuerza viva de la cultura británica”, señala Ackroyd, autor de numerosas biografías, de Shakespeare y de Londres (ambas en Edhasa), entre otras. “Sus novelas han sido llevadas al cine de manera constante, se han rodado series de televisión desde que tengo memoria, sus libros son reeditados y leídos una y otra vez. No creo que haya habido ningún periodo desde su muerte en que no haya sido admirado universalmente”. “Dickens está en todos los ámbitos de la cultura británica”, asegura el historiador Alex Werner, conservador del Museo de Londres, comisario de la exposición Dickens y Londres, que puede verse hasta el 10 de junio, y coautor junto a Tony Williams del libro que acompaña la muestra, Dickens’s victorian London (1831- 1901). Desde su muerte en 1870, se han publicado cerca de cien biografías, empezando por la de Forster en 1872. Estas últimas semanas han aparecido reseñas en casi todos los grandes diarios anglosajones de las dos últimas, Charles Dickens, A life, de Claire Tomalin —que ya había publicado un relato de la vida de la esposa del novelista, Catherine—, y Becoming Dickens. The invention of a novelist, un ensayo literario de Robert Douglas-Fairhurst.

Una forma de explicar la vigencia de Dickens es su presencia en una de las grandes series de televisión de la década. En la quinta temporada de The Wire, el director adjunto del Baltimore Sun pide a sus reporteros que busquen el “aspecto dickensiano” de la ciudad. De hecho, los blogueros Joy Delyria y Sean Michael Robinson lograron un considerable éxito en las redes sociales con una reconstrucción de la serie de David Simon al modo de un folletín victoriano. Recientemente, la BBC publicó en su página web un reportaje titulado Las seis cosas que Charles Dickens dio al mundo moderno: la celebración de las navidades gracias al impacto que tuvo Canción de Navidad, la denuncia de la pobreza, los personajes de la comedia moderna, el cine (no, no le confunden con los hermanos Lumière, Eisenstein dijo que los cimientos del séptimo arte fueron edificados por Griffith basándose en ideas de Dickens como el montaje paralelo o los primeros planos), los nombres de los personajes llenos de simbolismo y nuestra visión de la ley y el derecho. A esto podríamos añadir que Dickens fue un precursor de la defensa a ultranza de los derechos de autor, harto de que en Estados Unidos pirateasen sin contemplaciones sus obras, y la primera estrella de la cultura global, como explica Peter Ackroyd. “Fue muy popular entre públicos muy amplios y convocaba a multitudes cuando realizaba las giras de lectura de sus libros. En la época en que nacía la fotografía, ya era muy reconocido popularmente, y cuando realizaba sus giras por América era seguido por multitudes en la calle y se concentraban masas frente a los hoteles en los que se alojaba. En ese sentido, podemos decir que fue la primera celebridad global”.

Una búsqueda en el ISBN revela 420 títulos de Dickens vivos en todas las lenguas nacionales, publicados por editoriales tan diversas como Gadir, Nocturna, Alba, Periférica, Alianza, Planeta, Impedimenta, Ediciones B, Cátedra, Valdemar, Belaqva, Edhasa, Destino, RBA, Alfaguara, Espasa Calpe, Cátedra o Círculo de Lectores, por solo citar unas cuantas. “Su habilidad para crear personajes creíbles es una de sus grandes virtudes, junto a su enorme habilidad como narrador, su capacidad para contar historias”, explica Ackroyd. “Su talento para inventar es increíble: publicaba cada semana, cada mes, historias, esperando siempre hasta el momento mismo del cierre. Y siempre lograba mantener el interés de sus lectores”. Según su biografía, llegó a crear 2.000 personajes en sus 14 novelas (15 si contamos la inacabada El misterio de Edwin Drood), sin tener en cuenta sus numerosos relatos, ni toda su producción periodística; aunque el Diccionario de Personajes Literarios Británicos recoge solo 989 nombres. Como destaca el historiador Alex Werner, su retrato más famoso, El sueño de Dickens, firmado por su contemporáneo Robert Williams Buss, muestra al escritor, en su estudio, dormido, rodeado por sus creaciones. Oliver Twist, Ebenezer Scrooge, David Copperfield, Jacob Marley, Bill Sikes, Fagin, Pip, Miss Havisham y su mugriento vestido de novia, el señor Pickwick, la pequeña Nell, Florence Dombey, Uriah Heep, Joe Gargery, Sydney Carton, Mister Gradgrind forman parte de un gigantesco legado que vive mucho más allá de la literatura. Su herencia incluye tramas, historias e imágenes, fantasmas de las navidades pasadas, futuras y presentes, principios como: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de la tontería, la época de fe y la época de la incredulidad, la estación de la luz y de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. Según sus biógrafos, todo ese mundo ficticio tiene dos anclajes reales: su propia vida y la ciudad de Londres.

“Su genialidad no puede separarse de su vida. Es imposible estudiar a Dickens de forma aislada, tiene que ser observado en el contexto de su época y de su vida en Londres. De hecho, su casa estaba a unos pocos metros de aquí”, señala Peter Ackroyd, que recibe en su despacho de Bloomsbury, con su mesa de trabajo llena de libros sobre Chaplin y sobre la historia de Inglaterra, los dos temas en los que este inagotable investigador y novelista de 62 años está trabajando actualmente. Su biografía de Dickens se publicó en inglés en 1990, en dos volúmenes, con casi 1.400 páginas. Edhasa ha editado una versión posterior, acortada (700 páginas).

En su libro de viajes por Australia, Bill Bryson relata una visita al museo dedicado al más famoso de los bandidos del outback, Ned Kelly, situado en una polvorienta localidad perdida. Y escribe: “Era tan malo que era bueno”. Siendo un poco exagerados, podríamos decir algo parecido del Museo de Charles Dickens en Londres. Es cierto que alberga la mejor colección de manuscritos y objetos del escritor y que, además, vivió allí con su familia durante dos años (entre 1837, una fecha muy simbólica porque es cuando empezó también la era victoriana, y 1839, época durante la que terminó de escribir Los papeles del Club Pickwick y comenzó Oliver Twist), lo que no se puede decir siempre de las casas-museo de los artistas. Pero no es lo que un visitante espera de un creador de la magnitud de Dickens. En su descargo se puede decir que esta vivienda, situada en una clásica calle de edificios georgianos, es museo desde 1925, lo que explicaría en parte su aire vetusto, y que las otras dos casas de Dickens en Londres, en Marylebone y en el cercano Tavistock Square, han desaparecido. En abril el museo se someterá a una ambiciosa reforma. El hecho de que cierre durante la celebración del segundo centenario del escritor y durante los Juegos Olímpicos ha provocado una cierta polémica en el Reino Unido, pero sus responsables han señalado que, si retrasan las obras, perderían los dos millones de libras concedidos por el fondo de la lotería para el mantenimiento de bienes culturales. Aparte de algunos momentos de una intensidad kitsch muy divertida —la cocina con sus quesos y pasteles falsos no tiene precio— y bastantes recuerdos y piezas interesantes, además de contribuir a la Dickens Fellowship, la casa del 48 de Doughty Street merece una visita porque permite un rápido recorrido por la vida del autor. Nació en 1812, su familia se mudó a Londres en 1820, trabajó durante un periodo de entre seis meses y un año cuando su padre se encontraba en prisión por sus deudas —“es una cosa muy desagradable el sentirse avergonzado del propio hogar”, escribe en Grandes esperanzas—, comenzó a ejercer como periodista en 1828 (un oficio que nunca abandonaría). El éxito de Los papeles del Club Pickwick le permitió dedicarse a la literatura desde 1836. Su fama alcanzó su cénit en 1843 con Cuento de Navidad. Los viajes —dos a América, además de a Italia y Francia bastante a menudo—, la participación en diferentes causas filantrópicas, la afición al teatro, las lecturas públicas que le convirtieron en un hombre muy rico —ganar dinero fue una de las grandes obsesiones de su vida—, un divorcio tardío de Catherine, con la que tuvo diez hijos, y una relación nunca aclarada con la joven actriz Nelly Ternan —Ackroyd cree que nunca llegó a consumarse sexualmente mientras que otros biógrafos consideran que sí—, sus maratonianos paseos nocturnos —caminaba durante horas y horas, a veces hasta 30 kilómetros seguidos, como quedó reflejado en uno de sus ensayos más conocidos, Night walks—, las charlas y las complicidades con amigos como Wilkie Collins y el periodismo ocuparon gran parte de su tiempo. Además, claro, de la literatura: compuso por entregas 14 novelas que desde su publicación entraron a formar parte de la conciencia colectiva de Occidente. Falleció, tras una extenuante gira de lecturas, en la tarde del 9 de junio de 1870, a los 58 años, en su casa de Kent. Como escribió recientemente en The New York Times el ensayista Verlyn Klinkenborg, “doscientos años después de su muerte, Charles Dickens sigue guardando su mayor secreto: la esencia de su energía”.

Una parte muy importante de esa fuerza se la dio la ciudad en la que vivió y en la que situó la inmensa mayoría de su obra. “Londres y Dickens van juntos”, afirma Alex Werner. “Londres influyó tanto a Dickens que se puede decir que su genio dependió del entorno londinense, fue un gran visionario que vio en las calles de Londres un universo entero, de alegría, de sufrimiento. Los dos estaban profundamente conectados y entre los dos crearon el más maravilloso retrato de la humanidad en el siglo XIX”, explica Ackroyd. Pero Dickens no se limitó a describir y a captar la esencia de esa transformación: luchó por cambiar las condiciones de vida. Y en cierta medida lo logró. Como explica Steven Pinker en su magnífico e influyente ensayo The better angels of our nature, una investigación sobre el descenso de la violencia en Occidente, “Oliver Twist y Nicholas Nickleby abrieron los ojos de la sociedad sobre los malos tratos a los niños en los albergues y orfanatos”. La exposición del Museo de Londres permite percibir la ciudad en la que Dickens vivió y escribió: a principios del XIX tenía apenas un millón de habitantes, en los años setenta de ese siglo alcanzaba los 3,5. Como relata Werner, era la capital del mundo —con 1851, el año de la exposición universal, como epicentro—. Justo en esa época, la población urbana se convirtió en mayoritaria en el Reino Unido, con miles de personas llegando cada día a la megalópolis para vivir en condiciones muchas veces de una pobreza atroz (no es ninguna casualidad que Dickens, Marx y Engels escribiesen lo que escribieron en aquellos años en Londres). Ackroyd, autor de la más conocida historia de la capital británica (Londres, Edhasa, 2002), señala: “Durante su vida Londres cambió más que en ningún otro momento de su historia”. En Dickens’s victorian London, Alex Werner y Tony Williams escriben: “Supo captar todos los cambios que ocurrían a su alrededor y cuando leemos sus obras somos testigos del crecimiento y desarrollo de la ciudad moderna, con todos sus problemas asociados”.

En esa ciudad de las grandes esperanzas de Pip, la miseria infantil de Oliver Twist y David Copperfield, un joven se vio obligado a trabajar en una fábrica de betún en una sociedad que cambiaba a toda velocidad y un escritor trató de construir todo su mundo sobre ese vértigo. Como escribe Ackroyd: “En su obra lo real y lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y lo trascendente conviven en precario equilibrio, solo resuelto por el vigor de la palabra creada. En eso consiste la magia de Charles Dickens”.

 

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“Americanah” de Chimamanda Ngozi Adichie

Americanah-contraportada.jpg Esta novela larga e intensa sobre la raza y la identidad es una de las que vamos a comentar a lo largo de este curso en nuestros clubes de lectura. Cuenta la historia de una joven nigeriana que deja su país de origen para una educación universitaria y una vida más próspera en los Estados Unidos. Tejida a través de escenas retrospectivas y la vida actual, Americanah explora relaciones interpersonales, raza, identidad y amor. Americanah es la tercera novela de Adichie, y ha recibido varios premios y nominaciones, como el Premio del Círculo de Críticos Nacional del Libro, uno de los premios literarios más prestigiosos en los Estados Unidos. De ella se ha dicho que “Confirma el virtuosismo, la empatía sin límites y la punzante agudeza social de Adichie” y que “es esa cosa rara en la ficción literaria contemporánea: una historia de amor que también es una crítica social penetrante y divertida. Adichie escribe con perspicacia.”

 Os dejamos el enlace al blog “Devoradora de libros

 

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Empieza el curso para los clubes de lectura

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Un año más echan a andar los clubes de lectura de la Biblioteca de Barañain. La primera de las actividades de este curso será la tertulia, abierta también al público, con el fotógrafo Carlos Canovas, dentro del proyecto Artilecturas. La cita es el miércoles 28 de septiembre, a las 19:30 h. Con él comentaremos el libro cuya lectura nos propuso: “Algodoneros: Tres familias de arrendatarios” de James Agee y Walker Evans (editorial Capitán Swing) y la obra (en este caso una fotografía) que él ha creado inspirándose en el mismo libro y que ya está expuesta en la biblioteca.

 

 

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