Marguerite Yourcenar y Alexis

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La tertulia del 6 de noviembre del club “Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book” será sobre el texto de Marguerite Yourcenar: Alexis o el tratado del inútil combate, (que podéis descargar desde aquí)

Para poneros en situación os recomendamos la lectua de este artículo de Lourdes Ventura o este de Teo Sanz en eldiario.es.

A continuación transcribimos un artículo del poeta Juan Antonio González Iglesias aparecido en El País

Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos).
Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-Maine, 1987), fotografiada en 1979 en su casa de Maine (Estados Unidos). Foto: JP Laffont / Corbis

La conversión de la realidad en literatura es uno de los más curiosos empeños del ser humano. Por eso mismo es uno de los rasgos que nos definen como humanos. Y fue el principal empeño de Marguerite Yourcenar. El laberinto del mundo conforma una monumental autobiografía a la que dedicó quince años de escritura, los últimos de su vida. El primer volumen de la trilogía, Recordatorios, vio la luz cuando su autora estaba a punto de cumplir los setenta años. El segundo, Archivos del Norte, cuando se acercaba a los ochenta. Y el último, ¿Qué? La eternidad, se publicó póstumo e inconcluso. En esta evocación general de su pasado se cumple la tendencia general de Marguerite Yourcenar a ser más una narradora que una novelista: una narradora que pone al día la antigua tarea de hacer poética la realidad. La primera frase, “el ser humano al que llamo yo”, va más allá de una sorprendente perífrasis. Con ese principio prodigioso inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”. A la manera de su admirado Borges, Yourcenar se deja llevar por el sueño cervantino y el quijotesco con todas las consecuencias.

Si lo pensamos bien, Marguerite Yourcenar es en realidad un personaje literario inventado por Marguerite de Crayencour cuando modificó su apellido real por un anagrama lleno de consecuencias. Al elegir un apellido “por el placer de la Y” se conectó con un linaje cultural, que tiene su origen en Grecia. Al mismo tiempo, dio el primer paso para desvincularse definitivamente de su familia de sangre. Yourcenar acabó siendo su apellido legal. Cuando escribe El laberinto del mundo, el universo de la escritora ha dado un giro completo: ahora Marguerite de Crayencour es el personaje literario de Marguerite Yourcenar. Las nociones narratológicas son ya muy precisas: la narradora es M. Y. Su protagonista es M. de C. Naturalmente, todo esto no se reduce a un juego. Quijotesca, más que cervantina, es esta apuesta para cambiar el mundo con lo que uno ha leído y con lo que uno mismo escribe. Cambiar el mundo con la literatura.

En una autora que estuvo influida por Gide y por Montherlant, nos encontramos con una obra final bajo el signo de Proust. El laberinto del mundo es su búsqueda del tiempo perdido. El más mínimo recuerdo, suyo o de cualquiera de sus familiares o informantes, desata un relato por el que merece la pena extraviarse, hasta llegar al origen del mundo en una retrospección colosal. Pugnan en el relato general dos conceptos del tiempo antagónicos: el lineal y el circular. Lineal, porque las palabras se suceden como el agua que fluye, por utilizar otro título yourcenariano. Pero una fuerte circularidad tiende a que todo retorne. Es el tiempo cíclico de los orientales, pero también el de nuestros antiguos griegos y romanos. Ahí se encuentra la clave de una de las últimas escritoras que merecen realmente la calificación de humanista: el pasado grecolatino, Oriente, especialmente Japón, y el Renacimiento. Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Al principio de Archivos del Norte cita dos versos célebres de Homero: “¿Por qué me preguntas por mi linaje? Como la generación de las hojas, así la de los hombres”. En ellos se resume la visión pagana del mundo: el paso del tiempo no es ni bueno ni malo. Los seres humanos se suceden como las hojas que caen cada otoño y renacen cada primavera.

Los archivos en un sentido muy amplio contaban con una realidad casi literaria, en la que se englobaba todo lo que ya estaba escrito sobre esa región y sobre su propia familia. En los datos familiares entra todo tipo de textos: la familia paterna es muy consciente de su posición en el mundo, editaba un boletín interno con sus noticias propias, y contaban con datos de todo tipo, anotados por distintos parientes. Todo, desde los archivos más grises hasta los apuntes más humildes de su madre, es leído poéticamente por Yourcenar. Por eso, al dibujar el trazo último de uno de sus tíos, cambia la expresión habitual “de piadosa memoria” por otra nueva, polivalente y despejada, más acorde con el retratado: “De poética memoria”.

La frase “el ser humano al que llamo yo” inicia un relato en el que ella misma es tratada como “un personaje histórico que hubiera intentado recrear”

Ya los patricios romanos solían escribir sus memorias como una contribución a la historia futura. Yourcenar aplica una doble paradoja. En primer lugar, estos relatos se orientan hacia la novela, no hacia la historia. La narradora no duda a la hora de atribuir a sus personajes pensamientos, sueños o palabras sin documentar. Y —ésta es la paradoja más curiosa— los miembros de la familia de Yourcenar ya han sido protagonistas de sus novelas anteriores. Por poner sólo un ejemplo, la pareja formada por Jeanne y Egon inspiró la primera novela de Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate, y otra posterior, El tiro de gracia. Uno de ellos maneja para otros asuntos el título mismo de El laberinto del mundo. Sin embargo en esta autobiografía es cuando los conocemos de verdad. A cambio, la propia Yourcenar se inscribe en su propia obra de ficción: “Me gustaría tener por antepasado al imaginario Simon Adriansen de Opus Nigrum”. Unos años más tarde, encontraremos en el epitafio de la escritora unas palabras de esa novela suya. En resumen: todos los materiales biográficos recogidos no se destinan a la historia futura, sino a la ficción pasada.

Esta mujer lúcida se autorretrata inscrita “en las coordenadas de la Europa cristiana y del siglo XX”, que en gran medida siguen siendo las nuestras. Contempla, de cerca y de lejos, la Primera Guerra Mundial y vislumbra los horrores siguientes. No obstante, le cuesta olvidar que perteneció a otro mundo. Un mundo presidido por la cortesía. Todos o casi todos se hablan de usted, incluso los miembros de un matrimonio. Yourcenar es la mujer que sólo tuteó a tres personas en su vida. En su mundo perdido los personajes son aludidos elegantemente por sus iniciales. Se habla de la vida “en provincias” como categoría literaria. Se llama “el siglo” al tiempo. Se distinguía el latín de sacristía del latín del bachillerato. El homoerotismo masculino y el femenino constituyen regalos preciosos, igual que la iniciación sexual temprana, porque todo lo relacionado con el cuerpo es natural.

Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”, dice la escritora. Puesto que tiende a comportarse como sus personajes, hay que entender simbólicamente algunas de sus explicaciones. En cierta ocasión su padre conversa con un cura. “Más que confesarse lo que hace es contar su vida”. También ella, en este juego de paradojas, más que contar su vida lo que hace es confesarse. A la manera de las Confesiones de Agustín, de los Ensayos de Montaigne, de los Diarios de Stendhal.

Esta mujer, que tanto ha despejado nuestro futuro, se pasó la vida inmersa en el pasado. Es posible que todo haya sido visto ya, pero “no ha sido narrado”

Lo que en su momento apareció como tres volúmenes sucesivos (tanto en francés como en español) se publica ahora en un solo tomo. Esto supone una edición definitiva, que cumple el proyecto unitario de su autora. Merece una celebración en condiciones. Por eso me atrevo a descender a los detalles, como algunas erratas que deben de haber nacido del escaneado (“aterrarme” en vez de “aferrarme”). Creo igualmente que deberían transcribirse al español los nombres y apellidos que tengan tradición en ello, como Alberto I (y no Albert I), o el príncipe Félix Yusupov (no Youssoupoff). No son un detalle, en cambio, las erratas en la cita de la Ilíada, al principio de Archivos del Norte. Procede del canto VI (no del VII) y la alfa debe ocupar el lugar que le corresponde. Tanto si el lector puede leer aquí los dos versos en griego como si acude a leerlos en Homero, la referencia debe ser impecable. Cuando Marguerite Yourcenar citó a Homero en griego confió en unos ciudadanos futuros capaces, como ella, de transmitir lo mejor del pasado para cambiar el mundo. Probablemente pensó en ciudadanos que pudieran, como ella, leer con soltura los dos idiomas clásicos. Pido, en fin, un índice onomástico, similar al que la editorial incluyó en las Cartas a sus amigos, otro gran volumen con el que comparte muchos personajes. Sería lo lógico en un libro de memorias, cuyos protagonistas son reales, más allá de la leve tendencia a la ficción. Sería bueno poder localizar con facilidad a Julio César o al zar de Rusia, a Robespierre o Goethe. O simplemente el momento en el que la joven Yourcenar se encuentra con el rey Alberto I de Bélgica, en el estreno de una obra de Pirandello. Sería bueno poder rastrear las variadas y esclarecedoras referencias a España, “ese país salvajemente autóctono”.

A El laberinto del mundo le conviene una afirmación de Italo Calvino, según el cual un clásico es un libro que equivale al universo. Marguerite Yourcenar, acostumbrada a comparar lo grande y lo pequeño, escribe: “Los retazos de una vida son tan complejos como la imagen de la galaxia”. También le conviene una teoría de Umberto Eco sobre la línea y el laberinto. Piensa Umberto Eco que es un mérito del pensamiento latino (seamos precisos: del que se formuló en la lengua de Roma) el haber convertido el laberinto en línea. Sólo al cerrar el libro comprendemos que la línea tan nítidamente trazada por Yourcenar no es recta, sino curva.

 

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El amante, de Marguerite Duras

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La primera tertulia del curso 2017 / 2018 para el club de lectura “Pasión por los clásicos / pasión por el e-book” será sobre el libro El amante, de Marguerite Duras. La haremos el 9 de octubre a las 19:30. El libro lo podéis descargar desde este enlace.

Aquí tenéis una guía de lectura.

Y aquí un estudio de Amaya Ortiz de Zárate

En 2006 Octavi Marti publicó este artículo en El País

La joven Duras y la verdad de su amante

Los diarios, escritos en su adolescencia por la autora francesa, revelan sus primeros amor

Creíamos que Marguerite Duras (Saigón 1914-París 1996) lo había contado todo. De su infancia pobre y feliz en Indochina, de su adolescencia dramática en el mismo país, de su difícil juventud, de su compromiso político, de sus amores. Unos cuadernos escritos entre 1943 y 1949 y que permanecían ocultos en un armario desde que el IMEC (Instituto Memorias de la Edición Contemporánea) los heredó en 1995, a la muerte de la escritora, vienen a completar lo que sabíamos y, sobre todo, a cambiar el tono del relato.

Es la editorial POL la que publica las 446 páginas bajo el título Cahiers de la guerre et autre textes. Por ejemplo, para cualquier conocedor de la obra de Duras, la figura de la madre, tal y como aparece en la formidable Un dique contra el Pacífico, es la de una mujer que lucha contra el destino, una heroína desesperada que se enfrenta a las olas del océano como batalla contra la corrupción administrativa. Si recordamos El amante también recordaremos la delicadeza del amante chino, su paciencia de hombre enamorado y el misterio de esa espera. El dolor nos pone ante el regreso, del campo de concentración, de Robert Antelme, antropólogo y escritor también de un único libro, La especie humana. En otros libros Duras nos pone en contacto con el mundo en el que ha vivido una vez acabada la II Guerra Mundial. Se trata de El marinero de Gibraltar o de Los caballitos de Tarquinia que evocan las vacaciones italianas de Duras con su esposo, su amante Dionys Mascolo y su amigo editor y escritor Elio Vittorini.

“Sentí de golpe un contacto húmedo y fresco en mis labios. Me produjo repulsión”

Los cuadernos que aparecen ahora privan a la madre de esa grandeza de locura de tragedia griega y nos la muestran como una luchadora desequilibrada, como alguien que no soporta la menopausia, que tiene grandes dificultades para manejar hijos y criados, alguien que empuja a su hija a la prostitución para que su amante le pague, a ella también, noches de copas en Saigón, lejos de la ruinosa casa, que no se encuentra frente al Pacífico, sino ante el mar de China. “Mi madre fue para nosotros una vasta llanura por la que erramos mucho tiempo sin encontrar su dimensión” escribe Marguerite refiriéndose a su difícil relación entra la madre y sus hijos.

La vergüenza de la pobreza, de ser una francesa colonizadora pobre, aparece en todas la notas de Duras. “Era la podredumbre de Raigón” dice de ella misma, haciéndose eco de unos rumores que aseguran que “me acuesto con indígenas”. En ese momento “tenía 15 años y Léo aún no me había tocado”. Va sola al cine y no tiene dinero para pagarse una butaca entre la colonia francesa. “Cuando llegué las luces estaban prendidas. Era demasiado pronto, la sesión no había empezado. Al fondo de la platea había las tres hileras ocupadas por franceses. Tuve que cruzar todo el cine bajo la mirada de la platea. Sola. Nadie te acompañaba cuando ibas a los asientos populares. No di ningún paso atrás. La travesía de la sala por mi personaje se dio en medio del profundo silencio provocado por la aparición misma del personaje. Recuerdo que no recuerdo como caminé. El mundo entero me miraba. Nunca había visto una blanca en aquellas hileras de sillas. Todo, sabía todo lo que pensaban y yo lo pensaba al mismo tiempo. Todo bailaba ante mis ojos y me sentía en un estado de irrealidad avanzada. Mantenía una relación estrecha con la vergüenza. Era la vergüenza en marcha. Simplemente, era ridícula”.

La literatura, el poder relacionar ese momento de angustia con la construcción de una vida, dentro de la estructura de un relato, había dado otra dimensión a esa vergüenza. Ella, la heroína de las novelas, lucha contra ella o es derrotada por la vergüenza pero la trasciende, la sitúa en un contexto novelesco. En el fragmento la joven Marguerite se encuentra “sentada en una silla de mimbre, transpirando a mares, con el bolso en las rodillas” y se le hace interminable la espera hasta que se apagan las luces y la película le permite escapar al mundo.

La madre le pega. El hermano mayor le pega aún más fuerte. “Creía que mi hermano iba a matarme”. Él le lanza de cabeza contra un piano. Los golpes acaban por ponerla en los brazos de Léo, el amante chino, en realidad anamita. Y mucho menos distinguido y bello que en la novela: “Sentí de golpe un contacto húmedo y fresco en mis labios. La repulsión que me produjo es literalmente indescriptible. Empujé a Léo y escupí. Léo no sabía que hacer. Me había besado un feto, la fealdad había entrado en mi boca, había comulgado con el horror. Escupí en el pañuelo, escupí sin parar, escupí toda la noche y, al día siguiente, al recordar, escupía de nuevo”.

No todo remite a los años en Indochina. Duras también opina de De Gaulle, y se indigna cuando este logra capitalizar para sí el trabajo de la Resistencia, opina sobre literatura y manifiesta su admiración por Rimbaud, Shakespeare, Dostoievski o Molière y su aburrimiento ante madame de Sevigné, Corneille o Racine. “Prefiero las obras hijas de la inspiración que las que son fruto de la inteligencia humana. En realidad sólo soy sensible a la inteligencia de los animales” dice y relaciona esa actitud con el daño que le hacían los insultos –basura, guarra, ladilla-que le dispensaba su hermano y que ella estimaba merecidos.

Como sucede siempre en estos casos, idénticos a las exposiciones que nos muestra los esbozos más o menos inspirados que luego han de convertirse en una tela inmortal, es obligado preguntarse sobre el interés real de estos cuadernos. ¿Nos permiten leer la obra de Duras bajo otra luz? ¿El personaje cobra otra dimensión? El carácter abiertamente autobiográfico de la creación de Duras hace que los cuadernos tengan un valor especial, que se lean como parte integrante de un todo, como un capítulo más de un único libro que engloba novelas, ensayos, teatro o cine. En cualquier caso, quedan más de cuarenta cajas de notas pendientes de lectura y análisis.

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Inicio del curso con la juez María Paz Benito

El próximo 21 de septiembre a las 19:30 inauguramos el curso de los clubes de lectura con una nueva edición de “Leer con…” En esta ocasión nuestra invitada es la juez María Paz Benito Osés. El libro que vamos a comentar con ella es Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist. El libro (una nouvelle, en realidad), lo podéis descargar desde este enlace.

Lo hemos elegido precisamente porque tiene relación con el concepto de justicia.

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En el blog elnorteestallenodefrio hemos encontrado este comentario publicado por Adrian Esbilla:

“Michael Kohlhaas comienza como todos los dramas verdaderamente grandes: con un hecho mínimo. Esta minucia, el despótico comportamiento de un noble,  Wenzel Von Tronka, con respecto a unos caballos propiedad del tratante Kohlhaas derivará, de manera minuciosa e implacable, en una epopeya demencial, paroxística y, al final, insatisfactoria. O más bien tan satisfactoria que no contenta a nadie en su aplicación imperturbable de la ley.

Tomada de la crónica real del siglo XVI sobre la rebelión de Hans Kohlhase contra Sajonia, von Kleist toma de la crónica la forma, gélida y desapasionada, transformándola por la acción misma de la novelización, de la re-creación, en una ironía de fondo que convierte el desmesurado crescendo de la querella en un retablo proto-kafkiano. En ese contexto, que no es de denuncia sino de muestra, la voluntad férrea de un individuo es triturada por un sistema absurdo. Por minucias, trampas y subterfugios de una burocracia superada por una circunstancia inesperada, ya que alrededor del comerciante crece un ejército de desesperados que aterrorizan a todas las ciudades de la frontera con un objetivo monomaníaco por parte de su líder: la restitución de los caballos. De tal modo una afrenta menor, un abuso cotidiano, se ve transformado en una desafía social, una revolución contra todos los órdenes del sistema; los religiosos, los morales, los políticos, los económicos…

Alexander Lernet-Holernia escribe en Marte en Aries que “quizás los relatos más auténticos sean aquellos que no son del todo fantásticos ni del todo lógicos”. Dicho esto en 1941 parece rebotar en el tiempo hasta 1811, ya que von Kleist introduce a mitad de su historia un quiebro esotérico, con la forma de una premonición sobre el fin de un tiempo y una estirpe que, realizada por una anciana adivinadora y guardada por Kohlhaas en un saquito que cuelga de su cuello y nunca desvelará, le supondrá al protagonista un único triunfo, una satisfacción secreta solo conocida por él mismo y por su antagonista, el príncipe Elector de Sajonia.

Existe además una paradoja de estilo, que es además una paradoja vital. El autor fue un verdadero romántico en su corta vida de rebeldía personal y final suicida, que no escribe en clave romántica. Una isla, un cuerpo extraño de textura terrosa, ritmo monocorde y nula necesidad de brillantez. Siendo esta sustituida por la concisión y la austeridad. Un observador de la naturaleza humana que se conmueve en la colisión entre la moral deseable y la moral imperante. Pero que además, tal es de inflexible su mirada, tampoco salva a sus héroes. Aquí queda claro que, si bien la reclamación es justa, las acciones son desmesuradas, alimentándose unas a otras en una escalada demencial donde interviene incluso Martín Lutero, lo cual sirve para introducir una serie de penetrantes reflexiones religiosas y sociales donde Kohlhaas expone que si ha sido expulsado de la comunidad por desamparo tiene perfecto derecho a, como hombre libre, erigir su propia ley y hacerla cumplir con justicia. Y el sentido de la justicia del tratante es absoluto, categórico.

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Tertulia abierta al público sobre los mitos griegos en Muerte en Venecia

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El 5 de junio terminamos el curso del club “Pasión por los clásicos / pasión por el e-book” retomando un libro que ya comentamos hace unos meses pero esta vez con una invitada de lujo. La profesora de griego Camino Azkona dirigirá una tertulia abierta al público centrada sobre todo en la interpretación de los mitos griegos que se pueden rastrear en Muerte en Venecia de Thomas Mann. Si quieres, puedes descargarte el libro de Thomas Mann, leértelo y venir a la tertulia.

El libro lo podéis descargar en este enlace

 

Os esperamos

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Escritores chilenos

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En el marco de la Bienal de Arquitectura Latinoamericana que se celebra en Pamplona, durante el mes de mayo las bibliotecas de Pamplona y la comarca nos “especializaremos” en la cultura de un país y en la nuestra, por diferentes motivos, nos decantamos por Chile. Esa es la razón de que la próxima tertulia del club de lectura “Pasión por los clásicos / pasión por el e-book” vaya a girar sobre varios relatos de cuatro autores chilenos muy relevantes, algo parecido, en definitva, a lo que ya hicimos antes con varios escritores colombanos o peruanos. Dos de los cuatro autores son mujeres –María Luisa Bombal e Isabel Allende– y dos hombre –José Donoso y Roberto Bolaño- 

Y estos sos sus cuentos (esperamos que disfrutéis con ellos)

María Luisa Bombal

José Donoso

Isabel Allende

Roberto Bolaño

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Hermann Hesse (Bajo las ruedas)

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La próxima tertulia del club de lectura “Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book” la tendremos el primer lunes de abril (el 3) a las 19:30 sobre la novela breve de Hermann Hesse Bajo la rueda (podéis acceder al texto pinchando en este enlace)

En el blog de Fernando Saldaña se puede leer:

“Bajo la rueda” de Hermann Hesse (Reseña)

Hesse, Hermann, Bajo la rueda, Editorial Época, México, 2005. pp. 196. ISBN-970627412-1
La temática de fondo que nos presenta Hermann Hesse (1877-1962) en Unterm Rad (Bajo la rueda) es la influencia que ejercen las condiciones sociales en un joven estudiante y que podemos apreciar a través de su formación escolar.

Bajo la rueda es la segunda novela que el escritor alemán, nacionalizado suizo, escribiera en 1906 durante su estancia en Gaienhofen, población cercana al lago de Constanza, incluso, es notoria la relación con el contexto donde se desarrolla la historia en la novela.
La personalidad nada sobresaliente de José Giebenrath, padre de nuestro protagonista, contrasta con el gran talento de su hijo, Hans Giebenrath. Ingresar al seminario era para éste la única posibilidad de acceder a una educación mejor dada las condiciones de su poblado, sin embargo, el proceso de admisión al Colegio Teológico Protestante de Tubinga era complicado y costoso. El Estado apoyaba económicamente a los jóvenes destacados para presentar los exámenes que se realizaban en la capital. Simultáneamente a sus estudios regulares, el rector de la escuela lo instruía en la lengua griega y latina, así como también en religión, prosodia y aritmética.
Tras intensos días de trabajo intelectual, poco descanso y algunas pesadillas por la noche, llego la fecha del examen en Estutgart. Recorrió aquella ciudad, su plaza, el mercado, el puente y la iglesia, recuerda su sencilla vida en su pueblo mientras un intenso dolor de cabeza lo sitúa en el presente. Nuevamente todas las conversaciones con sus conocidos giran en torno al evento académico. Después de diversas etapas, pruebas de conocimiento y algunas dificultades, Hans concluyo su examen. La duda respecto al resultado lo hacía pensar en el fracaso y que su destino estaría en ser aprendiz de tendero, oficinista o incluso uno de tantas gentes de bajos recursos que tanto despreciaba. El rector le informa que ha obtenido el segundo lugar en el examen, su semblante de angustia mejoró considerablemente con la llegada de las vacaciones.
Ya establecido en el Colegio, Hans vivirá experiencias contradictorias en clase y en los ratos de ocio fuera de la escuela. Finalmente, la fuerte carga social que pesaba sobre Hans al representar de algún modo a su pueblo aunado a la disciplina a la que fue sometido por sus profesores, familiares e incluso por él mismo, lo llevarán a su muerte.
Bajo la rueda es una interesante novela de Hermann Hesse que plantea los fines de la educación y el papel de la sociedad en la formación de los educandos. La claridad narrativa que desarrolla Hermann Hesse en ésta novela permite adentrarse al contexto y a las emociones de los personajes sin saturar al lector con excesivos detalles. La historia avanza con buen ritmo en el transcurso de la novela, alternando momentos en que la narrativa de los hechos requiere velocidad por la naturalidad de la trama y otros en que el tiempo lento se construye con una interesante descripción de detalles. Estamos ante una de las mejores novelas de Hermann Hesse así como de la literatura moderna.
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Muerte en Venecia, de Thomas Mann

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El primer lunes de febrero, el 6, a las 19:30 comentaremos una de esas pequeñas joyas en las que se ha especializado el club de lectura “Pasión por los clásicos / pasión por el e-book”. En este caso se trata de Muerte en Venecia, de Thomas Mann.

El libro lo podéis descargar en este enlace

La obra ha inspirado películas magustrales como la de Visconti, ballets, óperas. Luisgé Martín incluso escribió una especie de secuela, La muerte de Tadzio.

Aquí podéis leer unos comentarios de Antonio Rodríguez sobre la novela:

Thomas Mann y La muerte en Venecia

 Nacido en Lübeck (Alemania), Thomas Mann estudió historia, economía, literatura e historia del arte. Su primera gran obra, “Los Buddenbrook” (1901) está basada en su propia familia y describe la decadencia de una dinastía burguesa a lo largo de tres generaciones. En esa etapa inicial de su carrera se ocupó también de las relaciones, a veces borrascosas, entre el arte y la vida, dando lugar a “Tonio Kröger” (1903) y “La muerte en Venecia” (1911). Más tarde apareció otra de sus novelas capitales, “Doctor Faustus” (1947).

“La muerte en Venecia” supone la cúspide de las ideas estéticas del autor escenificadas en el choque del concepto de la belleza con el declive propio de la edad madura, en un contraste conflictivo que Mann utilizó para elaborar una particular psicología del artista como tal. Quizá eso fue debido a que en aquel tiempo el escritor mantenía una profunda amistad, de tintes voluptuosamente apasionados, con el pintor y músico Paul Ehreberg.

Defendió el nacionalismo alemán, aunque más tarde apoyara decididamente los valores democráticos, como se pone de manifiesto en “La montaña mágica” (1924), obra eminente de la literatura europea donde se novelan debates políticos y filosóficos de aquellos años que, a pesar del tiempo transcurrido, no han perdido actualidad.

En 1929 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura, como reconocimiento a “Los Buddenbrook”, uno de los textos clásicos de la literatura contemporánea. Posteriormente (entre 1933 y 1942), escribió la tetralogía “José y sus hermanos”, considerada su mejor obra por muchos críticos. Se exilió a Suiza en 1933 y, durante la Segunda Guerra Mundial, fijó su residencia en Estados Unidos. Murió en Zúrich en 1955, a la edad de 80 años.

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La muerte en Venecia trata de un solitario y maduro escritor, que superada la cincuentena, cansado de la monotonía de su vida y de las tensiones a que se ve sometido para conseguir la perfección estética de sus obras, decide emprender un viaje en busca de reposo y renovación anímica. Tras algún destino fallido, termina recalando en Venecia donde conocerá a un muchacho de 14 años, casi un niño, que se convierte en el segundo protagonista de la novela y cuya juventud, belleza y natural espontaneidad (forma y gesto) marcará la estancia del escritor en la romántica ciudad de los canales.

La novela, de apenas un centenar de páginas, fue publicada en 1912, poco antes de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Era el final de la belle époque y, por tanto, tiempos de madurez decadente para una Venecia, entonces más que ahora (o tanto), maloliente y de aguas insalubres.

El modelo que inspiró a Thomas Mann para la figura de Gustav von Aschenbach (en la ficción un escritor de prestigio reconocido), fue el músico Gustav von Mahler, de quien toma su nombre para el personaje, muchos de sus rasgos y el aspecto externo. Por otro lado, si bien “La muerte en Venecia” no se considera un relato autobiográfico, es evidente que algunos pasajes se pueden relacionar con la personalidad y biografía del autor, incluyendo determinados sentimientos o inclinaciones de Mann, de quién Harold Bloom ha dicho en “Genios”: “Últimamente ha debido padecer la ironía de ser recuperado como escritor homosexual, recién salido del armario”.

Volviendo a la trama novelesca del relato, Aschenbach el solitario escritor, ha perdido a su esposa tempranamente y de su matrimonio le queda una hija ya casada. Hombre de gran riqueza interior, metódico y objetivo, sus trabajos se han orientado hacia la búsqueda de la perfección de la forma y el estudio de las corrientes estéticas más innovadoras. Apasionado por su obra, en particular por el “Espíritu y el Arte” el maestro riza el rizo del perfeccionismo; fino, delicado, culto, seguro de su magisterio, no obstante llega el momento en que su agotada naturaleza psíquica le urge un necesitado descanso, “cierto contacto con la improvisación y la holgazanería”, escondiendo a los ojos del mundo y “hasta el último momento (en expresión de Mann), su agotamiento interior y decaimiento fisiológico”.

Nos parece que la personalidad de nuestro protagonista es sustancial para situar y seguir correctamente el hilo del relato, donde la calidad narrativa de Thomas Mann alcanza niveles extraordinarios en esta novela corta. Por encima de otros rasgos debemos destacar la minuciosidad de las descripciones, factor importante en esta obra, aunque en ciertos momentos su estilo, el deleite de su elaboración y estrategia argumental, pueden hacer que algunas páginas resulten tediosas en su refinamiento y profundidad; especialmente así sucede cuando recoge alguno de los diálogos de Sócrates con Fedro donde el primero instruye al segundo sobre el deseo, la virtud y la belleza (capítulo IV y final del V).

La muerte, citada en el título, nos anticipa lo que va a suceder, pero por si no fuera suficiente, el narrador nos va enviando señales, pistas sobre el final que se avecina: la muerte asoma desde las primeras páginas en ese inocente paseo de Aschenbach hasta el cementerio donde espera al tranvía de regreso. La podemos percibir en la súbita pretensión de un viaje-huída influido por la visión del individuo que advierte a la puerta de aquella necrópolis, como inexplicada amenaza. La volvemos a encontrar en el rechazo visceral al viejo repeinado y maquillado que se emborracha con jóvenes. Nos lo anuncia, la góndola, negra como los ataúdes… Más tarde aparecen los olores, la epidemia de cólera que pudiera no haber sido, únicamente, la causa de la muerte del protagonista. O quizás sí…

La historia es narrada con limpieza. El maduro escritor queda prendado del joven Tadzio al que ve a poco de llegar al hotel donde se hospeda cerca del mar, y con quien jamás llega a hablar. De él, le llama la atención

“su forma de andar, tanto por la postura de su tronco como por el movimiento de las rodillas y los pies calzados de blanco eran de una gracia extraordinaria, muy liviana, tierna y altiva a la vez, y quedó más realzada aún por cierto pudor infantil…”

No obstante, el relato en ningún momento permite apreciar pensamientos o escenas de ofensiva homosexualidad, sino que las inclinaciones del protagonista se entienden más como fruto de una pasión limpia por la perfección ideal, contemplativa o platónica. Es la forma, el gesto de esa belleza adolescente lo que atrae a Aschenbach. La belleza excepcional –en contraste con el mundo decadente y vulgar que le rodea– es lo que desencadena en el protagonista, quizás, una lucha psicológica entre el rigor intelectual y sus instintos. Como explica el narrador en la página 31 sobre las virtudes de uno de los tipos de héroe que pueblan el universo narrativo de Aschenbach:

“[…] una conducta entrañable puesta al servicio rígido y vacío de la forma[…]”

La atmósfera que envuelve “La muerte en Venecia” es pesada, triste. Nos habla de madurez, de decadencia, de angustia creadora, de aprensiones. El marco, Venecia, es una ciudad sucia, vieja, corrompida, donde a veces las gentes discuten desabridamente; aparece brumosa, cálida y pegajosa. Con Aschenbach coinciden una serie de personajes secundarios anónimos, desconocidos, con los que el lector entra vagamente en contacto; son insondables como máscaras y, en algunos casos, caricaturescos aunque la descripción, siempre meticulosa los eleva de categoría y resulta más que eficaz; desde luego, efímeros puesto que nunca los volveremos a encontrar en el relato. Sólo percibimos de ellos su aspecto externo y lo que piensa Aschenbach (que lo sabemos a través del narrador).

Enseguida, en las primeras páginas, tropezamos con el hombre que se encuentra a la puerta del Cementerio del Norte

“de mediana estatura, flaco, sin barba y con nariz extrañamente roma, el hombre tenía esa piel lechosa y cubierta de pecas típica de los pelirrojos”.

Luego, con el sujeto que despacha los tiques en el barco:

“sentado detrás de una mesa, el sombrero ladeado sobre la frente y una colilla en la comisura de los labios, un nombre con barbas de chivo y fisonomía de director de circo a la antigua…”.

Después observamos al viejo disfrazado de joven que viaja en la misma embarcación:

“era un hombre viejo, no cabía la menor duda. Hondas arrugas le cercaban los ojos y la boca. El opaco carmín de sus mejillas era maquillaje, el cabello castaño […] era una peluca…”

Conocemos al gondolero:

“de fisonomía desagradable, casi brutal […]. Su corte de cara y el bigote rubio y retorcido que asomaba bajo su nariz respingona parecían indicar que, a todas luces, no era italiano […] de contextura más bien frágil, al punto de no parecer particularmente idóneo para su oficio…”

Asistimos al espectáculo del guitarrista del grupo de cantantes callejeros:

“De complexión frágil, enjuto y amojamado también de rostro, con el viejo sombrero de fieltro caído sobre la nuca, de suerte que un mechón de cabellos rojizos le asomaba bajo el ala…”.

En fin, gente inferior con quien Aschenbach apenas puede tener relación.

En “La muerte en Venecia”, por otro lado, existe una clara identificación entre el narrador omnisciente y el personaje principal. Lo descrito, se aprecia con claridad, coincide con las percepciones y emociones que nos llegan de Aschenbach. Lo vamos descubriendo a medida que nos da a conocer su carácter, cuando de su mano vamos explorando, a la vez que su fisonomía, su vida interior o su carrera de escritor y la forma en que su obra es entendida por su restringido público. El narrador juega con la tercera persona alejando y acercándonos al personaje, matizándole, adjetivándole con mucha frecuencia. En la página 30 podemos leer

“Sobre este nuevo tipo de héroe –preferido de nuestro escritor–…

En algunas secuencias el narrador, ha escogido una forma de crónica historiográfica y establece un cierto desapego o distancia

“[…] después de aquel paseo a un Aschenbach ansioso…” (p. 37)
“[…] con un libro en el regazo el viajero descansó…” ( p. 41)
“El viajero tiene problemas para bajar…” (p. 44).

En la última cita ha utilizado el tiempo presente para contar la acción.

En fin, adjetivos; adjetivos, tiempos verbales y variantes pronominales son utilizados con frecuencia, sin que chirríen. Veámoslo:

“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno…” (p.50)
“Así pensaba el entusiasmado…” (p.78)

Dos preguntas y sus posibles respuestas

Tras el viaje-fuga de Aschenbach hacia sus últimas fantasías poéticas, en busca de la improvisación y la holgazanería, varado en la romántica y decadente Venecia, aunque en realidad progresando hacia la muerte nos quedan varios interrogantes que despejar: ¿No existe un fracaso en la vida de Aschenbach tras el éxito aparente de su obra? Mi respuesta, lo confieso, es afirmativa. En su conjunto creo que en la vida, toda, de Aschenbach, en su balance final, prima el fracaso. Ha conseguido la gloria de las letras pero también la soledad, ha conocido la decepción y el vacío… Quizás, lo mejor sea quedarse con algunas de las frases de Sócrates como respuesta

“[…] La maestría de nuestro estilo (de los poetas) es mentira e insensatez, nuestra gloria y honorabilidad es una farsa; la confianza de la multitud en nosotros, el colmo del ridículo, y el deseo de educar al pueblo y a la juventud a través del arte, una empresa temeraria que habría que prohibir.” (Sueño de Aschenbach reproduciendo uno de los discursos de Sócrates a Fedro en el Capítulo V)

Pero hay más; otro interrogante que uno puede plantearse al finalizar la lectura es el número de muertes a que hemos asistido en la novela. La respuesta, seguramente, dependerá del punto de vista de cada lector, y de su estado de ánimo. Es fácil identificar la muerte del alma del escritor ocurrida mucho antes que la física de Aschenbach, subyugado por la belleza de Tadzio. Hemos presenciado la agonía de un sueño imposible de conseguir y cuya realidad sólo al final parece dispuesto a afrontar. Se ve de lejos cómo se extingue, en su ruina, la ciudad; es historia. También hemos sabido cómo ocultan, silencian la verdad sobre la epidemia de cólera que azota Venecia. Y, por último, podemos advertir la muerte en el camuflaje con que disimulan, de forma vergonzante, la vejez, tanto la de aquél viejo disfrazado entre los jóvenes en el barco, como la de Aschenbach en la peluquería del hotel tiñéndose las canas y dándose colorete. Es, muy posiblemente, la decadencia precursora del final, que no tarda en llegar.□

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Estos comentarios están basados en el texto de la edición de Edhasa de 2005. Colección Diamante. Barcelona. Trad. Andrés Sánchez Pascual

 

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