English Book Club

In may 16 (monday) at 19:30 the English Book Club of the library we’ll talk with Jean S. Pinkstone  about:

A JURY OF HER PEERS

The Author Susan Glaspell  Susan Glaspell

http://americanliterature.com/author/susan-glaspell/short-story/a-jury-of-her-peers

  1. Why could John Wright´s surname be considered ironic in the story?
  1. Do the women´s names convey any special significance?
  1. Explain why the quilt, the canary and the appearance of the kitchen are important in the story?
  1. What common assumptions do the men share about  women in “A Jury of Her Peers”?
  1. If you were Mrs Hale or Mrs Peters, what would you do at the conclusion of “A Jury of Her Peers” after the men return to the kitchen?

THE STORY OF AN HOUR

The Author Kate Chopin  Kate Chopin

http://americanliterature.com/author/kate-chopin/short-story/the-story-of-an-hour

  1. Do you feel pity for any of the characters in the story? If so, which ones and why?
  1. What examples of repetition can be found in The Story of An Hour? What is the meaning of this repetition?
  1. How do you think Mr Mallard would feel if he knew how his wife really felt?
  1. In what way is Louise Mallard´s death ironic?
  1. What are the similarities and the differences between “The Story of An Hour”  and “A Jury of Her Peers”?

 

 

 

 

 

 

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English Book Club

In april 18 (monday) at 19:30 the English Book Club of the library we’ll talk with Jean S. Pinkstone about those three stories:

zpoeimgi

 

hawthorne

 

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Repóker de autores colombianos

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Si empezamos el año en enero con la propuesta de lectura de cinco autores peruanos, queremos terminar el semestre (o casi) leyendo a cinco autores destacados de Colombia. Esta tertulia (que completaremos con la proyección de una película y una charla sobre Colombia, se celebrará el 2 de mayo.

De Gabriel García Marquez leeremos estos diez cuentos. De Álvaro Mutis hemos elegido tres relatos. De Juan Gabriel Vasquez leeremos este único relato. De Héctor Abad leeremos Álbum y de Evelio Rosero estos textos

 

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Three stories of Katherine Mansfield

Mansfield

In march 14 (monday) at 19:30 the english book club of the library we’ll debate about this stories of Katherine Mansfield:

The garden party

Stranger

Her first ball

THE GARDEN PARTY

 

  1. What kind of relationship does Laura have with her family?
  2. How does the writer show us Laura´s love of simple and natural things?
  3. What do the hats symbolise in this story?
  4. Should the Sheridans have called off The Garden Party, as Laura suggested? Why? Why not?
  5. If Laura had finished her question at the end of the story, what would she have said?

 

THE STRANGER

 

  1. What effect does the description of the ship at the beginning of the story have on the reader?
  2. How do we know that Mr Hammond is anxious and excited about his wife´s return?
  3. What do we know about Janey Hammond?
  4. What significance has the title of the story?
  5. How would this story have been different if it had been told mainly from Mrs Hammond´s point of view?

 

HER FIRST BALL

 

  1. What are Leila´s feelings before the Ball?
  2. What is the role of the fat man in this story?
  3. What do you think Leila´s thoughts would be at the end of the Ball?
  4. What does Leila´s reaction tell you about her?
  5. What feelings would a modern day teenage girl and Leila have in common on going to their first dance?

 

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Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac

Balzac-the-brilliant-French-novelist-whose-infatuation-forEl 4 de abril (primer lunes de mes) tendremos la tertulia sobre Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac. La novela la podéis descargar en uno de estos enlaces: este es de Ciudad Seva Y este del Ministerio

Un análisis literario de la obra lo podéis encontrar aquí.

Y eso es lo que hemos encontrado en el blog Retrato literario

EUGENIA GRANDET”, BALZAC

Posted in Prosa tagged , , a 13:03 por retratoliterario

Honoré Balzac

Muy habitualmente, los profesores de literatura enseñamos que Romanticismo y Realismo son dos movimientos diametralmente opuestos y enfrentados. Algunos -no todos- sabemos que esto no es absolutamente cierto, pero así lo decimos para facilitar al alumnado el aprendizaje de los rasgos más relevantes de cada uno donde, ciertamente, sí existe ese enfrentamiento. Eugenia Grandet, novela del proyecto de la Comedia Humana, es un ejemplo de que Romanticismo y Realismo pueden unirse, mezclarse y combinarse y dar como resultado una obra inestimable dentro de la historia literaria.

De este modo, en Eugenia Grandet damos con descripciones detallistas de tintes líricos, conducidos por la omnisciencia en tercera persona del narrador que nos introduce, desde lo más general de las ciudades de provincia -Saumur-, hasta las calles, deteniéndonos ante la puerta de la “Casa Grandet”. Una vez allí, va desgranando la historia de la casa, de la fundación de la familia Grandet y presenta a cada uno de los personajes, física y moralmente, al tiempo que introduce la trama simple de la novela: una muchacha por casar, dos pretendientes y sus familias, avaricias y codicas familiares, un amor más soñado que real, y la frustración final. Del entorno llegamos hasta los individuos, enmarcados en lo burgués. Toda la galería de personajes recibe en estas primeras páginas sus descripción física y moral, sin que pase desapercibido el tono de ternura y comicidad que Balzac impone a la presentación de la criada Nanon:

A la edad de veintidós años, la pobre chica no había podido colocarse en ninguna casa debido a su rostro repelente; y en verdad que ese sentimiento era bien injusto, ya que el mismo rostro hubiera sido muy admirado encima de los hombros de un granadero de la guardia.
(…) Para una muchacha del campo que en su juventud sólo había conocido malos tratos, para una mendiga recogida por caridad, la risa equívoca del tío Grandet era como un verdadero rayo de sol. (…) Desde hacía teinta y cinco años, se veía siempre llegando descalza, cubierta de harapos, frente a la tonelería del señor Grandet, y oía siempre cómo éste le decía: ¿Qué quiere usted, guapa?, y su agradecimiento era eternamente joven.
(…) ¿Quién no diría también?: ¡Pobre Nanon! Dios reconocerá a sus ángeles en las inflexiones de la voz y por sus misteriosas pesadumbres.

Rematando este cuadro de Nanon, Balzac añade a la descricipción:

(…) un ser hembra tallado como un Hércules, asentada sobre los pies como un roble de sesenta años sobre sus raíces, ancha de caderas, de espalda cuadrada, con unas manos de carretero y una probidad tan vigorosa como su virtud intacta. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni el color aladrillado, ni los brazos nervudos, ni los andrajos de Nanon asustaron al tonelero, que se hallaba aún en la edad en que el corazón se estremece. Entonces vistió, calzó, alimentó a la pobre muchacha, le dio un sueldo y la empleó sin maltratarla demasiado

Me detengo en este personaje porque no me cabe duda que su primer pasaje es el anzuelo de la novela. Gasta Balzac un tono jocoso, tierno, irónico y cruel al mismo tiempo, uniendo dos personajes tan dispares como uña y carne para toda su vida. Le basta a Balzac detener las descripciones de la poca feminidad física, de la poca fortuna en la vida, de la condición miserable de Nanon, en el preciso y justo instante para decir -y lo hace varias veces-: ¡pobre Nanon! o ¡pobre muchacha!. Y ese “pobre” torna en un valor de incalculable contraste para saltar de unos tonos a otros, logrando el compadecimiento del lector, moviéndole momentáneamente a risa. En general, junto a Nanon, tanto Eugenia y su madre, los tres personajes femeninos principales, son tratados por Balzac con una extraordinaria amabilidad.

Es una historia amorosa atravesada por la cruel codicia del dinero y del poder. Ahora bien, un tema tan destinado al romanticismo, donde habría de surgir esa tendencia narrativa de interiores de espíritu, en Balzac adquiere el relieve del provincianismo burgués exterior y la arrogancia parisiense. La avaricia extrema de un acaudalado tonelero, la caza de dotes, la ruina de un heredero, se van turnando frente a la generosidad de una hija dispuesta a no escatimar migas de pan o piezas de mantequilla por amor. Avaricia y sentimientos, representados, por ejemplo, en la muerte de Guilleaume Grandet, hermano del tonelero y padre del primo desheredado. El tonelero Grandet cavila cómo dar la noticia al sobrino en estos términos:

Grandet no sentía ningún embarazo para informar a Charles de la muerte de su padre, pero experimentaba una especie de compasión al saber que no tenía un céntimo; buscaba una fórmula que le permitiera dulcificar la expresión de esta cruel verdad. Decir: “Ha perdido usted a su padre”, no era nada. Los padres mueren antes que los hijos. Pero en la frase: “Se halla usted sin recursos de ninguna especie”, está condensado todo el infortunio de la tierra.

El dinero se manifiesta más importante que la muerte del propio hermano; más importante es la noticia de estar sin blanca, que tener que transmitir la muerte de un padre a su sobrino. Un sobrino nada apreciado, sobre todo, por su ruina y su desgracia. Balzac aprovecha la oportunidad para opinar y centrar el núcleo de la novela:

Los avaros no creen en una vida futura, el presente lo es todo para ellos. Esta consideración, proyecta una horrible claridad sobre la época actual, en la que, más que en cualquier otro tiempo, el dinero domina las leyes, la política y las costumbres. Instituciones, libros, hombres y doctrinas, todo conspira para minar la creencia en una vida futura, sobre la cual está apoyado el edificio social desde hace mil ochocientos años. Ahora, el féretro es una transición poco temida. (…) El pensamiento general es llegar por fas o por nefas al paraíso terrenal del lujo y de los goces vanidosos, petrificarse el corazón y macerarse el cuerpo (…). Cuando esta doctrina haya pasado de la burguesía al pueblo, ¿qué será del país?

La lectura no resulta solitaria. De continuo uno va leyendo rodeado por un mar de murmuración, por el cotilleo y rumor de un pueblo que vive cada suceso en la casa Grandet, dividido entre cruchotinos y grassinistas, es decir, por los apellidos de las dos familias pretendientes de Eugenia, los Cruchote y los de Grassins. Sorprendentemente, Balzac adelanta parte de la trama cuando identifica un grupo nuevo: los que pensaban que Grandet no entregaría a su hija ni a una ni a otra familia, sino a algún par de Francia. Y llegará un par, el mencionado sobrino Charles, con los lujos puestos, enamorando a Eugenia, pero sin herencia. ¿No suena, una vez planteada la circunstancia privilegiada del dinero, al antiguo y permanente “amor imposible” literario? Es el Charles hundido, dolorido, el que encandila a Eugenia:

Es posible también que la desgracia le hubiese acercado a ella. Charles ya no era el joven rico y guapo, colocado en una esfera que para ella resultaba inasequible, sino pariente sumido en una espantosa miseria. La miseria origina la igualdad. La mujer tiene de común con el ángel que los seres que sufren le pertenecen.

El mismo Charles que el señor Grandet no quiere cerca de su hija, enviado a las Indias a rehacer su fortuna. Sin dinero, mal partido para Eugenia. Y de nuevo, emerge la generosidad de Eugenia regalando su dinero al primo que marcha sin fortuna, pero con promesas de amor eterno. Como es de esperar, a cada golpe de generosidad, responde dialécticamente en la novela, un golpe de avaricia. Sobre Eugenia cae un encierro por castigo, salvado al final por la muerte, primero de su madre y después, inesperadamente, por la de su padre. Eugenia tiene ahora las riquezas del avaro, pero no tiene su espíritu -tan sólo conservará lo que se ha hecho costumbre-. Balzac se ha ocupado de señalarlo unas páginas antes:

Así fue como el padre y la hija habían contado cada cual su fortuna; él, para ir a vender su oro, Eugenia, para lanzar el suyo a un océano de afecto.

Ella es capaz de entender la utilidad del dinero en la caridad, frente a un nuevo antagonista: su propio amor Charles, a la caza de mujer por interés económico, ignorando, irónicamente, la nueva situación de aquella Eugenia a la que juró su amor.

El estilo realista de Balzac se aprecia en esta novela, fundamentalmente, en dos puntos: el didactismo moral, por el que para algunos se justifica que, siendo el tacaño tonelero el carácter más fuerte de la novela, sin embargo ésta lleve por título el nombre de la hija; por otro lado, la presentación de personajes “estandar”, universalmente válidos, una vez más, sobre todo, entre padre e hija. La avaricia del señor Grandet tiene tal presencia a lo largo de toda la novela que es casi imposible no recordar el, hasta entonces, mayor avaro de la literatura francesa: el Harpagon de la comedia de Molière. Sin embargo, en Balzac, la avaricia convive con su prima hermana: la codicia de una buena parte de los personajes, incluído el propio señor Grandet. Son dos rasgos de la pescadilla y su cola: el avaro que hace por no gastar nada de lo que codiciosamente acumula, símbolo de la burguesía. Ese es precisamente el marco de la novela, razón por la que el señor Grandet se extiende por sus páginas como fondo de la desventura de Eugenia, frágil contrapeso de la balanza frente a avaros y codiciosos. Eugenia, no me cabe duda, es símbolo de un pueblo que, sin estar envilecido, corre el riesgo de venderse a la visión burguesa de un egoísta Grandet “amasafortunas” -recordemos las palabras de Balzac de líneas antes sobre el futuro del país si el pueblo se empapara de la doctrina burguesa que nos muestra en la novela.

Quepa añadir que, si bien Eugenia se casará y será viuda del heredero de los Cruchot, los que apostaron por él -los cruchotinos- no acertaron: el señor Grandet, que jugó con las intenciones de las dos familias en lucha por la mano de Eugenia, jamás entregó la mano de su hija -¿más avarcia?-. Murió como el más rico del cementerio, como solemos decir, y su fortuna terminó por emplearse debidamente por una heredera que perdió todo lo demás.

Héctor Martínez

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El impostor, de Javier Cercas

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El año pasado leímos todos los grupos Las leyes de la frontera y este trimestre (muy marcado en nuestra biblioteca por el recuerdo de las víctimas del Holocausto, con una excursión incluida para ver el campo de Gurs en compañía de Josu Chueca) leeremos “El impostor”, la última obra de Javier Cercas. Aquí podéis leer una entrevista publicada en La Vanguardia donde habla de esta obra. Podéis ver el programa que le dedicó Pagina2. Y este el artículo (realmente interesante) de Justo Navarro en Revista de Libros.

José Carlos Mainer escribió esto en El País:

En un attacco espléndido, el autor confiesa que esta es una novela que ha querido y no querido escribir, que temía y deseaba a la par. De hecho, se habla de ella, de El impostor, tanto como de su personaje principal, el falsario Enric Marco. Y resulta tan protagonista el uno como la otra, y como quizá lo sea también el mismo autor que busca manufacturar con probidad su relato. Escribir —cuando se trata de la vida real— es un gozo (al que Cercas no renuncia, afortunadamente para sus lectores), pero también una maldición. Y no es la primera vez que el autor la percibe… En este libro reconoce, con buen humor, el malestar psíquico de haber escrito Anatomía de un instante, su indagación sobre el 23 de febrero de 1981. Al acabar Soldados de Salamina sintió el vértigo de su propio éxito y lo purgó en las tensas páginas de La velocidad de la luz. Y en el camino de El impostor escribió Las leyes de la frontera —con más ficción, claro, que verdad— para expulsar de sí unas sombras que le hablaban de una posible —aunque remota— opción de haber sido otro.

También en esta novela el narrador teme ser muy parecido a su personaje. Enric Marco —se recordará— fue un significado y veterano anarquista de los años de la Transición que en los noventa compareció públicamente como un sobreviviente del campo de concentración alemán de Flossenbürg; se convirtió así en un incansable paladín del recuerdo del Holocausto, y en 2005 —justo cuando iba a intervenir en una celebración en el campo de Mauthausen, como representante español de las víctimas, en presencia del presidente Rodríguez Zapatero— fue desenmascarado. El caso fue motivo de escándalo farisaico en todo el mundo, que suele ser la mejor manera de quitarse de encima lo que nos perturba. En un diálogo imaginario (que recuerda poderosamente el capítulo de Niebla, de Unamuno, donde el protagonista visita a su creador en su despacho), Marco retrata a su “escritor” como “un pequeño burgués neurótico y débil, con la conciencia remordiéndole siempre”, pero que al cabo se lucra también de sus personajes: “¿No ha tenido usted más de una vez la sospecha de que era yo el que había vivido lo que había vivido y había inventado lo que había inventado sólo para que usted lo contase?” (páginas atrás, el filólogo Cercas, que ha leído muy bien a Cervantes, ha sospechado lo mismo y remeda al autor de El Quijote: “Para mí sólo nació Enric Marco y yo para él; él supo obrar y yo escribir, sólo los dos somos para en uno”). ¿Qué ha pretendido, en definitiva?, se pregunta. “Salvarle”, se dice más de una vez, pero ¿qué es salvar a alguien? ¿Lo que dice la escatología cristiana o la unamuniana? ¿Ejercer la superioridad moral sobre otro y, de ese modo, “quiere salvarme para salvarse usted”, como dice Marco?

Aquel coriáceo nonagenario es un Narciso en el sentido que Ovidio dio a la fábula mitológica: no se enamora de sí mismo, sino que precisamente evita conocerse como es y así prefiere inventarse de otra manera. “Se apropiaba del pasado ajeno o se incrustaba en él”, leemos. Y es que puede que haga como Leonard Zelig, el personaje del filme de Woody Allen, que se trasmutaba físicamente en los seres que le rodeaban, así fueran los secuaces de Adolf Hitler, unos rabinos judíos o unos negros de Harlem, para que le aceptaran todos. Cuando Cercas ha titulado la primera parte de su novela ‘La piel de la cebolla’ quizá ha pensado involuntariamente en el título que Günter Grass dio a sus memorias, Pelando la cebolla, donde confesó su paso adolescente por las SS. Y es que, al pelar el apretado bulbo de la memoria, Grass comprobó que afluyen “palabras demasiado tiempo evitadas, y también arabescos, como si algún traficante en secretos, desde joven, cuando la cebolla todavía germinaba, hubiera querido codificarse”. Enric Marco no fue un activo combatiente en la Guerra Civil, ni un resistente que se exilió, ni fue cautivo en un campo nazi, ni militante antifranquista. Estuvo siempre donde estaban todos, con la inmensa mayoría, evitando comprometerse, buscándose la vida, huyendo del pasado. No fue un héroe aunque casi lo ha sido al afrontar su descrédito, al convertir de su “sí” de siempre en un primer pero contundente “no”.

Cumple reconocer que se inventó como héroe en el momento oportuno. “Se inventó una vida cuando todos lo hacían”, escribe Cercas, recordando los años en que España cultivaba el narcisismo colectivo: cada cual falsificaba sus autobiografías y, al cabo, todos los demás, llevados por la “cesión pusilánime al doble soborno” que nos exigen quienes se presentan como víctimas, o como testigos, aceptaron la existencia de la “memoria histórica”, que sólo fue “un sucedáneo, un abaratamiento, una prostitución de la memoria”. Fuimos, en fin, tan narcisistas como Marco y él nos retribuyó con “un relato edulcorado, falaz y desbordante de sentimentalismo”, que sólo cabía tildar de kitsch.

Cercas ha usado una prosa subyugante y acelerada, pero, a la vez, medida al milímetro y tan rítmica y obsesiva como el Bolero de Ravel. Esta novela in fieri vuelve una y otra vez sobre sí misma, pero la repetición de argumentos y citas, su amplificación y refutación, o incluso un cierto desorden, son cosas deliberadas. O no evitadas. Eran la consecuencia natural de trabajar en tres escenarios paralelos: la historia personal de la búsqueda (que nos ofrece ¿creaciones? de personajes reales que son espléndidas: el historiador Bermejo o la pareja de Ferran y Mercé), las reflexiones morales y metaliterarias sobre la escritura (“la literatura es una forma socialmente aceptada del narcisismo”) y, por último, los importantes datos allegados y comprobados de la verdadera y folletinesca vida de Enric Marco.

Con aquella otra vida que se inventó, el protagonista quiso que le quisieran y quizá ha conseguido ahora una parte de esa retribución tardía. A Cercas también le queremos más tras este libro que se lee deprisa y que tarda en olvidarse.

 

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Cuentos de Giovanni Bocaccio

Bocaccio

El lunes 7 de marzo los miembros del club de lectura Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book, nos reuniremos a las 19:30 para charlar sobre estos cuentos de Giovanni Bocaccio.

Os recomendamos el artículo de Carlos García Gual y este otro de Mario Vargas Llosa

Fortuna de Giovanni Boccaccio
A siete siglos del nacimiento de Boccaccio, los escritores y ensayistas Alberto Manguel y Carlos García Gual reivindican no solo su dimensión literaria, sino también la del pensador y el humanista

El escritor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375). / GETTY

La Fortuna, como los contemporáneos de Boccaccio bien sabían, hace que, para la posteridad, nuestra persona sea pocas veces la que nosotros imaginamos. Boccaccio se definió a sí mismo ante todo como poeta, como estudioso de las lenguas, como pensador, y sólo en última instancia como narrador: la ficción le importaba menos que la filosofía y la historia, o le importaba sobre todo como vehículo para la filosofía y la historia.

Fue un precursor iluminado de la gran literatura renacentista, y pudo escribir tanto en el latín de su amado Cicerón como en la nueva lengua toscana que compartió con Dante y Petrarca. Este último fue su maestro y lo incitó a conocer los clásicos paganos, pero Dante fue su ídolo. Como crítico literario, Boccaccio fue uno de los primeros y más astutos lectores de Dante, y el autor de su primera importante biografía, estableciendo el método de lectura de la Comedia (a la cual dio el epíteto de “divina”) empleado aún hoy por los especialistas dantescos, que consiste en analizar el poema canto por canto y verso por verso (antes de su muerte en 1375 sólo llegó a comentar los diecisiete primeros cantos del Infierno). Como lingüista, Boccaccio se convirtió en uno de los más ardientes defensores de la lengua y la literatura griegas en Italia, ufanándose de haber rescatado a Homero para sus contemporáneos. Como narrador, compuso una de las primeras novelas psicológicas, la epistolar Elegía de Madonna Fiametta y también, sobre todo, una de las más entretenidas colecciones de cuentos de todos los tiempos, El Decamerón.

Los herederos de Boccaccio son numerosos y a veces inesperados. En Inglaterra, Chaucer compuso sus Cuentos de Canterbury inspirado en su lectura de El Decamerón, y Shakespeare conoció su Filostrato antes de escribir Troilo y Crésida. Sus Poemas pastorales ayudaron a popularizar en Italia el género que luego retomaron Garcilaso y Góngora en España y su humor, inteligencia y desenfado pueden sentirse en autores tan diversos como Rabelais y Bertold Brecht, Mark Twain y Karel Capek, Gómez de la Serna e Italo Calvino.

Es sorprendente que solo ‘El Decamerón’ haya sobrevivido a la pereza de los lectores

Es sorprendente que sólo El Decamerón haya sobrevivido al descuido y a la pereza de los lectores y si hoy, ocho siglos después de su nacimiento, decimos que Boccaccio es un clásico, es a esa prodigiosa colección de narraciones que el autor debe su fama. El resto de sus notables escritos —desde su revolucionario compendio prefeminista, Acerca de mujeres famosas, hasta su monumental Genealogía de los dioses paganos— han sido mayormente olvidados. Su obra más célebre, El Decamerón, es recordada menos como un gran fresco literario, inmenso retrato de la apasionada y compleja Italia del siglo XIV, que como una recopilación de anécdotas más o menos escabrosas, juzgadas obscenas. Para la mayoría del público, sobre todo para aquellos que no lo han leído, El Decamerón consiste exclusivamente en bromas soeces, adulterios, infidelidades y orgías protagonizadas por campesinos priápicos, aldeanas ninfómanas, nobles insaciables, curas lúbricos y monjas desvergonzadas.

Casi desde su difusión inicial, la censura contribuyó en no poca medida a la celebridad de Boccaccio. El Decamerón fue condenado desde el púlpito, incluido en el Index de la Iglesia católica, tachado de pornografía por las autoridades aduaneras del mundo entero y echado a la hoguera en sitios tan diversos como el sur de Estados Unidos y la China de Mao. Durante el franquismo, audaces libreros vendían a escondidas ejemplares pirateados, empaquetados en papel marrón.

Por supuesto, a pesar de la constreñida lectura de los censores, la calidad erótica de El Decamerón es sólo uno de sus matices, y por cierto no el más importante. Bajo la sombra de la terrible peste que azotó Florencia en el siglo XIV, los cuentos que comparten los diez jóvenes que escapan de la ciudad contaminada son una crónica del mundo en el que viven. Amores, tragedias, embustes, traiciones, amistades fieles, promesas cumplidas e incumplidas, confabulaciones, crisis de fe, subversiones y momentos de epifanía componen un mosaico bullicioso y sobrecogedor en el que la peste que enmarca a los narradores (y a la narración misma) se convierte en una suerte de memento mori, recordándoles a la vez su propia mortalidad y su inescapable condición de seres conscientes en un mundo difícil e injusto. Boccaccio consideraba la Comedia de Dante como la obra literaria más perfecta; componiendo El Decamerón quiso tal vez responder a esa sublime visión ultraterrena con la suya, humildemente arraigada en este mundo.

Shakespeare, Brecht, Chaucer, Góngora o Twain son algunos de sus herederos

Pocos asocian a Boccaccio con la noción de humildad: agreguemos a esta la compasión. En sus diversas obras magistrales, Boccaccio investiga las aventuras y desventuras de personajes imaginarios e históricos, de héroes y seres comunes, y también de los dioses, y en todos ellos el lector siente que Boccaccio se apiada de la condición de todos estos seres.

Hablando de su querido Dante, apunta en uno de sus comentarios que el autor de la Comedia “demuestra compasión no sólo hacia las almas que oye confesarse, sino más bien hacia sí mismo”. Boccaccio entiende que en las almas del otro mundo, Dante reconoce sus propias flaquezas y sufrimientos. Implícita en la alabanza, está la confesión que Boccaccio también se reconoce en sus hombres y mujeres. En la dedicatoria de Acerca de mujeres famosas, Boccaccio pide a la Condesa de Altavilla que se atreva a descubrir en las acciones de ciertas heroínas paganas un ejemplo de su propia conducta. Es una forma de decir que él, su autor, se sabe reflejado en sus criaturas hechas de palabras, palabras que han sobrevivido ocho siglos para servir ahora, en otra época no menos sufrida e injusta que la suya, de necesario espejo a sus nuevos lectores.

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