Víctor Hugo y su viaje por los Pirineos

Victor Hugo

El próximo lunes 7 de mayo a las 19:30 los miembros del club Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book, nos reuniremos para comentar Los pirineos de Víctor Hugo.

Hay algunos comentarios muy interesantes sobre esta obra en el blog Marea literaria

En El Cultural Manuel Hidalgo escribión esto hace cuatro años:

La Pamplona de Víctor Hugo

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Los Sanfermines se celebran en Pamplona bajo la advocación del “santo bebedor” Ernest Hemingway y del potente efecto universal de su novela Fiesta (1926). Pero otros escritores de renombre pasaron por la ciudad y, al margen o no de festejos, dejaron impresas sus observaciones, más o menos favorables –de todo ha habido, como es natural- según la época del viaje y las circunstancias del viajero. A los españoles suelen interesarnos estos juicios, y diría que está por hacer un libro que abarque las observaciones de todos esos visitantes ilustres sobre todas las ciudades visitadas. Tarea ingente, en verdad, en la que ha destacado el recuento de lo dicho por los viajeros románticos ingleses y franceses.

Aprovechando las fechas, traigo aquí un librito mínimo que, siguiendo la costumbre de la editorial Casimiro, es un extracto de una obra de mayor extensión y envergadura. Se trata del titulado Pamplona para la ocasión y recoge las notas que Víctor Hugo (1802-1885) elaboró en forma de diario durante su estancia -¿tres días?- en la capital navarra en agosto de 1843. Lo extractado pertenece al libro Viaje a los Pirineos y los Alpes, publicado póstumamente en 1890 y que podemos leer completo en castellano en la edición de Alhena Media.

Hay que recordar que Víctor Hugo, por el empleo militar de su padre, vivió unos meses de niño en Madrid en 1811 y que siempre conservó un palpable interés –piénsese en sus tragedias Hernani (1830) o Ruy Blas (1838)por la gente, la cultura y la historia españolas.

Procedente de San Sebastián, Hugo llegó a Pamplona por Tolosa en unos días veraniegos de buen tiempo, lo que sin duda contribuyó a que formulara, en términos generales no exentos de matices negativos, una opinión favorable sobre la ciudad –tocada por el guerracivilismo entre carlistas y liberales-, que queda reflejada en una frase relativamente divulgada y que, tal vez, sigue teniendo vigencia ahora mismo: “Pamplona es una ciudad que da mucho más de lo que promete”.

El viajero Hugo se encontró con que había una feria que no le causó gran entusiasmo y que estaban listas las instalaciones para celebrar en los días siguientes unas corridas de toros en la Plaza del Castillo, plaza que, pese a su actual buen predicamento, no le gustó.

Las observaciones de Víctor Hugo tienen interés, pero son bastante limitadas. Habla muy poco de la gente, de sus costumbres y de la vida cotidiana, y se centra, cual turista guía en mano, en las iglesias, en algún palacio, un poco en las murallas y, en lo que un antiguo traductor muy literalmente afrancesado llama “la casa de la ciudad”, o sea, el ayuntamiento –“elegante”- y su célebre plaza.

Incurre el gran escritor en alguna contradicción, pues en un momento habla, sorprendentemente, de que las calles tienen “un no sé qué de vivaracho y luminoso” y más tarde dice que “Pamplona permanece triste y silenciosa todo el día”, si bien al caer el sol –otra sorpresa- “la alegría resplandece”.

Víctor Hugo, como es natural, visitó la catedral, y con sus palabras contribuyó al desprestigio de su fachada y de sus torres, si bien se quedó maravillado por su claustro y por el interior del templo, en el que a las cinco de la mañana fue testigo de una misa oficiada por un anciano y renqueante sacerdote ante una única vieja acurrucada junto a una columna. Esta escena es, desde el punto de vista literario, lo mejor del libro.

Como era habitual en él, Hugo se explaya con breves y no tan breves formulaciones de corte ensayístico en las que vuelca su frondoso pensamiento.

Hay una que tiene una actualidad inevitable. Primero dice: “Todo ser débil tiene derecho a la bondad y a la compasión del ser fuerte. El animal es débil, puesto que es ininteligente. Seamos, pues, buenos y compasivos por él”. Y añade a continuación: “Hay en las relaciones del hombre con las bestias, con las flores, con los objetos de la creación, toda una extensa moral apenas entrevista, pero que acabará por abrirse paso y será el corolario y el complemento de la moral humana. Yo admito las excepciones y las restricciones que son innumerables, pero para mí es cosa cierta que el día en que Jesús dijo: “No hagáis a otros lo que no quisierais os hicieran a vosotros”, en su pensamiento “otros” tenía una acepción inmensa; “otros” iba más allá del hombre y abarcaba el universo”.

He aquí, pues, que Víctor Hugo, en 1843, encuentra un fundamento cristiano y moral para proponer, de forma pionera, el respeto a los animales, a la naturaleza y, en fin, al medio ambiente.

 

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El Abel Sánchez de Miguel de Unamuno

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La tertulia del 9 de abril del club Pasión por los clásicos / pasión por el e-book, la haremos sobre la novela corta Unamuno Abel Sánchez, a la que podéis acceder desde este enlace.

Un estudio académico de la novela podéis encontrarlo aquí. Y José Luis Alvarado hace este comentario en su blog

Este es un resumen que se puede leer en la página web “poemas del alma”

En 1917, el escritor español Miguel de Unamuno dio a conocer una obra enmarcada en el género de la novela que recibió el nombre de “Abel Sánchez” pero se subtituló “Una historia de pasión”.

En este trabajo donde no existen las referencias cronológicas ni geográficas y el lector conoce la trama a través de un narrador, los diálogos entre los personajes y hasta por una confesión, el destacado autor consiguió brindar un panorama completo de lo que la envidia genera en los seres humanos a través de un relato protagonizado por Joaquín Monegro y el carismático y exitoso Abel Sánchez, dos hombres que se conocían desde que tenían uso de razón.

Si bien ambos lograron que su vínculo de amistad surgido en la infancia continuara vigente en todas las etapas de sus vidas, Joaquín nunca pudo evitar sentir envidia hacia su compañero, en especial a partir de la confirmación del casamiento entre él y Helena, una vanidosa muchacha que le quitaba el sueño a Joaquín y que, al convertirse en la esposa de Abel, generó en él una obsesión.

Años más tarde, Joaquín decide casar a su hija Joaquina (fruto de su amor con la dulce Antonia) con Abelín, el descendiente del matrimonio Sánchez. Con el tiempo, la familia se agranda con la llegada de un bebé al que bautizan con el nombre de su abuelo materno pero, pese a ese homenaje, el envidioso hombre, impulsado por el rencor, no deja de sentir ganas de ver destruído a Abel, a quien mata en presencia de su nieto.

Como podrá sospechar más de un lector al leer el argumento y conocer a los personajes involucrados en esta historia, a través de “Abel Sánchez”, Miguel de Unamuno nos ofrece una versión renovada y novelada de la leyenda protagonizada por Caín y Abel.

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Joseph Conrad y La línea de sombra

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La lectura propuesta para el mes de febrero en el club de lectura “Pasión por los clásicos, Pasión por el e-book” es La línea de sombra, de Joseph Conrad. La tertulia la tendremos el 5 de marzo, primer lunes de mes. Conrad constituye uno de esos extraños casos (como Nabokov, como Beckett, y unos pocos más) que llegaron a ser clásicos escribiendo en una lengua que no es la propia.

Podéis acceder al texto desde aquí

Esto es lo que escribe Arturo Pérez Reverte sobre el libro.

“Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud…”

Un aviso previo: ésta no es la mejor novela de Joseph Conrad. Para lectores avezados recomendaría antes Victoria, pues creo que narrativamente hablando es la más equilibrada de sus novelas, o tal vez la monumental Lord Jim (la excelente pero también excesivamente manoseada El corazón de las tinieblas puede dejarse sin problemas para más tarde). Sin embargo, La línea de sombra, historia más bien corta, reflejo de la juventud del propio Conrad cuando obtuvo el mando de su primer barco, es una forma estupenda de iniciarse en el mundo de tan extraordinario narrador. Un relato de apariencia sencilla, una novela corta sobre el mar y los marinos, donde uno y otros son sólo un pretexto, pues de lo que se trata, en realidad, es de contar el paso de la juventud a la responsabilidad y la madurez: la travesía de esa difusa línea de sombra que todo ser humano cruza tarde o temprano en la vida. Como detalle personal, añadiré que hay escritores que dejas atrás una vez fuiste capaz de encontrar en ellos cuanto, según tus limitaciones lectoras, crees que podían darte. Otros autores, sin embargo, envejecen serenamente contigo, a modo de viejos amigos, pues cada vez que relees uno de sus libros encuentras algo que no habías sido capaz de ver antes. Eso me ocurre todavía con el viejo Conrad, a mis 63 años, tras haberlo empezado a leer a los 15, precisamente con La línea de sombra.

Javier Marías escribió este artículo sobre el autor

JOSEPH CONRAD EN TIERRA

Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos. Aunque lo cierto es que no siempre trabajaba en las habitaciones en principio destinadas a ello: hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días. En otra temporada el problema fue indumentario, ya que Conrad se negaba a ir vestido más que con un descolorido albornoz a rayas originalmente amarillas, lo cual era un gran inconveniente cuando se presentaban sin avisar amigos, o bien turistas norteamericanos que decían estar extrañamente de paso.

Lo más grave para la seguridad familiar era, con todo, la inveterada manía de Conrad de tener siempre un cigarrillo en los dedos, por lo general durante pocos segundos, para dejarlo abandonado luego en cualquier sitio. Su mujer, Jessie, se resignaba a que los libros, las sábanas, los manteles y los muebles estuvieran llenos de quemaduras, pero vivió durante años en estado de alerta para evitar que fuera su marido quien se quemara en exceso, ya que Conrad, incluso después de acceder a sus ruegos y adquirir la costumbre de echar sus colillas en una gran jarra de agua dispuesta al efecto, tenía constantes contratiempos con el fuego. En más de una ocasión sus ropas estuvieron a punto de arder por sentarse demasiado cerca de una estufa, y no era raro que el libro que estuviese leyendo se incendiase de pronto por haber entrado en prolongado contacto con la vela que lo alumbraba.

No hace falta decir que Conrad era distraído, pero los principales rasgos de su carácter eran contradictorios, a saber: la irritabilidad y la deferencia. Aunque quizá puedan explicarse recíprocamente. Su estado natural era de inquietud rayana en la ansiedad, y su preocupación por los otros era tan grande que un mero revés sufrido por alguno de sus amigos solía acarrearle un ataque de gota, enfermedad que había contraído de joven en el archipiélago malayo y que lo torturó durante el resto de su vida. Cuando su hijo Borys estaba combatiendo en la Guerra del 14, su mujer, Jessie, llegó una noche a casa tras haber estado ausente todo el día y fue recibida por una criada llorosa que le informó de lo siguiente: el señor Conrad había comunicado al servicio que habían matado a Borys y llevaba horas encerrado en la habitación del hijo. Sin embargo, añadió la criada, no había llegado ninguna carta ni telegrama. Cuando Jessie George Conrad subió con las piernas temblorosas y se encontró a su marido demudado, y le preguntó por su fuente de información, éste respondió ofendido: “¿Acaso no puedo tener presentimientos, igual que tú? ¡Sé que lo han matado!” No mucho más tarde Conrad se calmó y se quedó dormido. Falló su presentimiento, pero al parecer, cuando la imaginación se le desataba no había forma de detenerla. Estaba siempre en un estado de extrema tensión, y de ahí venía su irritabilidad, que apenas podía controlar y que sin embargo, una vez pasada, no le dejaba huella ni tan siquiera recuerdo. Cuando su mujer estaba dando a luz a su primer hijo, el mencionado Borys, Conrad daba vueltas agitado por el jardín de la casa. De pronto oyó berrear a un niño, e indignado se acercó a la cocina para ordenarle a la criada que tenían entonces: “¡Haga el favor de despedir a ese niño! ¡Va a molestar a la señora Conrad!”, le gritó. Pero al parecer la criada le gritó a él con aún mayor indignación: “¡Es su propio niño, señor!”

Tan irritable era Conrad que cuando se le caía la pluma al suelo, en vez de recogerla al instante y continuar, dedicaba varios minutos a tamborilear exasperado sobre la mesa a modo de lamento por el accidente. Su carácter fue siempre un enigma para los que lo rodearon. Su excitación interna lo llevaba a mantener a veces largos silencios, aun en compañía de amigos, quienes aguardaban pacientemente a que retomase la conversación, en la que, por lo demás, era animadísimo, con una increíble capacidad para narrar oralmente. Cuando lo hacía, cuentan que su tono era semejante al de su libro de ensayos El espejo del mar, más que al de sus relatos o novelas. Con todo, lo más frecuente era que al cabo de uno de esos interminables silencios, en los que parecía rumiar, brotara de sus labios alguna pregunta insólita que nada tenía que ver con lo hablado hasta entonces, por ejemplo: “¿Qué opináis de Mussolini?”

Conrad usaba monóculo y no le gustaba la poesía. Según su mujer, en toda su vida sólo dio su aprobación a dos libros de versos, uno de un joven francés cuyo nombre ella no recordaba, y otro de su amigo Arthur Symons. Aunque también hay quien asegura que le gustaba Keats y que detestaba a Shelley. Pero el autor que más detestaba era Dostoyevski. Lo odiaba por ruso, por loco y por confuso, y la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. Era un devorador de libros, con Flaubert y Maupassant a la cabeza de sus admirados, y tanto gusto tenía por la prosa que, mucho antes de pedir en matrimonio a la que sería su mujer (es decir, cuando aún no había mucha confianza entre ellos), apareció una noche con un paquete de hojas y propuso a la joven que le leyera en voz alta algunas páginas, pertenecientes a su segunda novela. Jessie George obedeció, llena de emoción y temor, pero el nerviosismo de Conrad no colaboraba: “Sáltate eso”, le decía. “Eso no importa; empieza tres líneas más abajo; pasa la página, pasa la página.” O bien, incluso, la reñía por su dicción: “Habla claramente; si estás cansada, dilo; no te comas las palabras. Los ingleses sois todos iguales, hacéis el mismo sonido para todas las letras”. Lo curioso del caso es que el exigente Conrad tuvo hasta el fin de sus días un fortísimo acento extranjero en la lengua que, como escritor, llegó a dominar mejor que nadie en su tiempo.

Conrad no se casó hasta los treinta y ocho años, y cuando por fin, tras varios de amistad y trato, hizo su proposición, ésta fue tan pesimista como algunos de sus relatos, ya que anunció que no le quedaba mucha vida y que no albergaba la menor intención de tener hijos. La parte optimista vino a continuación, y consistió en añadir que sin embargo, tal como era su vida, creía que él y Jessie podrían pasar juntos unos cuantos años felices. El comentario de la madre de la novia tras su primera entrevista con el pretendiente estuvo en consonancia: dijo que “no acababa de ver por qué aquel hombre quería casarse”. Conrad, no obstante, fue un marido delicado: no faltaban las flores, y cada vez que terminaba un libro, le hacía a su mujer un gran regalo.

Pese a haber perdido a sus padres a edad temprana y guardar pocos recuerdos de ellos, era un hombre preocupado por su tradición y sus antepasados, hasta el punto de lamentar más de una vez que un tío-abuelo suyo, a las órdenes de Napoleón durante la retirada de Moscú, se hubiera visto tan acuciado por el hambre como para haberle puesto momentáneo remedio, en compañía de otros dos oficiales, a costa de un “desdichado perro lituano”. Que un pariente suyo se hubiera alimentado de carne canina le parecía un baldón del que indirectamente, por cierto, culpaba a Bonaparte en persona.

Conrad murió bastante repentinamente, el 3 de agosto de 1924, en su casa de Kent, a los sesenta y seis años. Se había encontrado mal el día anterior, pero nada hacía presumir su inminente muerte. Por eso, cuando le llegó, estaba solo en su habitación, descansando. Su mujer, en el cuarto de al lado, le oyó gritar: “¡Aquí… !”, con una segunda palabra ahogada que no distinguió, y luego un ruido. Conrad había caído desde su sillón al suelo.

Del mismo modo que le hubiera gustado borrar el episodio lituano de su tío-abuelo, Conrad solía negar, en sus últimos años, que hubiera escrito ciertas piezas (artículos, cuentos, capítulos redactados en colaboración con Ford Madox Ford) que eran suyas sin lugar a dudas y que incluso habían sido publicadas con su nombre. Aun así, decía no recordarlas y negaba. Y cuando se le mostraban manuscritos y se le probaba que las páginas en cuestión se debían irrefutablemente a su pluma, entonces se encogía de hombros, uno de sus gestos más característicos, y se sumía en uno de sus silencios. Cuantos lo trataron coinciden en afirmar que era un hombre de una gran ironía, aunque de una clase que sus adquiridos compatriotas ingleses no siempre captaban, o quizá no entendían.

Javier Marías

(Claves de la razón práctica, núm. 3, junio de 1990. Recogido en Javier Marías, Vidas escritas, Siruela, Madrid, 1992, y Círculo de Lectores, Barcelona, 1996. Reeditado por Alfaguara, Madrid, 2000, y Punto de lectura, Madrid, 2002).

Cine

En 1976 Andrzej Wajda dirigió la película “La línea de sombra”, una coproducción británica-polaca basada en la novela de Joseph Conrad; con Marek Kondrat, Graham Lines, Tom Wilkinson en los principales papeles. Wajda lo considera uno de sus filmes fallidos.

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Una habitación propia, de Virginia Woolf

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Para la tertulia del próximo mes (para el segundo lunes de enero de 2018), proponemos la lectura de un clásico del feminismo: Una habitación propia, de Virginia Woolf En estos momentos hay en cartelera una obra de teatro inspirada en este libro. Para una breve biografía de Virginia Woolf, podéis leer este artículo.

En este blog podéis encontrar interesantes líneas para un debate sobre el libro. Y también en este artículo publicado en el diario.es

Un buen resumen del libro es el que propone Juan Miguel López León en Vavel:

Virginia Woolf fue la escritora que abrió el camino a otras muchas mujeres feministas a seguir escribiendo. Se puede considerar que marca el camino y las pautas a seguir puesto que de las obras posteriores a Virginia Woolf de la critica feminista han seguido un modelo muy similar al suyo ya que en obras como SexPolitcs de Kate Millet está dividida en tres partes en las que se centra en las relaciones de poder de los sexos, las raíces históricas y las consideraciones literarias. Otras como Literary Women de Ellen Moers intenta de nuevo describir la historia de las mujeres y la tradición principal masculina. En The Madwoman in the Attic de Sandra M.Gilbert y Susan Gubar realiza un conjunto de estudios sobre las principales escritoras del siglo XIX. Se puede decir que de cada una de las ideas principales de la obra Una habitación propia, surgió un libro especializado de cada idea.

Las ideas fundamentales

Virginia Woolf en su libro Una habitación propia hace un resumen a lo largo de la historia del papel de la mujer en la literatura, no de las mujeres y lo que parecen, ni de las mujeres y de lo que escriben, ni de lo escrito sobre ellas, sino una combinación sobre las tres cosas a través de sus vivencias personales y estudios.

En el primer capitulo señala las diferencias sustanciales que existe a la hora de la educación entre los hombres y las mujeres como por ejemplo que ella no puede entrar a la biblioteca de la universidad si no esta acompañada con un profesor del colegio o provistas de una carta de presentación. Otro ejemplo son los comedores universitarios; ellos cenaban con vino, lenguados, perdices con salsas y ensaladas y  patatas, mientras que ellas sopa sencilla y carne de un mercado borroso, bizcochos y queso y para beber agua. Las diferencias en las dietas son causa de conversaciones más o menos animada según la autora, pero el principal problema es la pobreza de las mujeres, ya que todo el dinero era obtenido y dado a los hombres, por lo que los hombres invertían dinero en hombres y no en mujeres.

En el capitulo segundo la conclusión a la que llega es que en todas partes hay hombres opinado sobre mujeres y opinando cosas distintas ya que durante su visita al Museo Británico, se fija en la gran cantidad de libros escritos por hombres sobre las mujeres (piensa que de leerlos todos tardaría 200 años), algunos frívolos y burlones , serios y proféticos o morales y amonestadores.

En el tercer capitulo se basa en las condiciones que vivían las mujeres, no a través de los siglos, sino en Inglaterra en el tiempo de Elizabeth ya que es un problema que ninguna mujer escribiera una palabra de esa extraordinaria literatura. La verdad se debe a que aunque en la literatura es tratada como una diosa la realidad es bien distinta ya que como señalaba el profesor Trevelyan a la mujer la encerraban con llave, la castigaban y la tiraban por el suelo. Si Shakespeare hubiese tenido una hermana tan extraordinaria como fue él opina que jamás hubiese tenido fama, ya que antes de los veinte hubiese sido comprometida, los hombres se reirían de ella y al quedarse embarazada abandonaría. Opina que muchos de los poemas anónimos escritos en la época bien podrían haber sido escritos por una mujer.

En el cuarto capitulo hace un recorrido a lo largo de las mujeres escritoras como Lady Winchelsea, Margaret of Newcastle o Apra Behn. Resalta la gran actividad intelectual que las mujeres revelaron hacia finales del siglo XVIII, ya que podían hacer dinero escribiendo. La mujer de clase media empezó a escribir y la literatura femenina no se concentró en la simple aristocracia encerrada en su casa de campo entre adulterios. Ya en el siglo XIX hay estantes dedicados a obras escritas por mujeres, principalmente novelas porque las mujeres nunca tienen el tiempo necesario para concentrarse sin ser interrumpidas, por lo que componer poesía era mas complejo que escribir novela. Critica la literatura radical femenina ya que considera que no saca lo mejor de la autora, sino que toda su frustración.

En el capitulo quinto  observa que en el estante de autores vivos se encuentra todo tipo de libros escritos por mujeres, ya que aunque predominan las novelas , existen libros sobre arqueología griega , de estética , sobre Persia, poemas, dramas , biografías , libros de viajes, de erudición, de investigación etc..Ya la mujer es mucho más compleja y diversa. Mary Carmichel la considera pieza fundamental en este cambio ya que los hombres ya no eran para ella “el partido contrario”, no necesitaba perder su tiempo injuriándolos, no tenía que subir a su azotea para anhelar viajes, experiencias y un conocimiento del mundo y de los caracteres que le habían sido negados. El temor y el odio habían casi desaparecidos.

En el sexto y ultimo capitulo se llega a las conclusiones de la autora, en ella considera que “el estado normal y placentero es cuando están en armonía los dos (hombres y mujeres), colaborando espiritualmente. Hasta en un hombre, la parte femenina del cerebro debe ejercer influencia; y tampoco la mujer debe rehuir contacto con el hombre que hay en ella. Quizá una mente del todo masculina no puede crear, como tampoco una mente femenina. Quizá la inteligencia andrógena propende menos a esas distinciones que la inteligencia de un solo sexo”.

El concepto de androginia

El concepto de androginia provocó un fuerte rechazo en feministas tan destacadas como Elaine Showalter quien en A Literature of Their Own en 1977 afirma que la androginia era en realidad un mito que le ayudaba a Woolf  a evitar un enfrentamiento con su propia feminidad desgraciada y que le impelía a aparcar su ira o ambición.

Kristeva llega a recuperar el concepto de androginia, rechazando tanto el feminismo de la igualdad como el de la diferencia y propugnando una superación de la dicotomía masculino/ femenino, sin embargo sus teorías tuvieron en seguida un eco negativo en el ámbito feminista. Carolyn Heilburn se niega admitir que las mujeres deseen la androginia mientras que Michéle Barret, desde una perspectiva marxista, separa lo estético (la androginia) de lo político.

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El festín de Babette de Isak Dinesen

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Para la próxima tertulia del club de lectura Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book que tendrá lugar el 11 de diciembre a las 19:30. Os invitamos a descubrir (o revisitar) a una autora única, la danesa Isak Dinesen. Os proponemos leer el relato El festín de Bebette. Y las primeras páginas de su obra más conocida: Memorias de África

La crítica más exigente y los grandes escritores siempre han sentido predilección por esta autora. Solo hay que echar un vistazo a algunos de los artículos escritos por Vicente Molina Foix , José María Guelbenzu, Javier Marías, Lourdes Ventura

La gran danesa

Adoptó un nombre de varón para que publicaran su primer libro de relatos, rechazado por demasiados editores. Cambió varias veces de nombre, viajó al Africa y, de regreso a su país natal, escribió una novela que la haría célebre por la película Africa mía. La danesa Isak Dinesen es un tesoro oculto: detrás de films y seudónimos, escribió una obra gótica, intimista y frondosa. Acaban de aparecer sus Cuentos reunidos, un volumen de casi mil páginas que incluye el fascinante La fiesta de Babette, otro de sus “grandes éxitos” en las salas de cine.

 Por Juan Pablo Bertazza

Algunos escritores se convierten con el tiempo en una especie de sombra detrás de sus obras literarias más rutilantes. Escritores fantasma de sus propias creaciones, parecen no tener un nombre propio sino ser la respuesta poco escuchada de una pregunta formulada sin atención: ¿de quién es el libro en el que está basada tal película? Entre todos esos escritores que no llegan a los lectores por sus páginas sino por sus películas, hay una verdadera reina madre llamada Isak Dinesen, con tres películas célebres: Una historia inmortal, filmada por el gran Orson Welles en 1968; La fiesta de Babette, obra cumbre en la relación entre literatura y gastronomía; y Africa mía, un film muy exitoso en términos comerciales, dirigido por Sydney Pollack y protagonizado nada menos que por Meryl Streep y Robert Redford, todas basadas en novelas y cuentos de Dinesen. Lo raro es que además de estas películas que terminaron por eclipsar sus libros y su propia personalidad, se esconde una vida apasionante, una mujer fatal llena de experiencias y engaños y, sobre todo, una identidad con varios nombres.

Karen Blixen se llamaba, en realidad, Karen Dinesen, pero llegó a ser conocida como escritora, y sobre todo admirada por personalidades de la talla de Truman Capote y Hemingway –quien al ganar el Nobel mintió diciendo que se hubiera sentido mejor si se lo daban a ella–, por su seudónimo literario, Isak Dinesen. Su padre, el militar y escritor Wilhelm Dinesen, se suicidó, aquejado de sífilis, cuando ella tenía sólo diez años. “Los ermitaños” se llamó el primer relato que publicó, en una revista danesa. En 1914, Dinesen se convierte en la baronesa Karen Blixen al casarse con el barón Bror Blixen-Finecke, que era hijo del primo de su propio padre. Juntos viajaron a Kenia, país en el cual cultivaron café y fue una relación difícil que le permitió a Dinesen aprender algunas lenguas indígenas, y también imaginar varias de sus historias, especialmente su novela más conocida, Memorias del Africa. Pero entre cultivo y cultivo, entre historia e historia, Dinesen mantuvo una relación de alto voltaje con un cazador que murió en un accidente aéreo en 1931. Se puede pensar que, a partir de ese incidente –la pérdida del amor que, en rigor, nunca se tuvo–, le sirvió a la autora como matriz de lo que iba a ser el libro de relatos con el que logró alcanzar la fibra literaria, la obra que la relanzaría como (otra) escritora tras los fracasos de su juventud. En Siete cuentos góticos (1934), Dinesen actualiza y reescribe todos los temas que obsesionaron a los románticos ingleses del siglo XVIII: las abadías, la muerte, el erotismo, las ruinas medievales, las tempestades y los fantasmas. Escrito apenas volvió a poner sus pies en Dinamarca durante dos años de encierro total, la historia de este libro es, al mismo tiempo, la historia de su marca de estilo. Al encontrarse con que tanto los editores daneses como los ingleses rechazaban el libro, ella decidió mandarlo a los Estados Unidos bajo un nombre masculino, Isak (cuyo significado bíblico es “aquel que hará reír”), como si esas historias truculentas no pudieran provenir de una pluma femenina; como si tanta densidad no fuera sino fruto de la ironía. El relato que brilla en estos cuentos de luz tenue es, sin lugar a dudas, “El mono”, en el cual terminan coincidiendo las historias de un mono supuestamente apacible y mimado donado por un explorador, y la de la virgen priora de un convento luterano que intenta convencer a una joven de casarse con un familiar suyo.

Cuando tras el éxito arrollador de Memorias de Africa todos esperaban que cayera en una irreversible locura, Dinesen sorprendió a propios y extraños con su segundo volumen de relatos, Cuentos de invierno (1942), publicado durante la ocupación alemana en Dinamarca; ahí abandonaba el gótico y la tragedia para explorar una temática casi bucólica, en especial los paisajes de su tierra natal. Luego llegarían los Ultimos cuentos que, siguiendo las bifurcaciones y engaños de la autora, no fueron los últimos relatos escritos, ni los últimos publicados, pero sí constituye el intento frustrado de armar una novela en torno del califa Haroun al Raschid de Las mil y una noches.

Anécdotas del destino es algo así como un manojo de textos que había descartado de los libros anteriores o que había publicado en revistas dispersas, pero que cuenta con esa genialidad que es La fiesta de Babette. A una pequeña villa de Dinamarca del siglo XIX en la cual conviven dos hermanas religiosas, infelices, que no se animaron a conocer el amor, y a las que se les pasó claramente su cuarto de hora, llega una refugiada francesa a pedir asilo y se termina convirtiendo en su cocinera. Cuando gana la lotería, y todos se lamentan con su partida, ella sorprende a todos realizando una cena lujosa, exquisita, casi hereje, casi obscena que primero asusta a los formales miembros de esa comunidad religiosa, pero luego los fascina.

Más allá de las citas directas, indirectas y oblicuas a esa obra cumbre de la literatura mundial, Isak Dinesen es, sin lugar a dudas, la escritora que mejor aprendió la lección de Las mil y una noches: “Cuando el narrador es fiel, eterna e inquebrantablemente a la historia, al final es el silencio el que habla”, dice uno de los personajes de “La página en blanco”. Casi todos sus relatos presentan la estructura de muñecas rusas: multitudinarias historias que nacen como plagas benditas al costado de cada aclaración, de cada adjetivo, y que se van enhebrando unas con otras recién hacia el final. Como una pincelada que, casi al descuido, termina de iluminar el significado del gran mural.

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Marguerite Yourcenar y Alexis

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La tertulia del 6 de noviembre del club “Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book” será sobre el texto de Marguerite Yourcenar: Alexis o el tratado del inútil combate, (que podéis descargar desde aquí)

Para poneros en situación os recomendamos la lectua de este artículo de Lourdes Ventura o este de Teo Sanz en eldiario.es.

A continuación transcribimos un artículo del poeta Juan Antonio González Iglesias aparecido en El País

Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos).
Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos). Foto: JP Laffont / Corbis

La conversión de la realidad en literatura es uno de los más curiosos empeños del ser humano. Por eso mismo es uno de los rasgos que nos definen como humanos. Y fue el principal empeño de Marguerite Yourcenar. El laberinto del mundo conforma una monumental autobiografía a la que dedicó quince años de escritura, los últimos de su vida. El primer volumen de la trilogía, Recordatorios, vio la luz cuando su autora estaba a punto de cumplir los setenta años. El segundo, Archivos del Norte, cuando se acercaba a los ochenta. Y el último, ¿Qué? La eternidad, se publicó póstumo e inconcluso. En esta evocación general de su pasado se cumple la tendencia general de Marguerite Yourcenar a ser más una narradora que una novelista: una narradora que pone al día la antigua tarea de hacer poética la realidad. La primera frase, “el ser humano al que llamo yo”, va más allá de una sorprendente perífrasis. Con ese principio prodigioso inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”. A la manera de su admirado Borges, Yourcenar se deja llevar por el sueño cervantino y el quijotesco con todas las consecuencias.

Si lo pensamos bien, Marguerite Yourcenar es en realidad un personaje literario inventado por Marguerite de Crayencour cuando modificó su apellido real por un anagrama lleno de consecuencias. Al elegir un apellido “por el placer de la Y” se conectó con un linaje cultural, que tiene su origen en Grecia. Al mismo tiempo, dio el primer paso para desvincularse definitivamente de su familia de sangre. Yourcenar acabó siendo su apellido legal. Cuando escribe El laberinto del mundo, el universo de la escritora ha dado un giro completo: ahora Marguerite de Crayencour es el personaje literario de Marguerite Yourcenar. Las nociones narratológicas son ya muy precisas: la narradora es M. Y. Su protagonista es M. de C. Naturalmente, todo esto no se reduce a un juego. Quijotesca, más que cervantina, es esta apuesta para cambiar el mundo con lo que uno ha leído y con lo que uno mismo escribe. Cambiar el mundo con la literatura.

En una autora que estuvo influida por Gide y por Montherlant, nos encontramos con una obra final bajo el signo de Proust. El laberinto del mundo es su búsqueda del tiempo perdido. El más mínimo recuerdo, suyo o de cualquiera de sus familiares o informantes, desata un relato por el que merece la pena extraviarse, hasta llegar al origen del mundo en una retrospección colosal. Pugnan en el relato general dos conceptos del tiempo antagónicos: el lineal y el circular. Lineal, porque las palabras se suceden como el agua que fluye, por utilizar otro título yourcenariano. Pero una fuerte circularidad tiende a que todo retorne. Es el tiempo cíclico de los orientales, pero también el de nuestros antiguos griegos y romanos. Ahí se encuentra la clave de una de las últimas escritoras que merecen realmente la calificación de humanista: el pasado grecolatino, Oriente, especialmente Japón, y el Renacimiento. Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Al principio de Archivos del Norte cita dos versos célebres de Homero: “¿Por qué me preguntas por mi linaje? Como la generación de las hojas, así la de los hombres”. En ellos se resume la visión pagana del mundo: el paso del tiempo no es ni bueno ni malo. Los seres humanos se suceden como las hojas que caen cada otoño y renacen cada primavera.

Los archivos en un sentido muy amplio contaban con una realidad casi literaria, en la que se englobaba todo lo que ya estaba escrito sobre esa región y sobre su propia familia. En los datos familiares entra todo tipo de textos: la familia paterna es muy consciente de su posición en el mundo, editaba un boletín interno con sus noticias propias, y contaban con datos de todo tipo, anotados por distintos parientes. Todo, desde los archivos más grises hasta los apuntes más humildes de su madre, es leído poéticamente por Yourcenar. Por eso, al dibujar el trazo último de uno de sus tíos, cambia la expresión habitual “de piadosa memoria” por otra nueva, polivalente y despejada, más acorde con el retratado: “De poética memoria”.

La frase “el ser humano al que llamo yo” inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”

Ya los patricios romanos solían escribir sus memorias como una contribución a la historia futura. Yourcenar aplica una doble paradoja. En primer lugar, estos relatos se orientan hacia la novela, no hacia la historia. La narradora no duda a la hora de atribuir a sus personajes pensamientos, sueños o palabras sin documentar. Y —ésta es la paradoja más curiosa— los miembros de la familia de Yourcenar ya han sido protagonistas de sus novelas anteriores. Por poner sólo un ejemplo, la pareja formada por Jeanne y Egon inspiró la primera novela de Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate, y otra posterior, El tiro de gracia. Uno de ellos maneja para otros asuntos el título mismo de El laberinto del mundo. Sin embargo en esta autobiografía es cuando los conocemos de verdad. A cambio, la propia Yourcenar se inscribe en su propia obra de ficción: “Me gustaría tener por antepasado al imaginario Simon Adriansen de Opus Nigrum”. Unos años más tarde, encontraremos en el epitafio de la escritora unas palabras de esa novela suya. En resumen: todos los materiales biográficos recogidos no se destinan a la historia futura, sino a la ficción pasada.

Esta mujer lúcida se autorretrata inscrita “en las coordenadas de la Europa cristiana y del siglo XX”, que en gran medida siguen siendo las nuestras. Contempla, de cerca y de lejos, la Primera Guerra Mundial y vislumbra los horrores siguientes. No obstante, le cuesta olvidar que perteneció a otro mundo. Un mundo presidido por la cortesía. Todos o casi todos se hablan de usted, incluso los miembros de un matrimonio. Yourcenar es la mujer que sólo tuteó a tres personas en su vida. En su mundo perdido los personajes son aludidos elegantemente por sus iniciales. Se habla de la vida “en provincias” como categoría literaria. Se llama “el siglo” al tiempo. Se distinguía el latín de sacristía del latín del bachillerato. El homoerotismo masculino y el femenino constituyen regalos preciosos, igual que la iniciación sexual temprana, porque todo lo relacionado con el cuerpo es natural.

Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”, dice la escritora. Puesto que tiende a comportarse como sus personajes, hay que entender simbólicamente algunas de sus explicaciones. En cierta ocasión su padre conversa con un cura. “Más que confesarse lo que hace es contar su vida”. También ella, en este juego de paradojas, más que contar su vida lo que hace es confesarse. A la manera de las Confesiones de Agustín, de los Ensayos de Montaigne, de los Diarios de Stendhal.

Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”

Lo que en su momento apareció como tres volúmenes sucesivos (tanto en francés como en español) se publica ahora en un solo tomo. Esto supone una edición definitiva, que cumple el proyecto unitario de su autora. Merece una celebración en condiciones. Por eso me atrevo a descender a los detalles, como algunas erratas que deben de haber nacido del escaneado (“aterrarme” en vez de “aferrarme”). Creo igualmente que deberían transcribirse al español los nombres y apellidos que tengan tradición en ello, como Alberto I (y no Albert I), o el príncipe Félix Yusupov (no Youssoupoff). No son un detalle, en cambio, las erratas en la cita de la Ilíada, al principio de Archivos del Norte. Procede del canto VI (no del VII) y la alfa debe ocupar el lugar que le corresponde. Tanto si el lector puede leer aquí los dos versos en griego como si acude a leerlos en Homero, la referencia debe ser impecable. Cuando Marguerite Yourcenar citó a Homero en griego confió en unos ciudadanos futuros capaces, como ella, de transmitir lo mejor del pasado para cambiar el mundo. Probablemente pensó en ciudadanos que pudieran, como ella, leer con soltura los dos idiomas clásicos. Pido, en fin, un índice onomástico, similar al que la editorial incluyó en las Cartas a sus amigos, otro gran volumen con el que comparte muchos personajes. Sería lo lógico en un libro de memorias, cuyos protagonistas son reales, más allá de la leve tendencia a la ficción. Sería bueno poder localizar con facilidad a Julio César o al zar de Rusia, a Robespierre o Goethe. O simplemente el momento en el que la joven Yourcenar se encuentra con el rey Alberto I de Bélgica, en el estreno de una obra de Pirandello. Sería bueno poder rastrear las variadas y esclarecedoras referencias a España, “ese país salvajemente autóctono”.

A El laberinto del mundo le conviene una afirmación de Italo Calvino, según el cual un clásico es un libro que equivale al universo. Marguerite Yourcenar, acostumbrada a comparar lo grande y lo pequeño, escribe: “Los retazos de una vida son tan complejos como la imagen de la galaxia”. También le conviene una teoría de Umberto Eco sobre la línea y el laberinto. Piensa Umberto Eco que es un mérito del pensamiento latino (seamos precisos: del que se formuló en la lengua de Roma) el haber convertido el laberinto en línea. Sólo al cerrar el libro comprendemos que la línea tan nítidamente trazada por Yourcenar no es recta, sino curva.

 

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El amante, de Marguerite Duras

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La primera tertulia del curso 2017 / 2018 para el club de lectura “Pasión por los clásicos / pasión por el e-book” será sobre el libro El amante, de Marguerite Duras. La haremos el 9 de octubre a las 19:30. El libro lo podéis descargar desde este enlace.

Aquí tenéis una guía de lectura.

Y aquí un estudio de Amaya Ortiz de Zárate

En 2006 Octavi Marti publicó este artículo en El País

La joven Duras y la verdad de su amante

Los diarios, escritos en su adolescencia por la autora francesa, revelan sus primeros amor

Creíamos que Marguerite Duras (Saigón 1914-París 1996) lo había contado todo. De su infancia pobre y feliz en Indochina, de su adolescencia dramática en el mismo país, de su difícil juventud, de su compromiso político, de sus amores. Unos cuadernos escritos entre 1943 y 1949 y que permanecían ocultos en un armario desde que el IMEC (Instituto Memorias de la Edición Contemporánea) los heredó en 1995, a la muerte de la escritora, vienen a completar lo que sabíamos y, sobre todo, a cambiar el tono del relato.

Es la editorial POL la que publica las 446 páginas bajo el título Cahiers de la guerre et autre textes. Por ejemplo, para cualquier conocedor de la obra de Duras, la figura de la madre, tal y como aparece en la formidable Un dique contra el Pacífico, es la de una mujer que lucha contra el destino, una heroína desesperada que se enfrenta a las olas del océano como batalla contra la corrupción administrativa. Si recordamos El amante también recordaremos la delicadeza del amante chino, su paciencia de hombre enamorado y el misterio de esa espera. El dolor nos pone ante el regreso, del campo de concentración, de Robert Antelme, antropólogo y escritor también de un único libro, La especie humana. En otros libros Duras nos pone en contacto con el mundo en el que ha vivido una vez acabada la II Guerra Mundial. Se trata de El marinero de Gibraltar o de Los caballitos de Tarquinia que evocan las vacaciones italianas de Duras con su esposo, su amante Dionys Mascolo y su amigo editor y escritor Elio Vittorini.

“Sentí de golpe un contacto húmedo y fresco en mis labios. Me produjo repulsión”

Los cuadernos que aparecen ahora privan a la madre de esa grandeza de locura de tragedia griega y nos la muestran como una luchadora desequilibrada, como alguien que no soporta la menopausia, que tiene grandes dificultades para manejar hijos y criados, alguien que empuja a su hija a la prostitución para que su amante le pague, a ella también, noches de copas en Saigón, lejos de la ruinosa casa, que no se encuentra frente al Pacífico, sino ante el mar de China. “Mi madre fue para nosotros una vasta llanura por la que erramos mucho tiempo sin encontrar su dimensión” escribe Marguerite refiriéndose a su difícil relación entra la madre y sus hijos.

La vergüenza de la pobreza, de ser una francesa colonizadora pobre, aparece en todas la notas de Duras. “Era la podredumbre de Raigón” dice de ella misma, haciéndose eco de unos rumores que aseguran que “me acuesto con indígenas”. En ese momento “tenía 15 años y Léo aún no me había tocado”. Va sola al cine y no tiene dinero para pagarse una butaca entre la colonia francesa. “Cuando llegué las luces estaban prendidas. Era demasiado pronto, la sesión no había empezado. Al fondo de la platea había las tres hileras ocupadas por franceses. Tuve que cruzar todo el cine bajo la mirada de la platea. Sola. Nadie te acompañaba cuando ibas a los asientos populares. No di ningún paso atrás. La travesía de la sala por mi personaje se dio en medio del profundo silencio provocado por la aparición misma del personaje. Recuerdo que no recuerdo como caminé. El mundo entero me miraba. Nunca había visto una blanca en aquellas hileras de sillas. Todo, sabía todo lo que pensaban y yo lo pensaba al mismo tiempo. Todo bailaba ante mis ojos y me sentía en un estado de irrealidad avanzada. Mantenía una relación estrecha con la vergüenza. Era la vergüenza en marcha. Simplemente, era ridícula”.

La literatura, el poder relacionar ese momento de angustia con la construcción de una vida, dentro de la estructura de un relato, había dado otra dimensión a esa vergüenza. Ella, la heroína de las novelas, lucha contra ella o es derrotada por la vergüenza pero la trasciende, la sitúa en un contexto novelesco. En el fragmento la joven Marguerite se encuentra “sentada en una silla de mimbre, transpirando a mares, con el bolso en las rodillas” y se le hace interminable la espera hasta que se apagan las luces y la película le permite escapar al mundo.

La madre le pega. El hermano mayor le pega aún más fuerte. “Creía que mi hermano iba a matarme”. Él le lanza de cabeza contra un piano. Los golpes acaban por ponerla en los brazos de Léo, el amante chino, en realidad anamita. Y mucho menos distinguido y bello que en la novela: “Sentí de golpe un contacto húmedo y fresco en mis labios. La repulsión que me produjo es literalmente indescriptible. Empujé a Léo y escupí. Léo no sabía que hacer. Me había besado un feto, la fealdad había entrado en mi boca, había comulgado con el horror. Escupí en el pañuelo, escupí sin parar, escupí toda la noche y, al día siguiente, al recordar, escupía de nuevo”.

No todo remite a los años en Indochina. Duras también opina de De Gaulle, y se indigna cuando este logra capitalizar para sí el trabajo de la Resistencia, opina sobre literatura y manifiesta su admiración por Rimbaud, Shakespeare, Dostoievski o Molière y su aburrimiento ante madame de Sevigné, Corneille o Racine. “Prefiero las obras hijas de la inspiración que las que son fruto de la inteligencia humana. En realidad sólo soy sensible a la inteligencia de los animales” dice y relaciona esa actitud con el daño que le hacían los insultos –basura, guarra, ladilla-que le dispensaba su hermano y que ella estimaba merecidos.

Como sucede siempre en estos casos, idénticos a las exposiciones que nos muestra los esbozos más o menos inspirados que luego han de convertirse en una tela inmortal, es obligado preguntarse sobre el interés real de estos cuadernos. ¿Nos permiten leer la obra de Duras bajo otra luz? ¿El personaje cobra otra dimensión? El carácter abiertamente autobiográfico de la creación de Duras hace que los cuadernos tengan un valor especial, que se lean como parte integrante de un todo, como un capítulo más de un único libro que engloba novelas, ensayos, teatro o cine. En cualquier caso, quedan más de cuarenta cajas de notas pendientes de lectura y análisis.

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