El sistema periódico de Primo Levi

Primo Levi

En enero, empezaremos el año con una tertulia sobre el libro de Primo Levi, El sistema periódico, que podéis descargar desde este enlace.

En el blog Devaneos se puede leer esta reseña:

En el sistema periódico el escritor italiano Primo Levi hermana sus dos pasiones, la literatura y la química. Levi, que alcanzó notoriedad con sus magníficas novelas La tregua , Si esto es un hombre y Los Hundidos y los salvados, en las que daba cuenta de su paso por un campo de concentración, su vuelta al hogar y el balance de su experiencia sobre el Holocausto, al ser el judío y tener la mala suerte de ser uno de esos miles de italianos que fueron deportados al III Reich consecuencia de las leyes raciales aplicadas en Italia.

Tras salir con vida del campo de concentración, en lo que algo o mucho tuvo que ver que él era químico y por tanto útil, y regresar a Italia (en un viaje interminable que cuenta en La Tregua), se ganará la vida como químico, al tiempo que comienza a plasmar en papel sus vivencias en el campo de concentración, dado que esto según él le vivifica, recordar le ayuda a vivir.

En el sistema periódico, Levi, traza una peculiar autobiografía que consta de 21 capítulos. Cada uno de ellos lleva por nombre el de un elemento químico: oro, plata, bronce, hierro, argón, zinc, etcétera. A cada uno de estos relatos, de estos elementos, asocia una historia personal, dando cuenta de su azarosa y nada fácil vida como químico, sus amoríos y desvelos, sus éxitos y sus fracasos, en resumen una vida, narrada con el buen pulso de Levi, con ese distanciamiento, esa naturalidad, exenta su prosa de cualquier pomposidad o banalidad.

Levi ha vivido experiencias únicas y ha tenido el don de plasmarlo en el papel, tratando de aprender de lo vivido, con lucidez, sin rencores, con humor y vitalidad.

El libro lo encuentro un tanto descompensando porque mientras hay relatos como el del Hierro que calan muy hondo, o el de Argón con un Levi erudito y orgulloso de sus orígenes que no quiere que se pierdan en el olvido, hay otros dos que son ficción, donde Levi, en todo caso provoca hilaridad y algún otro metido un tanto con calzador, con escasa chicha. Más interesantes los capítulos que tienen que ver con lo aventurado de su profesión, casi clandestina, junto a su amigo Alberto o los que narra su ejercicio de la Resistencia en Italia.

Un libro no obstante que me alegro de haber leído, por lo que uno aprende. Hay libros que exudan verdad, vida. Un libro que he leído con agrado y apasionamiento. No conocía la faceta de Levi en el terreno del relato, pero no me ha disgustado lo leído.

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El banquero anarquista y otros relatos de Fernando Pessoa

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Para la próxima tertulia continuamos con la literatura portuguesa. En esta ocasión la tertulia será sobre el enigmático Fernando Pessoa.  Leeremos la novela corta El banquero anarquista y una selección de los relatos incluidos en la página Ciudad seva.

Os animamos a leer este magnífico artículo de Luis M. Linde publicado en Revista de Libros.

Fernando Antonio Nogueira Pessoa (1888-1935), nació en Lisboa el 13 de junio, a las 3 de la tarde. Entre 1896 y 1905 vivió en Durban, Sudáfrica, donde su padre era cónsul, de forma que el idioma inglés se convirtió en su segunda lengua; de hecho, trabajó como traductor técnico y sus primeros trabajos están escritos en inglés.

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“El Mandarín”, de José María Eça de Queirós

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En el club Pasión por los clásicos, pasió por el e-book, empezaremos el curso con una tertulia el 5 de noviembre a las 19:30 sobre dos obras del clásico de la literatura portuguesa José María Eça de Queirós. Se trata de la novela corta El mandarín y el relato Memorias de una horca.

En el blog La cueva de mis libros, esto es lo que puede leerse de El Mandarín:

“El mandarín” de Eça de Queiroz

mandarinFOTO     Hoy traigo uno de los textos que más han marcado mi vida como lectora y también como ser humano. Sólo cuando leemos los libros descorriendo esa cortinilla secreta que los separa de nuestra alma y escribimos, después, acerca de ellos, una se da cuenta de lo que pesaron y de la hondura con la que estigmatizaron nuestra conciencia.

Tal vez, porque la literatura me adentra en pasadizos no frecuentados en la vida real, al descansar mi mirada sobre algunos textos encuentro en ellos un alamar invisible, hecho a mi medida, que me vincula para siempre con el mensaje que duerme en sus páginas. Sospecho que esto, que tan abrumada me tiene, nos pasa a todos. Nos convertimos, sin quererlo, en herederos espirituales de lo que leemos y somos, desde ese momento, los guardianes más fieles de ese legado (espiritual) recibido.

Cuando la literatura me envuelve en su cálido manto y me abandono a ella, me siento al abrigo de la integridad. Creo poseer la integridad de mis deseos y de mis cortas virtudes, y estoy casi segura de que éstas se fundirán con la integridad del texto que sujetan mis manos, experimentando algo parecido a los versos finales del poema sacramental de Kipling: “Si llenas tu minuto inolvidable y cierto de sesenta segundos que te llevan al cielo, todo lo de esta Tierra será de tu dominio”.

Sin embargo, cuando me sacudo el polvo de este hechizo, abandono el libro y piso el albero de la vida, esta reflexión mía comienza a palidecer, pues es la vida ariscada senda de tentaciones y vilezas. Caminar bien es sortear riesgos, acentuar contenciones. Crecer con nuestro paso, es embellecer las virtudes con las que Dios nos vistió al nacer y no querer mudar estas prendas. Y qué difícil resulta ser fiel a este precepto. De eso, precisamente, es de lo que trata este libro. De las consecuencias fatales que se precipitan sobre nosotros cuando burlamos ese ropaje íntimo y esencial que nos pertenece y, a veces, nos dignifica: nuestra conciencia.

En realidad, el texto es un ejercicio de reflexión sobre qué sucede cuando, incapaces de soportar el eco estremecedor de Pepito Grillo, lo acallamos, lo amordazamos, persiguiendo con ello amansar o dulcificar su estruendo. Es batalla perdida, pues no podemos amordazar nuestra conciencia. El dolor que causemos hoy empapelará nuestras entrañas de vergüenza y de culpa y seguiremos caminando nuestra vida como si lo hiciéramos sobre un potro de tortura. Enlutecerá nuestra alma hasta el fin de nuestros días. Con la mayor de las suertes, se agazapará como paloma dormida, pero sus brasas jamás serán ceniza. El vivo crepitar de estas ascuas percutirá en nuestros oídos, como latidos luctuosos de humillación, sempiternamente. Nuestras miserias vivirán con (o contra) nosotros. Dicho esto, queda claro que la obra ausculta la conciencia. Plantea un dilema moral de conciencia.

¿Y cuál es ese libro tan bonito que nos educa tanto? Pues un cuento chino (no exactamente, pero habla de la China). Sí, una fabulita oriental. Lleva por título El mandarín, una reminiscencia del mandarín rousseauniano. Fue escrita en 1880 por el portugués Eça de Queirós (1845-1900), autor que con 55 años legó su famosa charla “Realismo, una  nueva expresión de arte”, convirtiéndole en uno de los hitos de la renovación social y literaria de Portugal en aquella época.

La narración es, pues, realista. Pero un realismo tardío y poco ortodoxo. Digamos que el portugués se sirve de una fórmula conciliadora que aúna elementos formales de un realismo que palidece y de un naturalismo que emite sus primeros vagidos. Por tanto, está más próximo al realismo galdosiano (tardío) de Misericordia que al (temprano) de La fontana de oro. Y como novela, más cercano al virtuosismo sobrio de Clarín que a la torrentera de palabras de Galdós (el mejor novelista —yo creo— después de Cervantes). Yo he bautizado su estilo como un realismo naturalizado, por aquello de solazarse con la ética o la moral, antes que con la disciplina literaria. Hay quien afirma que Eça de Queirós poseía una perspectiva periférica en su manejo del realismo. Desconozco si quien pronunció esta sentencia se refería al hecho cierto de que a casi todos nuestros realistas les faltó ese rasgo. De todos modos, yo veo aquí en común con ellos: riqueza descriptiva, detalle en la creación de ambientes y ese catalejo de pluma calibrada para atisbar personajes que no son moralmente buenos. En esto, el portugués pisa la estela de Balzac, está claro, por ser autor que escoge seres perversos para dotar de mayor pulsión a su obra (el avaro de Grandet o el ambicioso Rastignac de Papá Goriot, por citar alguno). Pinceladas eróticas, sutilmente trazadas, avivan el aliento finisecular. Sin renunciar a la estética naturalista, un tinte fantástico, esmerilando la prosa, le otorga bello contraste.

Y ahora vayamos con el asunto. El Mandarín plantea, con el relieve de una medalla nueva de oro brillando sobre un tapete oscuro, el siguiente dilema moral:

     “En lo más remoto de la China existe un mandarín más rico que todos los reyes de que hablan las fábulas o la historia. Nada conoces de él, ni el nombre, ni el semblante, ni la seda de que se viste. Para que heredes su infinita fortuna, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado sobre un libro. Él dará tan solo un suspiro en los confines de Mongolia. Será entonces un cadáver; y tú verás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres hombre mortal: ¿tocarás tú la campanilla?”.

He ahí el prodigioso dilema. Aparición del Diablo y su ofrenda de poder disfrutar de todos los goces terrenales a cambio de un gesto: coger una campanilla y hacer tilín-tilín. Sin ver brotar la sangre ni espectáculos sórdidos. Inmediatamente, en nuestro espíritu se forman dos imágenes: por un lado, un mandarín decrépito, muriendo sin dolor, lejos (en la China), a un tilí-tilín de campañilla; por otro, toda una montaña de oro fulgurando a nuestros pies.

Lo primero que oímos, en lo más profundo de nuestro corazón, es una voz atronadora, que grita con fuerza desgarradora el desprecio a la sola idea de que seamos capaces de formular el deseo asesino. Pero ¿seremos capaces de matar al mandarín?… Ahí lo dejo.

El texto, repleto de finísimas observaciones sobre el alma humana, está envuelto en un estilo brillantísimo. Esto ya lo he dicho, pero los que me conocéis sabéis que para mí, el estilo define la obra. Y que defiendo este criterio a ultranza y sin concesiones. Puede haber escritor sin obra, pero sin estilo no puede haber obra literaria. Pues bien, las imágenes (de paisajes y lugares) que recrea Eça de Queirós están tratadas con tanta delicadeza y las reflexiones a que nos invita poseen tanta hondura moral que la obra exige reclinatorio. Si en lugar de haberla escrito el portugués la hubiese escrito un ruso, o un alemán, le habrían otorgado un reconocimienro superior en la literatura universal. ¿Lo he dicho? Es de lectura imprescindible. Absolutamente obligada. Por apenas 80 páginas desfila la Santísima Trinidad de la liturgia literaria: buena (en contenido), bella (en estilo) y breve (en extensión).

Como en las sabias y amables alegorías del Renacimiento, incorpora una discreta (y contundente) moraleja: “Únicamente sabe bien el pan que día a día ganan nuestras manos. Nunca mates al mandarín”. Palabras a las que sigue, como broche del relato, la reflexión con la que se consuela a sí mismo Teodoro —el protagonista—: “No quedaría ni un solo mandarín vivo si tú pudieses, tan fácilmente como yo, eliminarlo y heredar sus millones, ¡oh, lector!, criatura improvisada por Dios, obra mala de un mal barro, mi semejante y mi hermano!”.

La he regalado infinidad de veces, a personas amigas y a personas que persiguen educarse en la virtud, porque es una obra depurativa. Un cáliz espiritual. Por este motivo, no voy a recomendaros que un día, cuando no tengáis nada mejor que hacer, os acordéis de esta reseña. De eso nada. Hoy os empujo a que os arrojéis sobre las páginas de El mandarín y gocéis de una lectura reposada. Como si estuviéseis hartos de flaqueza, ahítos de debilidad y se presentara ante vosotros un banquete exquisito. Aprovechad el manjar. Abrigaos con el calor espiritual que desprende esta sencilla fábula acercando, eso sí, la llama de vuestra reflexión. Éste es el tronco, pero de él brotarán tímidas chispas y puede tardar en arder en vuestras conciencias. Añadid vosotros otras ramitas y alguna hierba seca para que prenda bien la fogata.

Buenas noches y buenas lecturas.

 

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Víctor Hugo y su viaje por los Pirineos

Victor Hugo

El próximo lunes 7 de mayo a las 19:30 los miembros del club Pasión por los clásicos / Pasión por el e-book, nos reuniremos para comentar Los pirineos de Víctor Hugo.

Hay algunos comentarios muy interesantes sobre esta obra en el blog Marea literaria

En El Cultural Manuel Hidalgo escribión esto hace cuatro años:

La Pamplona de Víctor Hugo

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Los Sanfermines se celebran en Pamplona bajo la advocación del “santo bebedor” Ernest Hemingway y del potente efecto universal de su novela Fiesta (1926). Pero otros escritores de renombre pasaron por la ciudad y, al margen o no de festejos, dejaron impresas sus observaciones, más o menos favorables –de todo ha habido, como es natural- según la época del viaje y las circunstancias del viajero. A los españoles suelen interesarnos estos juicios, y diría que está por hacer un libro que abarque las observaciones de todos esos visitantes ilustres sobre todas las ciudades visitadas. Tarea ingente, en verdad, en la que ha destacado el recuento de lo dicho por los viajeros románticos ingleses y franceses.

Aprovechando las fechas, traigo aquí un librito mínimo que, siguiendo la costumbre de la editorial Casimiro, es un extracto de una obra de mayor extensión y envergadura. Se trata del titulado Pamplona para la ocasión y recoge las notas que Víctor Hugo (1802-1885) elaboró en forma de diario durante su estancia -¿tres días?- en la capital navarra en agosto de 1843. Lo extractado pertenece al libro Viaje a los Pirineos y los Alpes, publicado póstumamente en 1890 y que podemos leer completo en castellano en la edición de Alhena Media.

Hay que recordar que Víctor Hugo, por el empleo militar de su padre, vivió unos meses de niño en Madrid en 1811 y que siempre conservó un palpable interés –piénsese en sus tragedias Hernani (1830) o Ruy Blas (1838)por la gente, la cultura y la historia españolas.

Procedente de San Sebastián, Hugo llegó a Pamplona por Tolosa en unos días veraniegos de buen tiempo, lo que sin duda contribuyó a que formulara, en términos generales no exentos de matices negativos, una opinión favorable sobre la ciudad –tocada por el guerracivilismo entre carlistas y liberales-, que queda reflejada en una frase relativamente divulgada y que, tal vez, sigue teniendo vigencia ahora mismo: “Pamplona es una ciudad que da mucho más de lo que promete”.

El viajero Hugo se encontró con que había una feria que no le causó gran entusiasmo y que estaban listas las instalaciones para celebrar en los días siguientes unas corridas de toros en la Plaza del Castillo, plaza que, pese a su actual buen predicamento, no le gustó.

Las observaciones de Víctor Hugo tienen interés, pero son bastante limitadas. Habla muy poco de la gente, de sus costumbres y de la vida cotidiana, y se centra, cual turista guía en mano, en las iglesias, en algún palacio, un poco en las murallas y, en lo que un antiguo traductor muy literalmente afrancesado llama “la casa de la ciudad”, o sea, el ayuntamiento –“elegante”- y su célebre plaza.

Incurre el gran escritor en alguna contradicción, pues en un momento habla, sorprendentemente, de que las calles tienen “un no sé qué de vivaracho y luminoso” y más tarde dice que “Pamplona permanece triste y silenciosa todo el día”, si bien al caer el sol –otra sorpresa- “la alegría resplandece”.

Víctor Hugo, como es natural, visitó la catedral, y con sus palabras contribuyó al desprestigio de su fachada y de sus torres, si bien se quedó maravillado por su claustro y por el interior del templo, en el que a las cinco de la mañana fue testigo de una misa oficiada por un anciano y renqueante sacerdote ante una única vieja acurrucada junto a una columna. Esta escena es, desde el punto de vista literario, lo mejor del libro.

Como era habitual en él, Hugo se explaya con breves y no tan breves formulaciones de corte ensayístico en las que vuelca su frondoso pensamiento.

Hay una que tiene una actualidad inevitable. Primero dice: “Todo ser débil tiene derecho a la bondad y a la compasión del ser fuerte. El animal es débil, puesto que es ininteligente. Seamos, pues, buenos y compasivos por él”. Y añade a continuación: “Hay en las relaciones del hombre con las bestias, con las flores, con los objetos de la creación, toda una extensa moral apenas entrevista, pero que acabará por abrirse paso y será el corolario y el complemento de la moral humana. Yo admito las excepciones y las restricciones que son innumerables, pero para mí es cosa cierta que el día en que Jesús dijo: “No hagáis a otros lo que no quisierais os hicieran a vosotros”, en su pensamiento “otros” tenía una acepción inmensa; “otros” iba más allá del hombre y abarcaba el universo”.

He aquí, pues, que Víctor Hugo, en 1843, encuentra un fundamento cristiano y moral para proponer, de forma pionera, el respeto a los animales, a la naturaleza y, en fin, al medio ambiente.

 

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El Abel Sánchez de Miguel de Unamuno

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La tertulia del 9 de abril del club Pasión por los clásicos / pasión por el e-book, la haremos sobre la novela corta Unamuno Abel Sánchez, a la que podéis acceder desde este enlace.

Un estudio académico de la novela podéis encontrarlo aquí. Y José Luis Alvarado hace este comentario en su blog

Este es un resumen que se puede leer en la página web “poemas del alma”

En 1917, el escritor español Miguel de Unamuno dio a conocer una obra enmarcada en el género de la novela que recibió el nombre de “Abel Sánchez” pero se subtituló “Una historia de pasión”.

En este trabajo donde no existen las referencias cronológicas ni geográficas y el lector conoce la trama a través de un narrador, los diálogos entre los personajes y hasta por una confesión, el destacado autor consiguió brindar un panorama completo de lo que la envidia genera en los seres humanos a través de un relato protagonizado por Joaquín Monegro y el carismático y exitoso Abel Sánchez, dos hombres que se conocían desde que tenían uso de razón.

Si bien ambos lograron que su vínculo de amistad surgido en la infancia continuara vigente en todas las etapas de sus vidas, Joaquín nunca pudo evitar sentir envidia hacia su compañero, en especial a partir de la confirmación del casamiento entre él y Helena, una vanidosa muchacha que le quitaba el sueño a Joaquín y que, al convertirse en la esposa de Abel, generó en él una obsesión.

Años más tarde, Joaquín decide casar a su hija Joaquina (fruto de su amor con la dulce Antonia) con Abelín, el descendiente del matrimonio Sánchez. Con el tiempo, la familia se agranda con la llegada de un bebé al que bautizan con el nombre de su abuelo materno pero, pese a ese homenaje, el envidioso hombre, impulsado por el rencor, no deja de sentir ganas de ver destruído a Abel, a quien mata en presencia de su nieto.

Como podrá sospechar más de un lector al leer el argumento y conocer a los personajes involucrados en esta historia, a través de “Abel Sánchez”, Miguel de Unamuno nos ofrece una versión renovada y novelada de la leyenda protagonizada por Caín y Abel.

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Joseph Conrad y La línea de sombra

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La lectura propuesta para el mes de febrero en el club de lectura “Pasión por los clásicos, Pasión por el e-book” es La línea de sombra, de Joseph Conrad. La tertulia la tendremos el 5 de marzo, primer lunes de mes. Conrad constituye uno de esos extraños casos (como Nabokov, como Beckett, y unos pocos más) que llegaron a ser clásicos escribiendo en una lengua que no es la propia.

Podéis acceder al texto desde aquí

Esto es lo que escribe Arturo Pérez Reverte sobre el libro.

“Sólo los jóvenes conocen momentos semejantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica continuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es privilegio de la primera juventud…”

Un aviso previo: ésta no es la mejor novela de Joseph Conrad. Para lectores avezados recomendaría antes Victoria, pues creo que narrativamente hablando es la más equilibrada de sus novelas, o tal vez la monumental Lord Jim (la excelente pero también excesivamente manoseada El corazón de las tinieblas puede dejarse sin problemas para más tarde). Sin embargo, La línea de sombra, historia más bien corta, reflejo de la juventud del propio Conrad cuando obtuvo el mando de su primer barco, es una forma estupenda de iniciarse en el mundo de tan extraordinario narrador. Un relato de apariencia sencilla, una novela corta sobre el mar y los marinos, donde uno y otros son sólo un pretexto, pues de lo que se trata, en realidad, es de contar el paso de la juventud a la responsabilidad y la madurez: la travesía de esa difusa línea de sombra que todo ser humano cruza tarde o temprano en la vida. Como detalle personal, añadiré que hay escritores que dejas atrás una vez fuiste capaz de encontrar en ellos cuanto, según tus limitaciones lectoras, crees que podían darte. Otros autores, sin embargo, envejecen serenamente contigo, a modo de viejos amigos, pues cada vez que relees uno de sus libros encuentras algo que no habías sido capaz de ver antes. Eso me ocurre todavía con el viejo Conrad, a mis 63 años, tras haberlo empezado a leer a los 15, precisamente con La línea de sombra.

Javier Marías escribió este artículo sobre el autor

JOSEPH CONRAD EN TIERRA

Los libros marinos de Joseph Conrad son tantos y tan memorables que siempre se piensa en él a bordo de un velero y se olvida que los últimos treinta años de su existencia los pasó en tierra, llevando una vida insospechadamente sedentaria. En realidad, como buen marino, detestaba viajar, y nada lo reconfortaba tanto como estar encerrado en su estudio, escribiendo con indecibles dificultades o charlando con sus amigos más íntimos. Aunque lo cierto es que no siempre trabajaba en las habitaciones en principio destinadas a ello: hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días. En otra temporada el problema fue indumentario, ya que Conrad se negaba a ir vestido más que con un descolorido albornoz a rayas originalmente amarillas, lo cual era un gran inconveniente cuando se presentaban sin avisar amigos, o bien turistas norteamericanos que decían estar extrañamente de paso.

Lo más grave para la seguridad familiar era, con todo, la inveterada manía de Conrad de tener siempre un cigarrillo en los dedos, por lo general durante pocos segundos, para dejarlo abandonado luego en cualquier sitio. Su mujer, Jessie, se resignaba a que los libros, las sábanas, los manteles y los muebles estuvieran llenos de quemaduras, pero vivió durante años en estado de alerta para evitar que fuera su marido quien se quemara en exceso, ya que Conrad, incluso después de acceder a sus ruegos y adquirir la costumbre de echar sus colillas en una gran jarra de agua dispuesta al efecto, tenía constantes contratiempos con el fuego. En más de una ocasión sus ropas estuvieron a punto de arder por sentarse demasiado cerca de una estufa, y no era raro que el libro que estuviese leyendo se incendiase de pronto por haber entrado en prolongado contacto con la vela que lo alumbraba.

No hace falta decir que Conrad era distraído, pero los principales rasgos de su carácter eran contradictorios, a saber: la irritabilidad y la deferencia. Aunque quizá puedan explicarse recíprocamente. Su estado natural era de inquietud rayana en la ansiedad, y su preocupación por los otros era tan grande que un mero revés sufrido por alguno de sus amigos solía acarrearle un ataque de gota, enfermedad que había contraído de joven en el archipiélago malayo y que lo torturó durante el resto de su vida. Cuando su hijo Borys estaba combatiendo en la Guerra del 14, su mujer, Jessie, llegó una noche a casa tras haber estado ausente todo el día y fue recibida por una criada llorosa que le informó de lo siguiente: el señor Conrad había comunicado al servicio que habían matado a Borys y llevaba horas encerrado en la habitación del hijo. Sin embargo, añadió la criada, no había llegado ninguna carta ni telegrama. Cuando Jessie George Conrad subió con las piernas temblorosas y se encontró a su marido demudado, y le preguntó por su fuente de información, éste respondió ofendido: “¿Acaso no puedo tener presentimientos, igual que tú? ¡Sé que lo han matado!” No mucho más tarde Conrad se calmó y se quedó dormido. Falló su presentimiento, pero al parecer, cuando la imaginación se le desataba no había forma de detenerla. Estaba siempre en un estado de extrema tensión, y de ahí venía su irritabilidad, que apenas podía controlar y que sin embargo, una vez pasada, no le dejaba huella ni tan siquiera recuerdo. Cuando su mujer estaba dando a luz a su primer hijo, el mencionado Borys, Conrad daba vueltas agitado por el jardín de la casa. De pronto oyó berrear a un niño, e indignado se acercó a la cocina para ordenarle a la criada que tenían entonces: “¡Haga el favor de despedir a ese niño! ¡Va a molestar a la señora Conrad!”, le gritó. Pero al parecer la criada le gritó a él con aún mayor indignación: “¡Es su propio niño, señor!”

Tan irritable era Conrad que cuando se le caía la pluma al suelo, en vez de recogerla al instante y continuar, dedicaba varios minutos a tamborilear exasperado sobre la mesa a modo de lamento por el accidente. Su carácter fue siempre un enigma para los que lo rodearon. Su excitación interna lo llevaba a mantener a veces largos silencios, aun en compañía de amigos, quienes aguardaban pacientemente a que retomase la conversación, en la que, por lo demás, era animadísimo, con una increíble capacidad para narrar oralmente. Cuando lo hacía, cuentan que su tono era semejante al de su libro de ensayos El espejo del mar, más que al de sus relatos o novelas. Con todo, lo más frecuente era que al cabo de uno de esos interminables silencios, en los que parecía rumiar, brotara de sus labios alguna pregunta insólita que nada tenía que ver con lo hablado hasta entonces, por ejemplo: “¿Qué opináis de Mussolini?”

Conrad usaba monóculo y no le gustaba la poesía. Según su mujer, en toda su vida sólo dio su aprobación a dos libros de versos, uno de un joven francés cuyo nombre ella no recordaba, y otro de su amigo Arthur Symons. Aunque también hay quien asegura que le gustaba Keats y que detestaba a Shelley. Pero el autor que más detestaba era Dostoyevski. Lo odiaba por ruso, por loco y por confuso, y la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. Era un devorador de libros, con Flaubert y Maupassant a la cabeza de sus admirados, y tanto gusto tenía por la prosa que, mucho antes de pedir en matrimonio a la que sería su mujer (es decir, cuando aún no había mucha confianza entre ellos), apareció una noche con un paquete de hojas y propuso a la joven que le leyera en voz alta algunas páginas, pertenecientes a su segunda novela. Jessie George obedeció, llena de emoción y temor, pero el nerviosismo de Conrad no colaboraba: “Sáltate eso”, le decía. “Eso no importa; empieza tres líneas más abajo; pasa la página, pasa la página.” O bien, incluso, la reñía por su dicción: “Habla claramente; si estás cansada, dilo; no te comas las palabras. Los ingleses sois todos iguales, hacéis el mismo sonido para todas las letras”. Lo curioso del caso es que el exigente Conrad tuvo hasta el fin de sus días un fortísimo acento extranjero en la lengua que, como escritor, llegó a dominar mejor que nadie en su tiempo.

Conrad no se casó hasta los treinta y ocho años, y cuando por fin, tras varios de amistad y trato, hizo su proposición, ésta fue tan pesimista como algunos de sus relatos, ya que anunció que no le quedaba mucha vida y que no albergaba la menor intención de tener hijos. La parte optimista vino a continuación, y consistió en añadir que sin embargo, tal como era su vida, creía que él y Jessie podrían pasar juntos unos cuantos años felices. El comentario de la madre de la novia tras su primera entrevista con el pretendiente estuvo en consonancia: dijo que “no acababa de ver por qué aquel hombre quería casarse”. Conrad, no obstante, fue un marido delicado: no faltaban las flores, y cada vez que terminaba un libro, le hacía a su mujer un gran regalo.

Pese a haber perdido a sus padres a edad temprana y guardar pocos recuerdos de ellos, era un hombre preocupado por su tradición y sus antepasados, hasta el punto de lamentar más de una vez que un tío-abuelo suyo, a las órdenes de Napoleón durante la retirada de Moscú, se hubiera visto tan acuciado por el hambre como para haberle puesto momentáneo remedio, en compañía de otros dos oficiales, a costa de un “desdichado perro lituano”. Que un pariente suyo se hubiera alimentado de carne canina le parecía un baldón del que indirectamente, por cierto, culpaba a Bonaparte en persona.

Conrad murió bastante repentinamente, el 3 de agosto de 1924, en su casa de Kent, a los sesenta y seis años. Se había encontrado mal el día anterior, pero nada hacía presumir su inminente muerte. Por eso, cuando le llegó, estaba solo en su habitación, descansando. Su mujer, en el cuarto de al lado, le oyó gritar: “¡Aquí… !”, con una segunda palabra ahogada que no distinguió, y luego un ruido. Conrad había caído desde su sillón al suelo.

Del mismo modo que le hubiera gustado borrar el episodio lituano de su tío-abuelo, Conrad solía negar, en sus últimos años, que hubiera escrito ciertas piezas (artículos, cuentos, capítulos redactados en colaboración con Ford Madox Ford) que eran suyas sin lugar a dudas y que incluso habían sido publicadas con su nombre. Aun así, decía no recordarlas y negaba. Y cuando se le mostraban manuscritos y se le probaba que las páginas en cuestión se debían irrefutablemente a su pluma, entonces se encogía de hombros, uno de sus gestos más característicos, y se sumía en uno de sus silencios. Cuantos lo trataron coinciden en afirmar que era un hombre de una gran ironía, aunque de una clase que sus adquiridos compatriotas ingleses no siempre captaban, o quizá no entendían.

Javier Marías

(Claves de la razón práctica, núm. 3, junio de 1990. Recogido en Javier Marías, Vidas escritas, Siruela, Madrid, 1992, y Círculo de Lectores, Barcelona, 1996. Reeditado por Alfaguara, Madrid, 2000, y Punto de lectura, Madrid, 2002).

Cine

En 1976 Andrzej Wajda dirigió la película “La línea de sombra”, una coproducción británica-polaca basada en la novela de Joseph Conrad; con Marek Kondrat, Graham Lines, Tom Wilkinson en los principales papeles. Wajda lo considera uno de sus filmes fallidos.

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Una habitación propia, de Virginia Woolf

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Para la tertulia del próximo mes (para el segundo lunes de enero de 2018), proponemos la lectura de un clásico del feminismo: Una habitación propia, de Virginia Woolf En estos momentos hay en cartelera una obra de teatro inspirada en este libro. Para una breve biografía de Virginia Woolf, podéis leer este artículo.

En este blog podéis encontrar interesantes líneas para un debate sobre el libro. Y también en este artículo publicado en el diario.es

Un buen resumen del libro es el que propone Juan Miguel López León en Vavel:

Virginia Woolf fue la escritora que abrió el camino a otras muchas mujeres feministas a seguir escribiendo. Se puede considerar que marca el camino y las pautas a seguir puesto que de las obras posteriores a Virginia Woolf de la critica feminista han seguido un modelo muy similar al suyo ya que en obras como SexPolitcs de Kate Millet está dividida en tres partes en las que se centra en las relaciones de poder de los sexos, las raíces históricas y las consideraciones literarias. Otras como Literary Women de Ellen Moers intenta de nuevo describir la historia de las mujeres y la tradición principal masculina. En The Madwoman in the Attic de Sandra M.Gilbert y Susan Gubar realiza un conjunto de estudios sobre las principales escritoras del siglo XIX. Se puede decir que de cada una de las ideas principales de la obra Una habitación propia, surgió un libro especializado de cada idea.

Las ideas fundamentales

Virginia Woolf en su libro Una habitación propia hace un resumen a lo largo de la historia del papel de la mujer en la literatura, no de las mujeres y lo que parecen, ni de las mujeres y de lo que escriben, ni de lo escrito sobre ellas, sino una combinación sobre las tres cosas a través de sus vivencias personales y estudios.

En el primer capitulo señala las diferencias sustanciales que existe a la hora de la educación entre los hombres y las mujeres como por ejemplo que ella no puede entrar a la biblioteca de la universidad si no esta acompañada con un profesor del colegio o provistas de una carta de presentación. Otro ejemplo son los comedores universitarios; ellos cenaban con vino, lenguados, perdices con salsas y ensaladas y  patatas, mientras que ellas sopa sencilla y carne de un mercado borroso, bizcochos y queso y para beber agua. Las diferencias en las dietas son causa de conversaciones más o menos animada según la autora, pero el principal problema es la pobreza de las mujeres, ya que todo el dinero era obtenido y dado a los hombres, por lo que los hombres invertían dinero en hombres y no en mujeres.

En el capitulo segundo la conclusión a la que llega es que en todas partes hay hombres opinado sobre mujeres y opinando cosas distintas ya que durante su visita al Museo Británico, se fija en la gran cantidad de libros escritos por hombres sobre las mujeres (piensa que de leerlos todos tardaría 200 años), algunos frívolos y burlones , serios y proféticos o morales y amonestadores.

En el tercer capitulo se basa en las condiciones que vivían las mujeres, no a través de los siglos, sino en Inglaterra en el tiempo de Elizabeth ya que es un problema que ninguna mujer escribiera una palabra de esa extraordinaria literatura. La verdad se debe a que aunque en la literatura es tratada como una diosa la realidad es bien distinta ya que como señalaba el profesor Trevelyan a la mujer la encerraban con llave, la castigaban y la tiraban por el suelo. Si Shakespeare hubiese tenido una hermana tan extraordinaria como fue él opina que jamás hubiese tenido fama, ya que antes de los veinte hubiese sido comprometida, los hombres se reirían de ella y al quedarse embarazada abandonaría. Opina que muchos de los poemas anónimos escritos en la época bien podrían haber sido escritos por una mujer.

En el cuarto capitulo hace un recorrido a lo largo de las mujeres escritoras como Lady Winchelsea, Margaret of Newcastle o Apra Behn. Resalta la gran actividad intelectual que las mujeres revelaron hacia finales del siglo XVIII, ya que podían hacer dinero escribiendo. La mujer de clase media empezó a escribir y la literatura femenina no se concentró en la simple aristocracia encerrada en su casa de campo entre adulterios. Ya en el siglo XIX hay estantes dedicados a obras escritas por mujeres, principalmente novelas porque las mujeres nunca tienen el tiempo necesario para concentrarse sin ser interrumpidas, por lo que componer poesía era mas complejo que escribir novela. Critica la literatura radical femenina ya que considera que no saca lo mejor de la autora, sino que toda su frustración.

En el capitulo quinto  observa que en el estante de autores vivos se encuentra todo tipo de libros escritos por mujeres, ya que aunque predominan las novelas , existen libros sobre arqueología griega , de estética , sobre Persia, poemas, dramas , biografías , libros de viajes, de erudición, de investigación etc..Ya la mujer es mucho más compleja y diversa. Mary Carmichel la considera pieza fundamental en este cambio ya que los hombres ya no eran para ella “el partido contrario”, no necesitaba perder su tiempo injuriándolos, no tenía que subir a su azotea para anhelar viajes, experiencias y un conocimiento del mundo y de los caracteres que le habían sido negados. El temor y el odio habían casi desaparecidos.

En el sexto y ultimo capitulo se llega a las conclusiones de la autora, en ella considera que “el estado normal y placentero es cuando están en armonía los dos (hombres y mujeres), colaborando espiritualmente. Hasta en un hombre, la parte femenina del cerebro debe ejercer influencia; y tampoco la mujer debe rehuir contacto con el hombre que hay en ella. Quizá una mente del todo masculina no puede crear, como tampoco una mente femenina. Quizá la inteligencia andrógena propende menos a esas distinciones que la inteligencia de un solo sexo”.

El concepto de androginia

El concepto de androginia provocó un fuerte rechazo en feministas tan destacadas como Elaine Showalter quien en A Literature of Their Own en 1977 afirma que la androginia era en realidad un mito que le ayudaba a Woolf  a evitar un enfrentamiento con su propia feminidad desgraciada y que le impelía a aparcar su ira o ambición.

Kristeva llega a recuperar el concepto de androginia, rechazando tanto el feminismo de la igualdad como el de la diferencia y propugnando una superación de la dicotomía masculino/ femenino, sin embargo sus teorías tuvieron en seguida un eco negativo en el ámbito feminista. Carolyn Heilburn se niega admitir que las mujeres deseen la androginia mientras que Michéle Barret, desde una perspectiva marxista, separa lo estético (la androginia) de lo político.

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